El Contrato Individualista: Cuando el otro deja de ser Humano
- Valentina Silva

- 17 mar
- 11 min de lectura
El siglo XXI ha elevado el individualismo a principio rector de la vida social, transformándolo en uno de los grandes dilemas de nuestra época. En la medida en que prioriza el interés propio por sobre el compromiso común, tensiona las luchas sociales y diluye la idea de responsabilidad colectiva que toda comunidad democrática requiere.

En el Contrato Social de Jean-Jacques Rousseau, escritor suizo, el individuo es descrito como situado en un punto del estado de naturaleza en el que ya no puede seguir conservándose con sus propias fuerzas y ha de cambiar su manera de ser.
En la caracterización rousseauniana, cada individuo se conserva a sí mismo con sus propias fuerzas sin referente colectivo previo en el estado de naturaleza hasta que llega a un punto en el que ya no puede hacerlo; esto es, se define desde sí mismo, desde su autoconservación con sus propias fuerzas.
Un cambio que se especifica inmediatamente si, a la suposición que acaba de hacer Rousseau, se suma la constatación con la que comienza el segundo párrafo:
"Ahora bien, como los hombres no pueden engendrar nuevas fuerzas, sino solo allegar y dirigir las que ya existen […] Y, en efecto, de esa suposición y de esa constatación se seguiría necesariamente que: […] no tienen otro medio para conservarse que formar por agregación una suma de fuerzas capaz de sobrepujar la resistencia, ponerlas en juego mediante un móvil único y hacerlas obrar concertadamente".
Esta dificultad, puede enunciarse en los siguientes términos: "Encontrar una forma de asociación que defienda y proteja con toda la fuerza común la persona y los bienes de cada asociado, y en virtud de la cual cada uno, uniéndose a todos, no obedezca empero más que a sí mismo y quede tan libre como antes. Tal es el problema fundamental al que da solución el contrato social".
En este sentido, entendemos como verdaderamente fundamental la unión colectiva del ser humano con el objetivo de alcanzar la libertad. Sin embargo, si avanzamos desde 1762, año de publicación de El contrato social, hasta la actualidad, el panorama parece distar de aquel ideal.
¿Por qué, luego de 264 años, no hemos logrado consolidar una lucha colectiva capaz de conducirnos hacia un horizonte de paz común? ¿Cuáles fueron los conflictos históricos que nos han llevado al punto en el que nos encontramos?
En las décadas de 1950 y 1960, el problema se manifestaba con crudeza en la drástica discriminación racial. Uno de sus episodios más trágicos ocurrió el 21 de marzo de 1960 en Sharpeville, Sudáfrica, cuando la policía asesinó a 69 manifestantes que protestaban contra el apartheid. Este hecho impulsó a la ONU a proclamar el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial, que se conmemora cada 21 de marzo. Con figuras históricamente reconocidas como Martin Luther King Jr. y Rosa Parks, esa época nos recuerda una cotidianidad atravesada por la segregación: transportes, baños e incluso bebederos separados, unos destinados a personas blancas y otros a “personas de color”, categoría que hasta en su formulación evidenciaba una carga deshumanizante.

Aquel período quedó atrás, y hoy reconocemos el extremismo y la incoherencia que sostenían esas prácticas, basadas en argumentos vacíos y miradas sospechosas. Sin embargo, debemos preguntarnos: ¿cuánto hemos mejorado realmente?
Si bien el racismo continúa presente, hoy también se manifiestan con fuerza otras formas de exclusión: la homofobia, el clasismo y la xenofobia, que constituyen algunos de los ejes centrales de la discriminación contemporánea.
En los Estados Unidos de América, miles de personas no criminales están siendo detenidas, maltratadas e incluso ejecutadas en la vía pública por agentes policiales del Estado. Estas prácticas se intensifican cuando los individuos no encajan en ciertos rasgos considerados “estadounidenses”: color de piel, facciones, acento o incluso cuando terceros intentan interceder en el procedimiento. El gobierno sostiene que estas acciones apuntan contra “lo peor de lo peor”; sin embargo, entre los detenidos se encuentran menores de cinco años retirados de sus escuelas, así como personas sin antecedentes penales.
Personas migrantes recluidas en centros de detención han sido objeto de tortura y de un patrón de abandono intencionado con el fin de deshumanizar y castigar.
En Brasil, se documentó en octubre de 2025 una operación policial letal en las favelas de Río de Janeiro que desembocó en una masacre de más de 100 personas, en su mayoría afrobrasileñas y que vivían en la pobreza, perpetrada por las fuerzas de seguridad.
En Túnez hemos visto en los últimos tres años que las autoridades utilizan las políticas migratorias para llevar a cabo arrestos y detenciones por motivos raciales y expulsiones masivas de personas refugiadas y solicitantes de asilo negras.
Mientras, en Arabia Saudí, las mujeres kenianas empleadas en el servicio doméstico sufren racismo y explotación a manos de sus entidades empleadoras y soportan condiciones laborales agotadoras y abusivas.
Las nuevas tecnologías digitales están automatizando y afianzando el racismo, mientras que las redes sociales ofrecen foros insuficientemente moderados para contenidos racistas y xenófobos.
En Burundi, 24 personas fueron detenidas en febrero por participar en un taller sobre inclusión económica. Siete fueron condenadas por “homosexualidad” e “incitación a actos licenciosos”. Una persona que había sido absuelta murió estando aún bajo custodia, lo que generó preocupación por las condiciones en las cárceles. El presidente del país hizo comentarios homófobos durante un acto público, llamando a la homosexualidad una “maldición” y llegó a decir que las personas LGBTIQ+ “deberían ser lapidadas”.
En Nigeria, las autoridades arrestaron a 69 hombres por celebrar una boda entre personas del mismo sexo, y en otro caso, 76 personas fueron detenidas por participar en una fiesta de cumpleaños que se interpretó como una “reunión LGTBIQ+”.

En Líbano, los derechos del colectivo fueron atacados desde varios frentes. En julio de 2025, algunos diputados intentaron eliminar una ley que castiga las relaciones entre personas del mismo sexo. Pero poco después, un parlamentario y el ministro de Cultura presentaron nuevos proyectos de ley que penalizaban explícitamente las relaciones sexuales consentidas entre personas del mismo sexo y la “promoción de la homosexualidad”.
Las autoridades iraquíes incrementaron la represión contra este colectivo. En agosto, la Comisión Iraquí de Comunicaciones ordenó a los medios de comunicación evitar el uso de la palabra "género" y sustituir "homosexualidad" por "desviación sexual". Además el Parlamento presentó un proyecto de ley que proponía la pena de muerte para quienes mantuvieran relaciones homosexuales y sanciones para las personas trans que buscaran tratamientos de afirmación de género. Aunque el proyecto fue retirado en septiembre tras las protestas nacionales e internacionales, la represión continuó.
No faltan casos de discriminación; lo que falta es una toma de conciencia real sobre lo que ocurre y una disposición genuina a interrogarnos por las causas profundas de esta persistencia. ¿Por qué continuamos en el mismo punto, o incluso en uno peor, que hace más de sesenta años, atravesados por formas constantes de odio?
El filósofo y autor de la Universidad de Boston, Paul Katsafanas, define a esa ira constante contra distintos grupos de personas como el resultado de un proceso emocional que necesita ser continuamente alimentado con enemigos y motivos de odio, en una continuidad que no puede detenerse porque el portador siente que, sin ese rencor, sin ese profundo resentimiento, él mismo desaparecería. “Lo esencial es la expresión continua de hostilidad, más que la consecución de un objetivo particular”, escribe el filósofo. Y el resultado es la política del agravio. Antes que alcanzar metas beneficiosas para la sociedad se trata de derrotar a alguien, de tener un enemigo. Vencerlo tampoco alcanza. Las victorias no traen alivio, paz ni reconciliación, sino la búsqueda ansiosa de más enemigos, más indignación, más razones para seguir agraviando.
Katsafanas explica que psicológicamente esta actitud transforma el dolor interno en hostilidad externa. Brinda sentido de identidad y, al cosechar seguidores, también de pertenencia. Personas que crecieron con sentimientos de miedo, impotencia y humillación, transforman esos estados en odio, resentimiento y cólera. Mediante una gestión disfuncional transforman las emociones de entrada en otras muy distintas de salida.
Wendy Brown, influyente filósofa política y autora, lo describe de esta manera: “El resentimiento proporciona un triple logro: produce una rabia que supera el dolor, produce un culpable del dolor y produce un lugar de venganza para desplazar el dolor”.
En términos simples, sintetiza Katsafanas, el resentimiento es un mecanismo emocional que transforma los sentimientos de inutilidad o humillación en sentimientos vengativos de superioridad, rencor y culpa.
Donald Trump afirmó en relación con los inmigrantes: "Los demócratas dicen: 'Por favor, no los llamen animales. Son humanos'. Yo dije: 'No, no son humanos, no son humanos, son animales'", además de utilizar reiteradamente el término “alienígenas ilegales”. Estas expresiones constituyen un ejemplo elocuente de un discurso atravesado por un sentimiento de superioridad y por una lógica de deshumanización del otro.

La deshumanización no es un fenómeno menor ni meramente retórico: históricamente ha sido el primer paso para legitimar exclusiones, persecuciones y violencias sistemáticas. Al negar la condición humana de un grupo, se debilita el fundamento mismo de los derechos y se erosiona el principio de igualdad que sostiene a cualquier orden democrático. En ese sentido, este tipo de declaraciones no solo polarizan el debate público, sino que reactivan esquemas que creíamos superados tras décadas de avances en materia de derechos civiles y reconocimiento de la dignidad humana.
Entendido como un tipo de juicio definido por su oposición al amor y por concernir al género de un conjunto de objetos (en lugar de involucrar solamente a casos individuales) según Aristóteles, como una cosa que parece perjudicial o mala de acuerdo a Descartes, como algo presente que causa aversión definido por Hobbes o como una disminución del poder acompañada por la idea de su causa exterior en el entender de Spinoza, el odio parecería caracterizarse por involucrar necesariamente a dos objetos o más entre los cuales aparezca un tipo de malestar, repulsión o rechazo por uno de ellos que, además, debe encontrarse presente. Además, teniendo en cuenta la aversión que provoca dicho objeto, no carecería de fundamento afirmar que busca ser destruido.
Si seguimos la propuesta de Ramas San Miguel, filósofa y política española, el odio implica que el otro se concibe como algo inmundo, insultante, desagradable, prescindible, repugnante. El odio, así, parecería un acto de afirmación y supremacía de uno mismo, que aparece como lo limpio, frente al otro, contra el que se ejerce desprecio, rechazo o violencia, que hay que ignorar, ridiculizar, humillar o, en última instancia, eliminar. El odio, según estas consideraciones, puede tender no solamente a buscar menoscabar el estatuto del otro o a ubicarlo en un umbral inferior al propio, sino también obrar como la condición de posibilidad para destruir o eliminar a ese otro que es, justamente, la causa del malestar propio, tanto a través de acciones físicas de violencia como así también por medio de actitudes de rechazo, desprecio.
Aquí se manifiesta implícita la dialéctica hegeliana del amo y del esclavo que el propio Jacques Lacan, psiquiatra y psicoanalista francés, retoma cuando sostiene que el amo se afirma en el esclavo y que, precisamente por ese motivo, “si el esclavo muere, no hay nada”. El resultado, al fin y al cabo, es el mismo: el odio, en lugar de constituir al otro, lo que hace es conformar a uno mismo y, de la misma manera en que, al destruir al otro, uno se destruía a uno mismo, lo que en realidad está realizando es “permanentemente negar la división del sujeto, su propia división, en nombre de este Otro todopoderoso, endiosado, cuyo lugar trata de una manera irrisoria de tomar”.
Sin embargo.. ¿Cuál es la novedad que aporta el estudio de “los usos del odio” en un país que, desde muy temprano en el siglo XIX, padeció un enfrentamiento resumido en la idea de “religión o muerte”? Mucho más que eso, en doscientos años de historia independiente, en la Argentina conocimos la disputa a muerte entre “patriotas” y “agentes de la corona”; entre federales y unitarios; entre “civilizados” y “bárbaros”; entre liberales y conservadores; entre rosistas y anti-rosistas; entre liberales y autonomistas; entre mitristas y roquistas; etc. A una disputa política que se prolongó, de manera igualmente violenta pero menos extrema, en conflictos como los que enfrentaron a peronistas y anti-peronistas en el siglo XX, y que llevaron a Arturo Jauretche, hace más de 60 años, a escribir un libro sobre Los profetas del odio. El “odio”, como “novedad” de época, es una novedad ya demasiado vieja.
Aquí el “problema político” de nuestra era resultaría propio de una facción política, compuesta por millones de personas que “odian”, y que a través de su “odio” victimizan a la otra parte de la población. Este no surge en el vacío ni pertenece de manera ontológica a un único sector: se alimenta de discursos, miedos, crisis económicas, inseguridades identitarias y narrativas que encuentran terreno fértil en contextos de polarización. Cuando una comunidad política comienza a definirse no por un proyecto común, sino por la negación del otro, el conflicto deja de ser meramente ideológico y se transforma en moral y existencial.
En ese punto, el adversario ya no es alguien con quien se discrepa, sino alguien cuya legitimidad misma se cuestiona. Y allí es donde el contrato social se rompe: cuando la pluralidad, condición constitutiva de toda democracia, se percibe como amenaza en lugar de como fundamento.
Frente a quienes, primero, dividen al país en buenos y malos, y luego, en un acto de vanidad que da pudor ajeno, se colocan a sí mismos del lado de la solidaridad y el amor al prójimo, se concluiría señalando que, lamentablemente, las cartas se encuentran demasiado mezcladas. Nils Christie, sociólogo y criminólogo noruego, decía que “todos somos demasiado parecidos”. Decir esto no significa asumir que “todo es lo mismo.” Por el contrario, indica que nuestros principales problemas, como comunidad, tienen que ver con la desigualdad económica y la impunidad (política y jurídica), que son dos caras de la misma moneda. Se entiende, por tanto, que es hora de empezar a juzgar, distribuir responsabilidades y condenar; y para hacerlo bien, necesitamos de más ciencias sociales y de escuchar a las mismas por nuestros propios medios. Hoy no se trata simplemente de escuchar las noticias y esperar, casi con resignación, que quienes están en el poder tomen decisiones coherentes y justas. Los discursos de odio ya no resuenan como ecos lejanos; se manifiestan de manera constante, visible y explícita: se ven, se escuchan y se leen todos los días.

No podemos seguir mirando hacia otro lado cuando la discriminación se despliega frente a nosotros. Está aquí, en el presente, y seguirá estándolo mañana si persistimos en un estado incoherente de victimización y aparente ingenuidad. La historia ha demostrado, una y otra vez, que seguir ciegamente a un líder y reproducir sus discursos de odio no es un fenómeno novedoso. Es un mecanismo ya conocido. Lo verdaderamente inquietante es que, en una era atravesada por un acceso masivo e inmediato a la información, tantas personas continúen repitiendo el mismo ciclo. Eso sí es nuevo. Nuevo y profundamente triste.
Reconocer esta realidad no implica resignación, sino responsabilidad. Es nuestra obligación generacional identificar los errores sociales, cuestionar las narrativas que los sostienen y asumir una posición crítica frente a aquello que erosiona la dignidad humana. Solo a partir de esa conciencia activa podremos aspirar, finalmente, a construir la comunidad política que pensadores como Rousseau imaginaron: una en la que la libertad individual no sea incompatible con la igualdad y el respeto mutuo, sino su condición de posibilidad.
La verdadera decadencia no comienza cuando surge el odio, sino cuando dejamos de enfrentarlo con lucidez, responsabilidad y coraje.
“Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”
La vida de la razón. (1905), Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borrás, filósofo, ensayista, poeta y novelista español.
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