¿Líder Fuerte o Participación Ciudadana?
- Franco E. Dorinzi

- 28 nov 2025
- 9 min de lectura
En los contextos de crisis, la sociedad atraviesa un periodo de cambio que se sustenta en la necesidad de resolver el o los problemas que asfixian a los ciudadanos. Esta necesidad que normalmente urge impacta significativamente en la forma en la que la sociedad interpreta las instituciones, la confianza se pierde en todos los aspectos y la forma de actuar y decidir de los ciudadanos cambia drásticamente.
Es este cambio se abren dos caminos posibles que pueden recorrer los ciudadanos: optar por un cambio que someta al estado a una gestión con más participación, transparencia y eficiencia; o un cambio donde un “líder fuerte” tome control de la situación y resuelva el problema existente, aunque cueste la existencia de la democracia misma.
¿Cuál es el camino correcto?, ¿Es la democracia un problema? Estas preguntas intentaremos responder o acercarnos a la respuesta durante el análisis. Pero se debe partir de un factor clave: la sociedad prefiere un líder fuerte.

Según el Latinobarómetro 2024 el 53% de los encuestados en América Latina estaría dispuesto a aceptar un gobierno no democrático si este resuelve los problemas económicos y de seguridad. Y un 25% de la población se declara "indiferente" al tipo de régimen. Ese cuarto de la población es la base electoral fértil para cualquier líder populista autoritario.
El Open Society Barometer realizó una encuesta en donde demostró que solo el 57% de los jóvenes ( de entre 18 y 35 años) cree que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno (comparado con el 71% de preferencia de la democracia de los mayores). También el Pew Research Center demostró que la insatisfacción con el funcionamiento de la democracia ronda el 60 y el 65% en promedio global.
Los datos son claros. Las nuevas generaciones no creen en la democracia. Pero ¿por qué?
Inicialmente hay que distinguir un factor clave. La democracia llego a su mayor auge durante los 90’s (finales de la tercera ola democrática en términos de Samuel Huntington), cuando un 60% de los países del mundo estaban bajo un régimen democrática estable. Este porcentaje fue disminuyendo con el paso de los años, pero las generaciones que vivieron antes de los 90’s tienen la capacidad de poder valorar la democracia como no pueden hacerlo las nuevas generaciones que lo ven como algo “normal”.
Esta normalización de la democracia conlleva a la perdida de la consciencia de la responsabilidad que demanda conformar una democracia. El miedo al autoritarismo se disminuye, la participación ciudadana parece inútil y la posibilidad de perder la democracia no se ve como un problema o un riesgo, sino una solución. Porque en contextos de crisis constante, principalmente económicas, conllevan a esta filosofía tal vez dañina pero lógica.
"El precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los peores hombres" - Platón
Hay dos casos casos ejemplares en la actualidad: Nayib Bukele en El Salvador y Javier Milei en Argentina. En el caso de Bukele nos encontramos en un escenario donde la seguridad era una variable que atormentaba a la sociedad. Las pandillas habían tomado control de la política cotidiana y tras la llegada al poder de Bukele el problema se resolvió: los operativos de seguridad acertados, las megacarceles y las políticas de seguridad permitieron al Estado volver a tomar control del territorio. Pero esto no fue gratis, Bukele tuvo que vulnerar mecanismos e instituciones que limitaban el poder del ejecutivo (y hasta sobre pasar por los demás poderes) para imponer el orden, además de muchos encarcelamientos arbitrarios y denuncias de violaciones a los derechos humanos en los sistemas penitenciarios. Pero lo importante del ejemplo es como un líder tuvo que resolver el problema sobrepasando el sistema de frenos y contrapesos, y todo ello posible por el gran respaldo popular.
El otro caso es el de Milei, el que los argentinos vivimos en carne propia. La gestión insuficiente de Alberto Fernández conllevo a un descontento social y una situación económica inflacionaria más que preocupante. Así la figura errática, disruptiva y mediática de Javier Milei logro cooptar los votos y tras sus dos años de gestión pudo contener la inflación a un precio que en el día a día presiona el bolsillo de los argentinos y ha puesto en riesgo la soberanía. Su decretismo compulsivo, el mega presidencialismo y el ataque contra la oposición han prendido alertas en la calidad democrática pero no han impedido el respaldo popular en noviembre con las elecciones. Reafirmando que no importa la democracia si el líder resuelve el problema central.
La “Nueva Normalidad” de la postpandemia
Me parece importante detenernos y reafirmar un concepto: los jóvenes no creen en la democracia. Para ello tenemos que ver como son los jóvenes de la actualidad, y para eso hay que comprender un evento que cambio la historia hace 5 años: la pandemia.
Tras el proceso de aislamiento internacional, individualismo extremo y temor mundial la sociedad comenzó a vivir una mencionada “nueva normalidad” donde las características de la sociedad previa al aislamiento se rompieron y surgieron nuevos sujetos sociales. Personas completamente dependientes de la tecnología, el individualismo más presente que nunca y una sociedad que vivió un proceso completamente shockeante.
Durante meses “el otro” fue el mayor enemigo, y ese otro era mis vecinos, mis hermanos, mis abuelos o mis padres. Todo era una amenaza contra “mí”, en medio de personas con una exposición y dependencia de pantallas y redes sociales que alteraban su forma de consumir medios audiovisuales.
Un estudio de Harvard (Making Caring Common) llegó a una conclusión preocupante: “los más solitarios no fueron las personas mayores (que paradójicamente mostraron mayor resiliencia emocional), sino los jóvenes de 18 a 25 años. El 61% de los jóvenes reportó ‘soledad severa’, lo que explica en gran parte su actual desafección política y su búsqueda de identidades grupales fuertes o radicales para llenar ese vacío”.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) confirmó un aumento clínico global del 25% en ansiedad y depresión en el primer año. El estrés crónico y el aislamiento durante la pandemia afectaron la memoria y concentración, incluso en personas no contagiadas, reduciendo funciones cognitivas para ahorrar energía.
El impacto de esos dos años (2020 y 2021) cambio la concepción de lo público. Los individuos ahora buscan salvarse por si solos, un bien personal es infinitamente superior a un bien general en la nueva normalidad. El Estado te obligo a encerrarte, violando tus derechos y libertades básicas, mientras sus gobernantes no respetaban el aislamiento (desde Alberto Fernández hasta el primer ministro británico).
Y como si fuese poco, posteriormente a la pandemia las principales fortunas del mundo aumentaron drásticamente su capital. Los 10 hombres más ricos del mundo duplicaron su fortuna, pasando de 700.000 millones de dólares a 1,5 billones. El 1% de la población mundial acaparó casi dos tercios de toda la nueva riqueza generada en el mundo (unos 26 billones de dólares), dejando solo un tercio para el 99% restante de la humanidad (según Forbes).
Este poder concentrado en las corporaciones debilita la capacidad de los estados en hacerles frente, aumenta su influencia sobre el poder público y los medios de comunicación. Y paradójicamente el mundo oscilo hacia un proceso inflacionario internacional donde la mayor parte de la población mundial perdió poder y valor económico. Afectando también a la economía de los Estados de todo el mundo.
La sociedad se volvió completamente adicta y dependiente de una tecnología que esta en pocas manos. Y los estados cada vez mas debilitados, con menos capacidad de accionar para garantizar mayor redistribución de la riqueza. Y si no hay igualdad de oportunidades, reina el individualismo, el “sálvese quien pueda”.

Este es el contexto en el que las nuevas generaciones ven la democracia. Incapaz de resolver la pandemia, incapaz de contener la inflación, incapaz de proporcionar gobernantes honestos; meramente incapaz. Por ello, la llegada de líderes que puedan resolver los problemas, que no sean limitados por instituciones “obsoletas”, suena completamente convincente.
¿Y si la democracia no sirve?
Seguramente algún cercano, amigo o familiar que tengas diga la frase: “Para que votar si al final gobiernan siempre los mismos”, o la frase: “¿Qué cambia un voto más o un voto menos?”. Esos son los signos de una democracia que muere, donde los ciudadanos no lo ven como un sistema confiable sino como un sistema corrupto y elitista.
En “Como Mueren las Democracias”, Levitsky y Ziblatt nos desarrollan un concepto en donde las democracias ya no se caen con tanques en las calles y un gobierno militar de facto. Las democracias se erosionan por dentro y su mismo argumento se vuelve el factor que la destruye. El nuevo gobierno antidemocrático se viste de democracia.
Los autores demuestran 4 puntos que son síntomas del debilitamiento de una democracia: Rechazo (o débil aceptación) de las reglas democráticas, negación de la legitimidad de los oponentes, tolerancia o fomento de la violencia y predisposición a restringir libertades civiles. Se rompen de a poco los principios básicos del republicanismo.
Entonces, si las democracias ya no caen por gobiernos militares de facto (en su mayoría) y la sociedad no se siente representada por un régimen democrático: ¿Sirve la democracia? ¿No es mejor un gobierno fuerte que resuelva antes de instituciones débiles? ¿Cómo sería una mejor democracia? Acá llegamos a la mejor parte.
"El peligro de la libertad moderna consiste en que... renunciemos demasiado fácilmente a nuestro derecho de participación en el poder político" - Benjamin Constant
Para entender si sirve la democracia es fundamental distinguir cual es el “faro” de la democracia. Históricamente lo fueron los Estados Unidos el bastión de la democracia y la libertad. Pero su cello democrático ha ido perdiendo fuerza, por lo cual ya no son el “faro” que fueron décadas pasadas. El hiperpresidencialismo de Donald Trump y sus intentos de asesinato durante las elecciones son signos de ello.
A su vez, el auge de China con un sistema autoritario como nuevo modelo internacional ya nos aleja de la concepción de que para el desarrollo es necesaria una democracia. Lo mismo el caso de Rusia o bien de India, quien posee una democracia que esta cada vez mas debilitada. Los tres casos hablan de sistemas muy personalistas, Xi Jinping, Vladimir Putin y Narendra Modi como líderes fuertes que perduran en el tiempo y concentran el poder.
Por lo cual, las economías del futuro no son democráticas. ¿O acaso la Unión Europea y los Estados Unidos parecen tener un futuro superador? Este contexto impacta sobre la concepción de la democracia, sumado a lo que mencionamos anteriormente de los efectos de la pandemia, las crisis económicas y el poder de las corporaciones da lugar a un contexto para el surgir de gobiernos no democráticos.
Ante ello, decir que la democracia no sirve tal vez no es acertado, pero si que no da respuestas a los problemas.
Con esto llegamos a la parte final, si un gobierno fuerte y personalista sin accountability ni mecanismos de control que resuelva las crisis es, tal vez no el mejor escenario, pero el más probable. ¿Cómo sería un escenario contrario? Es decir, una democracia nueva con participación ciudadana.
Tanto Benjamín Constant como Tocqueville nos dejaron un concepto irrenunciable: si un ciudadano se conforma con su situación y renuncia a la participación ciudadana, el hacer por el otro delega el poder y la toma de cisiones. Si no lo haces vos, lo hace otro.
Las nuevas tecnologías nos dan lugar a mayor comunicación y a poder crear instituciones de mayor transparencia y participación ciudadana en la toma de decisiones. Para su ejecución demanda de una voluntad política inicial que no sucederá si no hay presión social para el cambio.

Por ello es elemental la participación, la cual en la actualidad se ha posado en los extremos ideológicos. Solo participan aquellos que se definen con un ideal extremo, los identifica más el rechazo que el progreso. Son devotos de su comunidad o su ideología antes que su nación, que sus vecinos, que sus compatriotas. Es el síntoma máximo de individualismo.
Los extremos solo llevan a extremos y a que gran parte de la sociedad se haga a un lado de lo “publico” y deje de participar. El miedo a la condena en medio de un contexto de violencia verbal, censura y fanatismo solo incrementa la espiral de silencio, donde es preferible callar que quedar expuesto por tu opinión, en términos de Elisabeth Noelle-Neumann.
Por ello, y finalizando, el desafío esta en participar, en involucrarse, en dejar el individualismo y hacer algo por los demás. Que vulnerar las instituciones no sea un camino sino una alerta. Valorar la democracia y perfeccionar sus insuficiencias. El progreso no existe si no es para todos, y solo entre todos se logra.
"Veo una multitud innumerable de hombres parecidos e iguales que giran sin descanso sobre sí mismos para procurarse de placeres pequeños y vulgares... Por encima de ellos se alza un poder inmenso y tutelar que se encarga él solo de asegurar sus goces y vigilar su suerte. Es absoluto, detallista, regular, previsor y suave. Se parecería a la potestad paterna si tuviese por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero, al contrario, no trata más que de fijarlos irrevocablemente en la infancia... Trabaja a gusto por su felicidad, pero quiere ser el único agente y el único árbitro de ella... ¿Por qué no les evita de una vez la molestia de pensar y la pena de vivir?" - Alexis de Tocqueville, La Democracia en América.
Bibliografía
Constant, B. (1989). De la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos. En Escritos políticos (pp. 257-285). Centro de Estudios Constitucionales. (Obra original publicada en 1819).
Huntington, S. P. (1994). La tercera ola: La democratización a finales del siglo XX (J. J. Utrilla, Trad.). Paidós. (Obra original publicada en 1991).
Levitsky, S., & Ziblatt, D. (2018). Cómo mueren las democracias. Ariel.
Mill, J. S. (2013). Sobre la libertad (P. de Azcárate, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1859).
Noelle-Neumann, E. (1995). La espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel social. Paidós. (Obra original publicada en 1984).
Platón. (1988). La República (J. M. Pabón & M. Fernández-Galiano, Trads.). Alianza Editorial. (Obra original publicada ca. 380 a.C.).
Tocqueville, A. de. (2010). La democracia en América (E. Nulla, Trad.). Trotta. (Obra original publicada en 1835).
Fuentes Consultadas
https://www.latinobarometro.org/noticias/informe-latinobarometro-2024-la-democracia-resiliente
https://www.pewresearch.org/topic/politics-policy/political-ideals-systems/democracy/
https://journals.plos.org/plosone/article?id=10.1371/journal.pone.0274542
https://www.univision.com/noticias/salud/pandemia-personalidad-agradables-concienzudos




Comentarios