Cuba sin petróleo: como el bloqueo aceleró una revolución energética
- Nicolas Wieczorko
- 2 jun
- 4 min de lectura
El 11 de enero de 2026, Donald Trump publicó en su red Truth Social un mensaje que
sonaba a ultimátum: "¡No habrá más petróleo ni dinero para Cuba: cero! Les sugiero
encarecidamente que alcancen un acuerdo, antes de que sea demasiado tarde". Pero mientras Washington apostaba a que cortar el petróleo doblaría a La Habana, Cuba
estaba construyendo, con financiamiento y tecnología china, la expansión solar más rápida
registrada en América Latina.

El (nuevo) bloqueo petrolero
Para entender la respuesta cubana, hay que entender primero el apriete. Cuba no tiene
reservas petroleras significativas y depende casi completamente de importaciones de crudo
para generar electricidad, mover su transporte y sostener sus servicios básicos (al igual que
muchos países del mundo). Durante décadas, Venezuela fue el proveedor principal (en
2023 llegó a mandar 32.000 barriles diarios) bajo el acuerdo Petrocaribe, que Cuba pagaba
en parte con servicios médicos y cooperación técnica.
La administración Trump desarticuló ese esquema por etapas. Primero, las sanciones sobre
Venezuela redujeron el flujo venezolano de 32.000 barriles diarios en 2023 a apenas 8.000
en junio de 2025. Luego, el 29 de enero de 2026, Trump firmó una orden ejecutiva que
penalizaba con aranceles a cualquier país que proveyera combustible a Cuba, lo que
empujó a México a reducir también sus envíos. A principios de año, Cuba tenía reservas de petróleo para apenas entre 15 y 20 días de consumo. En marzo de 2025, la isla había
sufrido tres apagones nacionales que dejaron sin luz a los 10 millones de habitantes.
El propio ministro de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, fue sancionado por la Oficina
de Control de Activos Extranjeros el 18 de mayo de 2026. El mensaje de Washington era
claro: no solo cortar el petróleo, sino bloquear cualquier camino alternativo.
No se puede bloquear el sol con las manos
En febrero de 2025, Díaz-Canel inauguró el primer parque solar de un plan que, financiado
en créditos y con tecnología china, contemplaba la instalación de 92 parques hasta 2028
con una capacidad total de 2.000 megavatios (equivalente a toda la generación fósil actual
de la isla) 3 .
Los números son llamativos. China exportó 117 millones de dólares en paneles solares a
Cuba en 2025, frente a 48 millones en 2024 y apenas 16,6 millones en 2019. En solo 12
meses, Cuba instaló 1 gigavatio de capacidad solar (lo que analistas del sector calificaron
como "una de las expansiones solares más rápidas del mundo"). Para inicios de 2026, la generación solar había saltado del 3% al 10% de la matriz eléctrica; en febrero de ese año se alcanzó el hito de generar 900 megavatios solares en un solo día. Para 2028, si se completan los 92 parques, la energía solar podría cubrir toda la demanda eléctrica diurna
del país.

Vietnam se sumó con una donación de 80 megavatios adicionales en paneles. El gobierno
también distribuyó 10.000 módulos solares a trabajadores de salud y educación, 5.000 a comunidades aisladas, y otros 5.000 a hospitales y hogares de ancianos. En febrero de
2026, el Ministerio de Finanzas publicó la Resolución 41/2026, que exime de aranceles
aduaneros a la importación de paneles, baterías, inversores y toda la cadena de equipos
renovables, tanto para personas físicas como jurídicas.
El efecto boomerang del bloqueo
Washington diseñó el bloqueo petrolero como una herramienta de presión para forzar un
cambio político. Pero al cortar el acceso al combustible fósil, aceleró involuntariamente la
transición hacia un modelo energético que, a largo plazo, hace a Cuba menos vulnerable al
bloqueo. Un sistema eléctrico basado en renovables no depende de buques tanqueros que
pueden ser interceptados en el Caribe. No tiene cadenas de suministro que se puedan
sancionar. No necesita divisas para pagar el barril.
Un informe citado por CNN calculó que llevar la generación renovable cubana al 50%
costaría unos 9.500 millones de dólares, mientras que un sistema 100% renovable
demandaría 19.000 millones. "El primer umbral neutraliza la principal herramienta externa de coerción por parte de Estados Unidos; el segundo completa la transición eléctrica" señala el informe. En otros términos: la autonomía energética y la soberanía política tienen,
en el caso cubano, el mismo precio.
Esto no significa que no exista una crisis energética en la isla. Cuba sigue dependiendo de
los fósiles para el transporte, la industria y buena parte de la generación nocturna. Los
apagones continúan. La economía está en recesión desde 2020, con una caída acumulada
del PIB de entre 11 y 13%, y una inflación informal que supera el 500%. La transición solar
resuelve una parte del problema (la generación eléctrica diurna) pero no lo resuelve todo.
China, Cuba y el tablero global
La cooperación china en este proceso no es pura solidaridad. Como señaló el portal Click
Petróleo y Gas, "Cuba es una isla estratégicamente posicionada a menos de 150
kilómetros de la costa de Estados Unidos, y tener a la nación caribeña como aliada
tecnológica y energética le da a China una presencia indirecta". Shanghai Electric invirtió unos 60 millones de dólares solo en el parque solar de Mariel, una de las instalaciones
emblemáticas del plan.
Hay que leer este proceso en el marco más amplio de la rivalidad China-Estados Unidos.
La transición energética cubana es también un campo de batalla de esa disputa:
Washington intenta aislar energéticamente a Cuba usando sanciones secundarias y
bloqueos navales para asegurar “su hemisferio”; Beijing responde con paneles solares,
baterías y financiamiento. El resultado, paradójico, es que la presión norteamericana está acelerando la penetración tecnológica y estratégica china en el Caribe, exactamente lo
contrario de lo que Washington quiere.
La transición energética en el mundo multipolar
La experiencia cubana abre una pregunta más general que excede a la isla: ¿Puede la
transición energética ser una herramienta de soberanía para países del Sur Global que
enfrentan sanciones o presiones externas? La respuesta que Cuba está ensayando, a
fuerza de crisis, sugiere que sí (aunque con condiciones muy específicas: un Estado con
capacidad de planificación centralizada, un aliado con tecnología y financiamiento
disponible y una población con una gran resiliencia).
Lo que el caso cubano muestra, con una claridad que pocas situaciones permiten, es que la
dependencia energética de los fósiles no es solo un problema ambiental: es una
vulnerabilidad geopolítica. Quien controla el petróleo que sale o entra a un país posee una
palanca más importante (lo demuestra también Irán sobre Ormuz). La transición a
renovables, en este marco, también es una acto de defensa de la soberanía.




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