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¿Qué esperar en la COP30 en la Amazonía? entre la urgencia climática y la parálisis política

La COP30, que se celebrará a partir del 10 de noviembre en Belém, Brasil, llega cargada de simbolismo: por primera vez, la diplomacia climática mundial tendrá como escenario la Amazonía, uno de los pilares del equilibrio ambiental del planeta. El propio presidente de Brasil, Lula da Silva, firmó un decretó que declara a la ciudad como la capital de Brasil mientras dure el encuentro.


Sin embargo, este marco también expone el gran dilema de nuestra era: la distancia entre la urgencia de la crisis climática y tres décadas de negociaciones internacionales con escasos resultados. Desde la primera COP en 1995, el proceso ha producido acuerdos emblemáticos —de Kioto a París—, pero también una larga historia de incumplimientos. Mientras el CO₂ ya supera las 424 partes por millón y las emisiones crecen un 1% anual, la brecha entre los discursos y la acción nunca fue tan evidente.


Hoy, la concentración de CO₂ supera las 424 ppm —muy por encima del umbral seguro de 350— y las emisiones globales siguen creciendo un 1 % por año. Como advierte Eduardo Gudynas, “ya no deberían importarnos los discursos enérgicos, sino el fracaso colectivo”. 


La Agenda de París a Belém


La COP30, que tendrá lugar en noviembre de 2025 en Belém, marcará el décimo aniversario del Acuerdo de París y llega en un punto clave: los países deberán presentar nuevas Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC), es decir, sus planes climáticos actualizados basados en el primer Balance Global (realizado en la COP28), que dejó un diagnóstico claro: el mundo está lejos de cumplir sus metas.


La agenda de Belém busca reencauzar la acción climática global en tres ejes principales:


  • Nuevas metas climáticas: los países deberán presentar planes más ambiciosos que reduzcan las emisiones un 43 % para 2030 y un 60 % para 2035. Si se cumplen los compromisos actuales, el planeta se encamina a un calentamiento de 2,7 °C.


  • Financiamiento climático: se intentará acordar una nueva meta global (NCQG). Aunque se estima que se necesitan 1,3 billones de dólares anuales, el acuerdo de la COP29 solo garantiza 300.000 millones hasta 2035, perpetuando la brecha entre el Norte y el Sur global. En el discurso de apertura el presidente de Brasil, Lula da Silva, expuso sobre esta propuesta y algunos países del Norte Global como Alemania y Noruega han prometido fondos. 


  • Transición energética justa: el debate sobre cómo dejar atrás los combustibles fósiles volverá al centro, enfrentando a los países del Norte —más volcados a la electromovilidad— con aquellos del Sur, aún dependientes del petróleo y el gas. Este debate estará marcado por la guerra comercial entre China y EEUU ya que los vehículos eléctricos son uno de los caballitos de batalla del gigante asiatico. 


El fantasma del negacionismo y el desgaste del multilateralismo


El regreso del negacionismo climático en figuras clave del tablero global oscurece el horizonte. En Estados Unidos, Donald Trump volvió a calificar el cambio climático como “el mayor fraude del mundo” y retiró al país del Acuerdo de París, desmantelando políticas ambientales federales. El gobierno argentino retiró la delegación de la anterior COP29 siguiendo esta línea. 



Mientras tanto, China avanza en la dirección opuesta. Su nuevo plan climático apuesta a construir una “sociedad adaptada al cambio climático” para 2035, integrando políticas de prevención, innovación tecnológica, infraestructura resiliente y transición energética. El contraste es evidente: mientras algunas potencias retroceden hacia el negacionismo o la inacción, otras buscan fortalecer su resiliencia ante lo inevitable. 


En una línea similar mandatarios como Boric de Chile y Petro de Colombia expresaron fuertes críticas a la administración estadounidense. Macrón por su parte tuvo una reunión bilateral con Lula donde discutieron cuestiones en materia de seguridad fronteriza (entre Brasil y la Guayana Francesa), financiamiento para la lucha contra el cambio climático y el acuerdo Mercosur - Unión Europea que, casualmente, se encuentra todavía en discusión por las regulaciones ambientales que exige la UE a la producción agrícola (en particular la soja) de Sudamérica. 



La brecha Norte-Sur, las “falsas soluciones” y la paradoja de los combustibles fósiles


La contradicción más evidente es que la descarbonización avanza al mismo tiempo que se expande la frontera petrolera. Las energías renovables no están reemplazando a las fósiles, sino sumándose a ellas, impulsadas por una demanda energética global en aumento.


El propio Brasil encarna esa dualidad: mientras busca defender la Amazonía, impulsa al mismo tiempo la exploración petrolera y minera, y flexibiliza las reglas que deberían contener esa expansión. Por ejemplo, el Parlamento aprobó en julio de 2025 un proyecto conocido como la “ley de la devastación”, cuyo objetivo es “modernizar” el licenciamiento ambiental pero que ha sido denunciado como un retroceso serio en la regulación ambiental. Asimismo, aunque el presidente Luiz Inácio Lula da Silva vetó parte de la ley  —63 de sus aproximadamente 400 artículos— sigue la preocupación de que el Congreso pueda revertir esos vetos.


En la propia conferencia Lula afirmó no ser un lider ambientalista ya que sería incoherente e irresponsable renunciar al petróleo al mismo tiempo que afirmaba que el 75% de las emisiones de gases de efecto invernadero tienen su origen en la producción y el consumo de energía por lo que propusó gravámenes, entre otros, a vuelos privados y de primera clase.


Esta dinámica revela que esas “soluciones” extractivistas —combinar hidrocarburos, megaproyectos agrícolas y flexibilización ambiental— alimentan lo que los analistas llaman “falsas soluciones”. El financiamiento sigue siendo el gran nudo de la política climática. Los fondos del Norte no solo son insuficientes, sino que suelen llegar como préstamos que profundizan la deuda del Sur. En ese contexto, emergen propuestas como el fondo TFFF (protección de bosques tropicales), impulsado por Brasil, pero visto con escepticismo ya que organizaciones ambientalistas. El propio Secretario General de la ONU denunció que muchos líderes mundiales aún son rehenes del lobby petrolero


Crisis logística y riesgo de exclusión


La COP30 también enfrenta serios problemas de organización. Belém no está preparada para recibir a decenas de miles de delegados, lo que disparó los precios del alojamiento y generó denuncias de exclusión. El Observatorio del Clima de Brasil advirtió que, por negligencia del propio gobierno, la cumbre podría ser “la más excluyente de la historia”. Austria canceló su participación y varios países africanos evalúan no asistir por falta de recursos, afectando la representatividad del encuentro.


Estas no son meras dificultades coyunturales: expresan un sistema diplomático que parece incapaz de conducir el cambio de rumbo que el planeta necesita.


La Cumbre de los Pueblos


Las tensiones que rodean la COP30 reflejan un patrón estructural: negacionismo, dependencia fósil y disputas por el financiamiento mantienen la potencialidad de la COP paralizada. Retomando a Gudynas podemos afirmar que somos testigos de una de las mayores muestras de incapacidad de la diplomacia internacional: una mezcla de ceguera ecológica y egoísmo económico mientras el planeta se incendia.


Frente al vacío institucional, emergen espacios alternativos. La Cumbre de los Pueblos, también en Belém, no pretende ser paralela sino una respuesta al fracaso de la diplomacia climática. Su meta es dar voz a quienes defienden los bosques y padecen el cambio climático. La COICA reclama financiamiento directo y autonomía para resguardar sus territorios.




En su manifiesto, la Cumbre articula una agenda más amplia: justicia climática, lucha contra las desigualdades y el racismo ambiental; defensa de la democracia y el derecho a la vida; rechazo a las “falsas soluciones” basadas en la financiarización de la naturaleza; exigencia de una transición energética, popular y justa; soberanía alimentaria; titulación de tierras indígenas y comunitarias entre otras.


Una década perdida y un futuro en juego


Las últimas cumbres del clima dejan un saldo preocupante. En 2015, el Acuerdo de París fijó como meta limitar el calentamiento global a 1,5 °C. Para alcanzarlo, las emisiones globales deberían reducirse casi a la mitad antes de 2030 y llegar a cero neto en 2050. Sin embargo, el Balance Global de la COP28 mostró que los compromisos actuales conducen a un aumento de entre 2,5 y 2,9 °C hacia finales de siglo.


La COP26 (Glasgow, 2021) estableció el compromiso de “revisar al alza” las metas nacionales cada cinco años. Solo una minoría de países lo cumplió. La COP27 (Sharm el-Sheikh, 2022) logró crear un fondo de “pérdidas y daños” para compensar a las naciones más afectadas, pero hasta hoy permanece prácticamente vacío. En Dubái (COP28) se aprobó una “transición energética” que evitó mencionar expresamente la eliminación de los combustibles fósiles, pese a la presión de más de 130 países y miles de científicos.


En paralelo, las emisiones de dióxido de carbono alcanzaron un récord histórico en 2023, superando las 37.000 millones de toneladas. Si la tendencia continúa, el calentamiento promedio global podría superar los 3 °C hacia 2100, provocando impactos catastróficos: olas de calor extremo cada año, aumento del nivel del mar que pondría en riesgo a más de 800 millones de personas, pérdida del 90% de los arrecifes de coral y una disminución drástica en la productividad agrícola mundial.


La COP30, por tanto, no llega en un contexto de esperanza, sino de cuenta regresiva. Las promesas incumplidas han erosionado la confianza pública y deslegitimado el proceso multilateral. Pero también han dado lugar a nuevas formas de resistencia y organización: movimientos indígenas, científicos, comunidades rurales y jóvenes que exigen justicia climática real.


Belém, en el corazón de la Amazonía, será el espejo de esta paradoja: un planeta al borde del colapso ecológico que aún discute cómo no hacer lo suficiente. La pregunta ya no es qué esperar de la COP30, sino cuánto tiempo más puede el mundo sostener la inercia de un modelo que, bajo la excusa de un desarrollo que no llega a todos por igual, sigue alimentando el fuego que lo consume.


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