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Israelíes y palestinos: Una cronología necesaria para entender un conflicto histórico (Parte I: Orígenes y antecedentes)


Judaísmo, diáspora y sionismo


A finales del siglo XIX, en medio del auge de los nacionalismos, cobra fuerza el sionismo. Este movimiento nacional y secular nacido en Europa tuvo, como punto de partida, el libro escrito por el periodista húngaro y judío Theodor Herzl en 1896, llamado Der Judenstaat (El Estado Judío). El nombre del movimiento hace alusión a “Sion”, que es el nombre bíblico de la ciudad de Jerusalén, así como el nombre del monte donde se ubicaron los dos templos sagrados del judaísmo, y fue utilizado por primera vez en 1885 por el escritor austríaco y judío Nathan Birnbaum. Der Judenstaat afirmaba lo que luego se transformaría en el objetivo principal del sionismo: la creación de un Estado para todos los judíos del mundo. Es que, raíz de la diáspora, los judíos estaban desparramados por muchos países del mundo, en los cuales representaban a una minoría perseguida y violentada, sometidos a la ley de los países anfitriones. El sionismo, entonces, se proponía volver a unir a la judería dispersa para asentarse en un territorio y formar un Estado nacional con soberanía política, donde serían la población mayoritaria, dejando atrás el constante antisemitismo. Cabe aclarar que fue el médico ruso-polaco León Pinsker quien esbozó, por primera vez, la idea de crear una patria para los judíos , y lo hizo a través de un panfleto conocido como Autoemancipación, en 1882. Si bien no utilizó explícitamente el término “sionismo”, esta obra fue fundamental, tanto para Birnbaum, primero, como para Herzl, después.


Theodor Herzl
Theodor Herzl

Es muy difícil establecer exactamente cuándo y por qué comenzó la hostilidad hacia el pueblo judío, ya que fueron sojuzgados por egipcios, asirios, griegos, romanos, bizantinos, árabes, babilonios, cruzados cristianos y turcos otomanos. Quizás, al no haber establecido nunca un Imperio —con la excepción de la breve existencia de los reinos hebreos de Israel y Judea, anteriores al Imperio Romano—, como sí lo han hecho el resto de los pueblos mencionados, puede explicar la poca tolerancia y convivencia que han tenido diferentes entidades políticas de mayoría cristiana o musulmana con las minorías judías y, por ende, su persecución, expulsión, conversión forzada y hasta difamación: por ejemplo, eran acusados de haber matado a Jesús. En el medioevo, las sociedades estamentales europeas no permitían la movilidad social, ya que el estatus era hereditario. La aristocracia podía elegir entre la carrera militar o el sacerdocio, opciones prohibidas para los judíos, así que comenzaron a desarrollar actividades que los cristianos consideraban “viles”, como el préstamo. Tampoco podían ingresar a gremios ni comprar tierras, por lo que se radicaban en ghettos, que luego se convirtieron en barrios judíos como los actuales de Praga o de Berlín. Esta discriminación continuó, se instaló y se fortaleció con el paso del tiempo.


En 1879, el periodista alemán Wilhelm Marr, en su obra Judenthums über das Germanenthum (La victoria del judaísmo sobre la germanidad), empleó un novedoso término: antisemitismo. Lo utilizó para designar “[…] la idea según la cual los judíos serían inasimilables en Europa como consecuencia de su cultura semita medio-oriental”. De hecho, unos pocos años más tarde, se produjo un caso de antisemitismo tristemente célebre y de fama mundial: se trata del Caso Dreyfus.


El capitán francés Alfred Dreyfus fue condenado, en 1894, a prisión perpetua por traición a la patria. Sucede que, en realidad, el verdadero espía y traidor a la patria francesa fue un oficial del Ejército: el mayor Ferdinand Walsin Esterhazy. Él fue el responsable de venderle información militar a Prusia durante las tensiones posteriores a la guerra de 1870-1871. Para encubrirlo, se culpó a Alfred Dreyfus, de origen judío. La conocida pintura “The Traitor: Degradation of Alfred Dreyfus” del inglés Henri Meyer fue publicada en el periódico francés Le Petit Journal en 1895 y retrata el momento en que Dreyfus, luego de ser despojado de sus insignias militares, observa atónito cómo un superior rompe su sable, ante una multitud agolpada en la Escuela Militar de París. Este acto de degradación fue orquestado para deshonrarlo públicamente y marcarlo como un traidor. Sin embargo, el periodista francés Émile Zola le escribió una carta al por ese entonces presidente de Francia, Félix Faure, en la que denuncia cómo Dreyfus fue condenado sin ningún tipo de pruebas, demostrando un claro y orquestado caso de injusticia, encubrimiento y antisemitismo por parte del Ejército francés, la Justicia y la opinión pública. La carta se llamó “J'accuse” (“Yo acuso”) y se publicó en enero de 1898 en la portada del periódico francés L'Aurore, dos años después de que el culpable real fuera descubierto por Georges Picquart, jefe de inteligencia militar, enviado luego a Túnez y silenciado para que no se conozca la verdad. Esta carta llegó a las manos de Theodore Herzl, el padre del sionismo moderno, que previamente no estaba interesado en cuestiones religiosas judías, principalmente porque era laico, ni en la autodeterminación del pueblo judío. En su caso, él estaba asimilado sin problemas en la sociedad europea, pero su trabajo como periodista en Viena fue lo que le permitió conocer sobre el caso Dreyfus y la respuesta de Zola. Este hecho fue el que lo inspiró a escribir la obra basal del sionismo, cambiando su mirada al respecto . Sin embargo, el antisemitismo en Europa continuó.


Alfred Dreyfus
Alfred Dreyfus

Para conformar un Estado propio, el sionismo manejó varias opciones: Uganda, Siberia y hasta Argentina. A pesar de haber nacido como un movimiento nacionalista secular, el sionismo se basó en las escrituras sagradas del judaísmo: la Tierra de Israel (Eretz Israel) se encuentra en el área geográfica conocida como Palestina, de donde los judíos fueron expulsados por los romanos, comenzando así su dispersión por el mundo, es decir, su diáspora, con el constante deseo de querer regresar.


Actualmente, varios sectores israelíes —y también estadounidenses— siguen sosteniendo, como argumento, que, antes del sionismo, la región palestina “[…] estaba vacía, desolada y sin árboles”, alimentando el lema colonial de “un pueblo sin tierra para una tierra sin pueblo”, lo cual es absolutamente cuestionable. Según Ilan Pappé, “[…] Palestina, todo lo contrario que un desierto, era una parte floreciente [del] Levante de su época. […] un rico sector agrícola, pequeños pueblos y ciudades históricas vertebraban a una población de medio millón de personas en vísperas de la llegada sionista”, además de una red de puertos y ciudades en el Mediterráneo que prosperaban por el comercio con el continente europeo, mientras que las tierras llanas del interior comerciaban con las regiones más próximas.


El nombre “Palestina” —que viene del griego "Palaestina", que a su vez deriva de la palabra "Filistea", por los filisteos que habitaron antiguamente la región— es, de hecho, romano. A continuación, una conveniente y breve cronología (y algunas historias bíblicas) de las variadas entidades políticas que se asentaron en la región, para comprender el porqué de ese nombre. Según el relato bíblico, el patriarca Abraham fue el primero en reconocer y adorar a un único Dios, Yahvé. De él recibió la promesa de que existía una tierra que debía poblar con su descendencia y guiar, desde Ur (Mesopotamia, actual Irak) hacia allí, al pueblo hebreo: Canaán, la famosa “Tierra Prometida”, ubicada entre el Mar Mediterráneo y el río Jordán. Abraham llega, pero no conquista ni establece una nación, sino que vive como nómade junto a su familia. Su nieto, Jacob, debido a su “especial” relación con Dios, fue rebautizado como Israel, que significa “el que lucha con Dios”. Las sagradas escrituras explican que Jacob tuvo una experiencia mística, en la que luchó toda la noche con un ser divino, que en muchas interpretaciones se entiende como un ángel o, incluso, una manifestación del mismísimo Dios. Al final del encuentro, esta entidad le dijo: “Ya no será tu nombre Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has prevalecido”. Posteriormente, Israel tuvo doce hijos con sus esposas Leah y Rebecca, los cuales formaron las Doce Tribus de Israel.


El pacto entre Dios y el pueblo hebreo —berit— que comenzó a moldear la estructura de una religión monoteísta basada en leyes, código ético y rituales, se dio con Moisés. Nació en una de las Doce Tribus, la de Leví, y fue él quien recibió de Yahvé las tablas de piedra con los Diez Mandamientos —un conjunto de principios éticos y de adoración que guían la conducta de las personas— en el Monte Sinaí, así como también el encargado de guiar al pueblo hebreo desde la esclavitud en Egipto hacia la Tierra Prometida durante 40 años por el desierto. Es que, mucho antes de ese trascendental hecho, el faraón de Egipto, que dominaba la región, había ordenado que todos los hijos varones hebreos fueran asesinados al nacer, porque temía que el pueblo hebreo creciera demasiado y se volviera una amenaza. Los antepasados de Moisés, debido a una gran hambruna, ya habían emigrado desde Canaán hacia Egipto, y se establecieron allí, razón por la que fue la tierra natal del futuro patriarca. Para protegerlo, su madre lo ocultó tres meses después de su nacimiento y, cuando ya no pudo esconderlo más, lo puso en una canasta que colocó en el río Nilo, entre los juncos, con la esperanza de salvarle la vida. La hija del faraón encontró la canasta, se conmovió, adoptó al niño y lo crió como su propio hijo, dándole su nombre, que significa "sacado de las aguas".


Retrato ilustrativo de Moises cruzando el Mar Rojo.
Retrato ilustrativo de Moises cruzando el Mar Rojo.

Fue criado toda su vida como un egipcio más, pero luego observó cómo el pueblo hebreo era cruelmente esclavizado. De hecho, vio como un egipcio golpeaba a un hebreo y, motivado por semejante injusticia, mató al agresor. Esto hizo que Moisés escape al desierto de Madián —actual Arabia Saudita— y, mientras cuidaba ovejas, tuvo el famoso encuentro con Dios en la zarza ardiente . Según las escrituras, Yahvé le dijo: “He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto... ve, yo te envío al faraón para que saques a mi pueblo, los hijos de Israel, de Egipto”. Así, Moisés acepta la misión divina de salvar a su pueblo, llevándolo a la Tierra Prometida.


En esta huida se da un hecho simbólico y mitológico, muy conocido incluso por quienes no son creyentes. Según las escrituras, Moisés y el pueblo hebreo escapan y son perseguidos por el ejército del faraón. Cuando llegan a las inmediaciones del Mar Rojo, Moisés extiende su mano sobre el mar para que Dios envíe un viento fuerte, que logra separar las aguas para poder avanzar. Los hebreos cruzan y, cuando los egipcios también lo estaban haciendo, Dios ordena que las aguas vuelvan a unirse, ahogando a los perseguidores. Sin embargo, Moisés muere antes de llegar a Canaán. Su sucesor, Josué, es quien lidera la entrada y conquista la tan ansiada región. Bajo su mando, los hebreos cruzan el río Jordán y toman Jericó (actual Cisjordania).


En el libro de Josué —sexto libro del Antiguo Testamento del Tanaj—, se narra que Yahvé no ordenó un ataque convencional sobre la ciudad cananea amurallada de Jericó, que representaba un gran obstáculo para los hebreos. La orden de Dios fue que el pueblo debía marchar una vez al día alrededor de la ciudad, durante seis días consecutivos, cargando el Arca de la Alianza —cofre sagrado que contiene las tablas de piedra con los Diez Mandamientos— y tocando trompetas. Al séptimo día, deberían rodear Jericó siete veces y, al terminar, todos deberían gritar al unísono con las trompetas sonando. Al seguir al pie de la letra las instrucciones divinas, las murallas colapsaron, lo que le permitió a Josué y al pueblo hebreo entrar y conquistar la ciudad. Posteriormente, una serie de campañas militares lograrían dominar la región entera. Por supuesto que esta serie de acciones no tienen constatación histórica ni arqueológica, sino que responden a una construcción literaria de una religión. En este sentido, Ilan Pappé sostiene, respecto a Palestina, que “[…] su estatus y condiciones en el pasado distante son objeto de acalorados debates ente quienes creen que fuentes como la Biblia no tienen valor histórico y quienes la consideran un relato riguroso”.


Luego de la conquista de Canaán, las Doce Tribus de Israel se unieron para combatir contra los filisteos —pueblo que habitó la costa del Mediterráneo, específicamente en la zona de la actual Franja de Gaza— y formaron el Reino Unido de Israel (circa 1020 a.C.-930 a.C.), bajo los gobiernos de los sucesivos reinados de Saúl, David y Salomón, quien construyó el Primer Templo de Jerusalén o Templo de Salomón, institucionalizando así el culto a Yahvé. Luego de la muerte de Salomón, los problemas tributarios y las tensiones sucesorias, dividieron al reino en dos (circa 930 a.C.): el Reino de Israel al norte y el Reino de Judea al sur. Sin embargo, la región fue conquistada por los babilonios al mando de Nabucodonosor II en el 586 d.C., destruyendo el Templo de Salomón, sin que queden restos arqueológicos del mismo. Posteriormente, los babilonios fueron derrotados en el 539 a.C. por el Imperio Persa de Ciro el Grande, que permitió a los judíos, expulsados por Nabucodonosor y exiliados en Babilonia, que puedan volver a Jerusalén. En ese exilio, el pueblo hebreo reformula profundamente su identidad religiosa. Se consolida la idea del monoteísmo exclusivo y se enfatiza la observancia de la ley escrita.



Con dominio consolidado, los persas transforman a Judea en una provincia con cierta autonomía religiosa, lo que facilitó la construcción del Segundo Templo de Jerusalén o Templo de Herodes en el siglo V a.C. De esta manera, se estableció una comunidad regida por la ley mosaica —es decir, la Torá— bajo la guía de figuras como Esdras y Nehemías. Se recopilan y editan textos que formarían el Tanaj —la Biblia hebrea—, y se consolida una religión basada en la Torá, el culto en el Templo y la vida comunitaria en torno a estas prácticas. Muchos estudiosos consideran que el judaísmo, como religión formal y codificada, nace en este período.


Tiempo después, Alejandro Magno vence a los persas y conquista la región en el 332 a.C. y, tras su muerte, en el 323 a.C., pasó a ser disputada por sus generales, los diádocos. Así, la región sufrió el dominio de dos dinastías helenísticas: primero, la egipcia Dinastía Ptolemaica —hasta el 198 a.C.—, que fue relativamente tolerante con la cultura local, incluyendo las prácticas judías; luego, tras la victoria en la Batalla de Panio, la siria Dinastía Seléucida —desde el 198 a.C. hasta mediados del siglo II a.C.—, que intentó imponer el helenismo de forma más agresiva, confrontando con la población judía. Esto provocó la exitosa Rebelión de los Macabeos en el 167 a.C., que desembocó en el dominio de un reino independiente judío, el Reino Asmoneo, que duró hasta el 63 a.C.


Producto una diputa sucesoria, el emperador romano Pompeyo aprovechó la situación y conquistó la región. Canaán pasó a ser incorporada definitivamente como provincia del Imperio Romano recién en el 6 d.C., pasándose a llamar Iudaea (Judea o Judá, como el antiguo reino hebreo). No obstante, los romanos, de tradición helenística, consideraban que, tanto el judaísmo como el cristianismo, eran sectas que ponían en peligro la unidad cultural del imperio: los judíos y los cristianos eran monoteístas, a diferencia de los romanos, que adoraban a múltiples dioses. Es así como ambas religiones comenzaron a ser perseguidas.


En el 63 d.C. se produjo la Gran Revuelta Judía, producto de las tensiones religiosas mencionadas, así como de las problemáticas económicas —los judíos debían pagar impuestos para mantener los templos que los romanos consideraban paganos—, y de los conflictos políticos —emperadores como Calígula o Gessio Floro fueron brutalmente opresores—; alcanzando su punto más álgido con la Primera Guerra Judeo-Romana en el 70 d.C. Los romanos, liderados por el emperador Tito, triunfaron en el conflicto, expulsaron a los judíos —dando inicio a la gran diáspora judía— y destruyeron Jerusalén. Junto con la ciudad, también quedó en ruinas el Templo de Herodes. Lo único en pie que se mantuvo del segundo templo fue el muro occidental, que hoy es un lugar sagrado para el judaísmo y es conocido como Muro de las Lamentaciones o Muro de los Lamentos, que tomó ese nombre por orden de Tito de no destruir esa sección, con el único fin de que los judíos “se lamenten” de lo que alguna vez fue su glorioso templo. Sin embargo, esto no significó la expulsión total de los judíos de la región: muchos siguieron viviendo en ciudades como Galilea, que se convirtió en un punto neurálgico de la vida judía después de la caída de Jerusalén. La opresión romana continuó y, por ende, los levantamientos contra ella también.


Representaciones de las Guerras Judeo-Romanas.
Representaciones de las Guerras Judeo-Romanas.

La Segunda Guerra Judeo-Romana —conocida también como la Rebelión de Kitos, entre el 115 y el 117 d.C.— no suele citarse a la hora de explicar la historia del pueblo hebreo en la región de Canaán, puesto que sucedió fuera de la región. A grandes rasgos, fueron levantamientos de judíos contra el emperador Trajano, en sitios como Cirenaica —actual Libia—, Chipre, Egipto y Mesopotamia, que Roma reprimió con mucha violencia. Sin embargo, esta rebelión resulta importante a la hora de comprender la fuerza y la importancia de las acciones del pueblo judío en la diáspora. La Tercera Guerra Judeo-Romana (132-135 d.C.), en cambio, sí fue dentro de las fronteras de Judea. Se desató luego de un levantamiento liderado por Simón Bar Kojba —por eso a este evento se lo conoce como Rebelión de Bar Kojba—, luego de que el emperador Adriano prohíba rituales centrales del judaísmo en todo el territorio, como la circuncisión. Después de sofocar la rebelión y prohibirles a los judíos vivir en Jerusalén bajo la amenaza de la pena de muerte —lo que significó el punto culmine de la diáspora iniciada en el 70 d.C.—, erigió, sobre sus ruinas, una colonia llamada Aelia Capitolina, de marcada identidad romana, para intentar, simbólica y estratégicamente, borrar cualquier atisbo judío de la región. A esto se le sumó el ya mencionado cambio de nombre: dejó de llamarse Judea para pasar a llamarse Palestina. Es por ello que el lugar está repleto de sitios sagrados para el pueblo judío y la razón por la que siempre lo reclamó como propio. El problema es que también es sagrado para los árabes musulmanes que también vivían allí. Es que, luego de la expulsión de los judíos, se convirtieron en una inmensa mayoría.


Expansión del islam y arabización de Palestina


Antes de la creación del islam, los árabes eran politeístas. Su sistema de creencias incluía la adoración de múltiples deidades: Al-Lat (diosa solar e hija de Alá), Al-Uzza (también hija de Alá y diosa de la belleza, que personificaba al planeta Venus), Hubal (dios lunar, de la fertilidad, la primavera y la agricultura), Manat (diosa de la muerte, el destino y la justicia) y, por supuesto, Alá (deidad creadora). También practicaban el animismo, es decir, el culto hacia ciertos árboles y rocas, ya que se les atribuía un carácter sagrado. Uno de los centros principales de esta religiosidad era la ciudad de La Meca, donde se encontraba la Kaaba, un santuario que albergaba a todos los dioses antes mencionados.


A partir del siglo VII, los árabes comenzaron a predicar esta nueva religión monoteísta gracias a Mahoma, un comerciante nacido en La Meca, “[…] proveniente del noble clan de Quraysh […]”, que pronto se convirtió en un poderoso líder religioso y político. Según la tradición islámica, Mahoma recibió una revelación divina mientras meditaba en una cueva cerca de su ciudad natal: en el 610, el ángel Yibril o Gabriel le recitó lo que luego serían los primeros versículos del Corán, el libro sagrado del islam. Estas revelaciones continuaron durante más de 20 años, y Mahoma las predicaba como palabra de Dios —es decir, Alá—, llamando a adorarlo como única divinidad. La prédica comenzó en La Meca, pero pronto fue expulsado por la élite local, que veía sus creencias como un peligro para su posición social, debido a que Mahoma también buscaba una suerte de justicia social para el pueblo árabe.


Representación ilustrativa de Mahoma.
Representación ilustrativa de Mahoma.

A raíz a la persecución, el profeta y sus seguidores emigraron a Medina en el 622, otra ciudad de la península arábiga, dando inició a la Hégira, que se considera como la piedra basal del islam. Allí estableció una ummah, es decir, una comunidad de fieles con leyes propias, y, de acuerdo a los principios que le fueron revelados, Mahoma organizó la vida social, económica, política y religiosa del lugar. Se comenzaron a regular prácticas como la oración (salat), el ayuno (sawm), el impuesto solidario (zakat) y la peregrinación (hajj). A lo largo de los años, y mediante tratados, alianzas y conflictos, Mahoma fue ganando el apoyo de más tribus. En el 630, Mahoma regresó a La Meca con un gran número de seguidores y tomó la ciudad sin mucha resistencia. Purificó la Kaaba de ídolos y la dedicó al culto exclusivo de Alá. A partir de ese momento, el islam se consolidó como la religión predominante en Arabia. Después de la muerte del profeta Mahoma en el año 632 fue cuando comenzó la expansión del islam. Primero, bajo el liderazgo de los cuatro primeros califas que sucedieron a Mahoma —el Califato Rashidun—, y luego, la continuó la dinastía omeya. Así, el islam se expandió más allá de la península arábiga, conquistado vastos territorios del Imperio Bizantino —es decir, el Imperio Romano de Oriente— y del Sasánida —también conocido como Imperio de los Iranios o Segundo Imperio Persa—, así como también del norte de África y España.


Justamente, los fieles que sucedieron a Mahoma luego de su muerte suscitaron una división que desembocó en dos líneas que marcarían a la religión de ahí en adelante. La lucha se basó en quién asumiría la autoridad política que Mahoma ejercía. Según el periodista Ezequiel Kopel,“mientras que una facción importante de la comunidad islámica estaba decidida a seguir a los compañeros más confiables del profeta, bajo la autoridad de Abu Bakr, Omar, Osmán y Alí, otro grupo —los seguidores de Alí— prefería transferir el poder al descendiente directo de su primer líder, encarnado en su primo y esposo de su hija Fátima, el mismo Alí”. Los primeros, que ven a la sucesión como política y consideran a Abu Bakr como primer califa, son los sunnitas, y actualmente representan a la mayoría de los musulmanes —en particular, en la región que nos compete, Palestina—; los segundos, que ven a la sucesión como divinamente guiada y que, por lo tanto, consideran a Alí como el primer califa, son los chiítas. No son las únicas dos ramas del islam, pero no es prioritario detenernos en las demás.



Uno de los hechos más significativos de esta expansión fue la conquista de la ciudad de Jerusalén, en el año 638, bajo el liderazgo del califa Umar ibn al-Jattab. Jerusalén se encontraba, en ese entones, bajo dominio bizantino, y fue conquistada por los musulmanes de forma pacífica, ya que la ciudad no fue saqueada. A diferencia de otras conquistas, se respetaron los lugares sagrados cristianos y judíos, y se respetó también la libertad de culto, aunque ahora bajo el nuevo dominio islámico. Esto pudo darse gracias a una negociación del califa musulmán con Sofronio, patriarca bizantino y, por ende, cristiano.

Este evento marcó un punto clave tanto religioso como político, ya que Jerusalén pasó a tener un rol sumamente importante en el islam: se cree que fue el lugar del Isra y Miraj, es decir, el destino del viaje nocturno espiritual —desde La Meca hasta la “mezquita más lejana” (al-Masjid al-Aqsa)— y de la ascensión a los cielos, respectivamente, del profeta Mahoma, y se construyó en ese sitio la Cúpula de la Roca en el año 691, durante el Califato Omeya. Los musulmanes conmemoran este suceso el 27 del mes de Rayab y, de hecho, Jerusalén fue la primera dirección hacia la cual los musulmanes debían orar, antes de que cambie hacia La Meca, por la purificación de la Kaaba. Las ciudades de La Meca, Medina y Jerusalén, entonces, son las tres ciudades más sagradas del islam, en ese orden.


Según la tradición islámica, Mahoma dirigió, en Jerusalén, una oración con los profetas anteriores, como Abraham, Moisés y Jesús. Es que el islam es una religión abrahámica al igual que el judaísmo y el cristianismo: según la teología islámica, Abraham —Ibrahim— es el padre del monoteísmo, ya que rechazó la idolatría y se sometió a Dios —que en árabe se dice "islām", o sea, “sumisión a Dios”—; pero, además, es antepasado de Mahoma a través de su hijo Ismael. Respecto a Moisés y Jesús, los musulmanes afirman que Alá envió profetas a lo largo de la historia para guiar a la humanidad. Mahoma es considerado el último de esta serie de enviados, lo que indica que, antes de él, vinieron otros como Moisés —Mūsā— y Jesús —ʿĪsā—.


La región palestina se fue arabizando e islamizando progresivamente. Si bien, en un principio, la mayoría de sus habitantes eran cristianos que hablaban griego o arameo —que coexistía con una minoría judía que quedó luego de la gran diáspora del 70 d.C.—, ciertas políticas del Califato Omeya, como la introducción del árabe como lengua administrativa —sumado a que ya era la lengua litúrgica del islam, puesto que la revelación de Alá a Mahoma fue en árabe, por lo que los musulmanes consideraron que el Corán debía ser recitado y preservado en su idioma original—, y su gradual conversión al islam para ocupar cargos de poder o evitar impuestos como la jizya —impuesto a los no musulmanes—, fueron transformando culturalmente a la región. Para los siglos IX y X, los árabes musulmanes se habían convertido en la mayoría de Palestina. Cabe aclarar que este proceso de conversión no fue forzoso —a excepción de las Guerras Ridda o Guerras de Apostasía tras las muerte de Mahoma en 632, que fueron llevadas a cabo por el califa Abu Bakr contra los árabes rebeldes—, sino que los conversos accedían a ciertos privilegios fiscales y sociales, y el idioma árabe se volvió dominante en todos los ámbitos. Así, Palestina se integró profundamente al mundo árabe islámico.


Breve dominio cristiano en las Cruzadas y reconquista musulmana


A partir del siglo VII, los musulmanes se afianzaron en el dominio de la región a través de las diferentes dinastías que gobernaron. De esta manera y a grandes rasgos, se sucedieron omeyas, fatimíes, selyúcidas, mamelucos y otomanos, cimentando el legado del dominio islámico en Palestina. Sin embargo, la Iglesia Católica tenía el firme propósito de terminar con él, por lo que puso en marcha una empresa militar que lo interrumpió temporalmente.


La ciudad de Jerusalén es la más sagrada de todas y, por consiguiente, es considerada como el corazón del mundo cristiano. Allí encontramos la Iglesia del Santo Sepulcro, donde se cree que Jesús fue crucificado y sepultado, y donde resucitó días después, según las sagradas escrituras; el Monte del Calvario o Monte Gólgota, lugar exacto de la crucifixión; la Vía Dolorosa, camino que Jesús habría recorrido cargando la cruz, mientras era cruelmente torturado por los soldados romanos; y el Monte de los Olivos, sitio donde la Biblia afirma que ascendió a los cielos. Por otro lado, la ciudad de Belén fue el sitio donde, según la tradición, nació Jesús. También se encuentra la Basílica de la Natividad, construida sobre el lugar donde se cree que ocurrió el nacimiento. La ciudad de Nazaret, ubicada en la región de Galilea, fue donde Jesús pasó gran parte de su vida. El río Jordán, por su parte, fue el sitio del bautismo del profeta por parte de Juan el Bautista. Los cristianos europeos querían garantizar el libre acceso para la peregrinación de sus feligreses. Las Cruzadas, entonces, fueron una serie de guerras, en apariencia religiosas —muchos nobles europeos buscaban tierras y riquezas—, impulsadas principalmente por la Iglesia Católica entre los siglos XI y XIII, cuyo objetivo principal era “recuperar” el control de los mencionados sitios sagrados y expandir el cristianismo. La Iglesia había prometido que, quienes se animaran a participar, gozarían de la indulgencia de sus pecados, convirtiéndose en una gran motivación para muchos.



La primera y más importante cruzada se dio entre 1096 y 1099. Fue convocada por el papa Urbano II en el Concilio de Clermont de 1095, como respuesta a la solicitud del emperador bizantino Alejo I Comneno, que buscaba recuperar el control territorial perdido ante los musulmanes fatimíes y selyúcidas que, a su vez, se disputaban la región. Esta cruzada logró tomar Jerusalén en 1099. Luego hubo varias cruzadas más para terminar de controlar Palestina, pero que no tuvieron éxito: los musulmanes, progresivamente, fueron ganando terreno y reconquistando lo perdido ante los cruzados. Finalmente, la caída de Acre —actual Israel— en 1291, marcó la derrota definitiva de los cristianos en Tierra Santa. Si bien fueron violentas, las Cruzadas también fomentaron el contacto entre el mundo islámico y el cristiano.


Palestina volvió a quedar en manos musulmanas. Hubo varios cambios de poder, pero hubo dos grandes dominadores: primero, los mamelucos, que entre 1250 y 1517 extendieron su dominio desde Egipto hacia la región en cuestión. Fueron ellos quienes dieron la estocada final en Acre a la breve hegemonía cristiana; más adelante, los otomanos, que en 1517 derrotaron a los mamelucos y tomaron el control de Egipto, Siria y Palestina, que pasaron a ser parte del Imperio Otomano durante más de cuatro siglos. Jerusalén se mantuvo como una ciudad de gran relevancia, con población mayormente musulmana, pero también cristiana y judía. Ilan Pappé asegura que el legado de 400 años otomanos aún continúa: “El sistema legal de Israel, los registros judiciales religiosos (sijjil), el registro de la propiedad inmobiliaria o catastro (tapu) y algunas gemas arquitectónicas atestiguan […]” su relevancia actual. Los otomanos, al llegar a la región, encontraron una población mayormente musulmana sunnita y rural, pero con algunas elites urbana de habla árabe. Y continúa: “Menos del 5% de la población era judía y probablemente de un 10 a un 15% eran cristianos”.


El Imperio Otomano caería tras su participación en la Primera Guerra Mundial (1914-1919), razón por la que Palestina quedaría bajo la administración del Reino Unido, con la anuencia de la recientemente creada, en ese entonces, Sociedad de Naciones, predecesora de la actual Organización de las Naciones Unidas. Los problemas estarían por comenzar.



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