El petróleo como epicentro del desorden global
- Nicolas Wieczorko
- 14 mar
- 5 min de lectura
En un escenario internacional marcado por la confrontación, el petróleo y el gas se han consolidado como los detonantes principales de las fracturas geopolíticas actuales. Lejos de perder relevancia, la energía fósil es hoy el eje de una guerra abierta por el control de los recursos que sostienen el poder mundial.
La doctrina "Donroe" y la renovada estrategia de seguridad de EE.UU.
La política exterior de Estados Unidos hacia lo que históricamente ha considerado su "patio trasero" y sus nuevas áreas de influencia en el Sur Global atraviesa una fase de agresividad renovada. Bajo una lógica que podríamos denominar la doctrina "Donroe" (una actualización de la Doctrina Monroe impregnada de un proteccionismo militarista), Washington ha transformado el control del petróleo en una prioridad de seguridad nacional absoluta. Esta estrategia no se limita a la diplomacia tradicional, sino que despliega una maquinaria de "guerra jurídica" y narrativa. La estigmatización de naciones no alineadas a EEUU como "amenazas" es el preludio necesario para intervenir en sus mercados. El objetivo es claro: impedir que las reservas estratégicas del Sur caigan bajo la órbita de actores globales y locales hostiles a EEUU.
En este esquema, cualquier país que pretenda gestionar su riqueza fuera de las transnacionales occidentales es clasificado como enemigo de la estabilidad, activando mecanismos de castigo que van desde la asfixia financiera hasta la amenaza explícita de bombardeos, como se ha visto recientemente en la retórica hacia Nigeria bajo el pretexto de "protección de minorías".
Los conflictos: El Caribe, Medio Oriente, Rusia y la nueva frontera africana
El bombardeo contra Venezuela y posterior secuestro de Maduro junto al estrangulamiento de Cuba son las manifestaciones más claras de esta geopolítica en nuestra región. La caracterización de Venezuela como un "narco-estado" (la propia justicia de EEUU admitió la no existencia del “Cartel de los Soles”) es una excusa frente a un objetivo mayor: el control de las mayores reservas mundial de petróleo en manos del gobierno bolivariano.
Este avance sobre el gobierno venezolano respondió a una planificación estratégica mayor: para Washington, era imperativo "asegurar" el flanco occidental y capturar la producción venezolana antes de escalar el conflicto hacia el eje euroasiático. Al neutralizar a Venezuela, EE.UU. buscó eliminar un proveedor independiente y aliado clave del Sur Global, garantizando el control de sus reservas antes de avanzar contra Irán y enfrentar el previsible shock de precios en los mercados globales que provocaría una guerra en el Golfo Pérsico.

Este ataque contra Venezuela tiene un impacto directo y devastador en Cuba, sumida hoy en su crisis energética más crítica debido al corte del suministro venezolano. El cerco se completa con las amenazas de Washington de imponer aranceles punitivos a cualquier nación (como México o Rusia) que intente suministrar combustible a la isla. EE.UU. utiliza la asfixia energética como un arma de guerra no convencional, buscando el colapso social mediante apagones forzados, mientras países como México desafían el dictado imperial enviando ayuda humanitaria y petróleo en un acto de solidaridad soberana frente al chantaje de los aranceles.
Simultáneamente, la guerra en Ucrania ha provocado una reconfiguración total de los flujos de hidrocarburos. Rusia ha girado hacia el Este y el Sur, encontrando en India un socio estratégico. La presión de Washington sobre Nueva Delhi para que abandone el crudo ruso (utilizando amenazas de aranceles punitivos) revela la hipocresía del "libre mercado". Se castiga a India por buscar energía asequible para su desarrollo, mientras Occidente intenta mantener un monopolio sobre las decisiones soberanas de las naciones en ascenso.
En el actual escenario de Medio Oriente, el conflicto con Irán sitúa al Estrecho de Ormuz como el punto de máxima tensión planetaria. Por esta angosta arteria transita casi el 20% del petróleo mundial, e Irán ha dejado claro que su control geográfico es una herramienta de defensa capaz de paralizar la economía global si el asedio occidental continúa. Ante este riesgo, China ha operado con una estrategia de "silencio y seguridad", blindando su cadena de suministros mediante acuerdos integrales con Teherán (recientemente han finalizado una vía ferroviaria que une a los dos países) y Moscú. Estos pactos operan fuera del sistema SWIFT y del dólar, permitiendo a Beijing construir una infraestructura financiera y logística paralela que resiste la presión occidental en el Estrecho de Ormuz, asegurando que su motor industrial no dependa de las rutas patrulladas por las flotas de la OTAN.

Este disciplinamiento de mercados se extiende al Mar Rojo, donde la inestabilidad es alimentada por conflictos funcionales a la fragmentación regional. La guerra civil en Sudán (que amenaza los oleoductos de Sudán del Sur) y las tensiones separatistas en Somalia son piezas de una estrategia de potencias regionales (como EAU) que buscan un mayor peso en esta arteria vital del comercio energético.
África emerge ahora como la "nueva frontera" de esta disputa. El despertar africano ha puesto al continente en la mira de una Europa desesperada por reemplazar el gas ruso. Sin embargo, la respuesta africana está siendo de una resistencia inédita. Chad ha sentado un precedente histórico al nacionalizar los activos de la estadounidense Exxon Mobil, recuperando el control sobre sus yacimientos y el oleoducto hacia la costa. En Senegal, el gobierno de Bassirou Diomaye Faye busca renegociar contratos abusivos y fortalecer la soberanía sobre el gas. Incluso Nigeria, el gigante del continente, se encuentra bajo la mira intervencionista de Trump, quien utiliza narrativas religiosas para justificar posibles acciones militares en una nación que es clave para la OPEP y los BRICS.
La creación del Africa Energy Bank es la respuesta institucional de un continente que ya no busca la validación de los bancos occidentales, sino su propio financiamiento para evitar que sus recursos queden "varados" por imposiciones externas.
La centralidad del petróleo en la era de la transición
La realidad geopolítica de 2026 confirma que el petróleo sigue jugando un rol clave y determinante en el equilibrio de poder mundial. El conflicto actual en Medio Oriente y la militarización de rutas estratégicas dan cuenta de una centralidad que los discursos de transición no han logrado eclipsar: la energía fósil continúa siendo el motor de la industria y la principal herramienta de disciplinamiento internacional.
En este contexto China (el otro gran actor global) ha optado una estrategia de dos bandas: mientras lidera la inversión global en renovables, ha apostado simultáneamente a blindar su cadena de suministros de hidrocarburos mediante acuerdos con el Sur Global y Rusia. Esta doble apuesta permite a Beijing protegerse frente a posibles crisis de desabastecimiento o bloqueos navales. EE. UU. por su parte coloca el control petroleo como eje central de su política exterior utilizando la fuerza militar y el chantaje financiero para asegurar su hegemonía en un mapa energético cada vez más conflictivo.




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