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La anarquía en un sistema apolar

Todos observamos durante el último mes cómo el sistema internacional demuestra padecer un cambio trascendental en su funcionamiento. Las potencias internacionales han dejado en claro el carácter anárquico del sistema, reduciendo la posibilidad de consensuar un orden en medio de recientes conflictos que son de conocimiento público.


El año 2026 llega con conflictos en África, Asia-Pacífico, Medio Oriente, Europa y América, que van desde guerras civiles y la acción de grupos guerrilleros hasta invasiones y genocidios. La palabra “orden” ya no resulta posible de utilizar cuando hablamos de geopolítica, y esto no es nuevo: la definición de que el sistema es anárquico —desde una perspectiva realista— persiste desde hace ya más de un siglo, a través de los diferentes sistemas internacionales que han regido. Sin embargo, en la actualidad atravesamos un período completamente innovador.


En 2008, Richard Haass, en su artículo “The Age of Nonpolarity”, utiliza el término apolaridad (o no-polar) para referirse al funcionamiento del sistema internacional vigente. Esta definición, que está cerca de cumplir veinte años, describe al sistema internacional como falto de normas y de una o varias potencias o actores hegemónicos dominantes. Esto significa que el sistema no puede encasillarse en los términos clásicos (“unipolar”, “bipolar”, “multipolar”), no porque no exista una cantidad determinada de países dominantes, sino porque no necesariamente son los Estados quienes detentan el poder. Esta concepción nos permite comprender que, en este sistema internacional, todos los actores juegan, rompiendo con la visión realista clásica del Estado como único actor internacional.



Empresas, grupos terroristas, Estados, líderes, figuras individuales y organismos internacionales conforman el sistema internacional, y todos ellos interactúan entre sí. No existe una única potencia mundial, ni dos ni tres. Tampoco hay un organismo internacional ordenador (como la ONU), y tanto grupos terroristas como grandes empresarios poseen igual o incluso mayor poder que muchos Estados. Numerosos actores juegan sus cartas en un sistema donde el poder se diversifica cada vez más, aunque siempre tiende a concentrarse; aquí resulta pertinente retomar los aportes de Schweller y su concepción entrópica de las Relaciones Internacionales.


Esta concepción moderna de la geopolítica permite explicar lo que observamos en las redes sociales y en la práctica política concreta. Trump actúa deliberadamente sin consecuencias directas que sancionen su accionar. No nos detendremos en si fue correcto o no intervenir en Venezuela y secuestrar a Nicolás Maduro, pero sí resulta interesante comprender que puede hacerlo. No existe un mecanismo internacional efectivo para sancionar a Trump por estas acciones; ante ello, tiene la facultad, y diría incluso la necesidad, de trasladar el poder hacia otras áreas de influencia, como México o Groenlandia.



El caso de la disputa con Dinamarca por el vasto territorio ártico resulta aún más ilustrativo. Para Trump no importa que Dinamarca sea un aliado europeo y, más aún, un miembro de la OTAN. La prioridad de disminuir la influencia china (único justificativo de gran parte de las acciones de Trump desde su regreso a la Casa Blanca) lo lleva a tomar todas las medidas que considere necesarias para frenar el soft power chino. Si ello conlleva intervenciones militares, aranceles comerciales o incluso conquistas territoriales, no existe un actor con capacidad real para impedirlo.


¿Y hay un culpable? Claramente no. Las Naciones Unidas, que parecían encaminarse a la construcción de un nuevo orden mundial en el que funcionarían como un “supraestado”, no lograron finalmente demostrar una utilidad efectiva. La concepción liberal perdió fuerza, ya que el sistema demuestra una y otra vez su incapacidad para sostener un orden estable. Así, en 2026 alcanzamos un pico de anarquía. El mundo parece encaminarse hacia dos escenarios posibles: por un lado, un incremento del poder de los actores y un margen de acción completamente libre para llevar adelante medidas sin importar los costos —escenario casi inevitable que incluso podría poner en cuestión la disuasión nuclear—; por otro, la progresiva caída de los organismos internacionales debido a su incapacidad de acción frente a la ausencia de normas comunes.


En los próximos meses será necesario observar el comportamiento de China, evaluar si podrá sostenerse la alianza entre Estados Unidos y Europa, y analizar cómo actuarán las potencias regionales ante la falta de mecanismos de control y orden. Será un año difícil para el mundo, en el que la paz parece estar lejos de consolidarse.


Fuentes


  • Haass, R. (2008). The Age of Nonpolarity. Foreign Affairs.

  • Waltz, K. (1979). Theory of International Politics. McGraw-Hill.

  • Schweller, R. (2014). Maxwell’s Demon and the Golden Apple: Global Discord in the New Millennium. Johns Hopkins University Press.

  • Mearsheimer, J. (2001). The Tragedy of Great Power Politics. W. W. Norton & Company.

  • Nye, J. (2004). Soft Power: The Means to Success in World Politics. PublicAffairs.

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