Israelíes y palestinos (2): Una cronología necesaria para entender un conflicto histórico
- Santiago Rodriguez
- 1 dic 2025
- 34 min de lectura
El Estado Judío: De Idea a Realidad
Cuando se empezó a plantear la creación del Estado judío, la región pertenecía al Imperio Otomano desde 1517 y, si bien había una comunidad judía, la población era mayoritariamente árabe y de religión musulmana: alrededor del 95% de una población total de 450 mil habitantes, según el censo de Palestina de 1922. Esto ya se podía constatar desde 1897, año en el que el Primer Congreso Sionista envió a dos rabinos a la región para explorarla y evaluar qué tan viable era para fundar un Estado. Estos emisarios informaron la situación demográfica del lugar a partir un telegrama, en el que utilizaron una analogía muy clara: “la novia es hermosa, pero está casada con otro hombre”.
Sin embargo, la Primera Guerra Mundial, que finalizó en 1918, fue un punto de inflexión en la historia de este conflicto. El Imperio Otomano desapareció y Medio Oriente se reconfiguró territorialmente en 1920, según la Conferencia de San Remo (19 al 26 de abril) y el Tratado de Sèvres (10 de agosto, firmado por representantes de Reino Unido, Francia, Italia, Japón, Armenia, Bélgica, Checoslovaquia, Grecia, Hiyaz, Polonia, Portugal, Rumania y el Reino de Serbios, Croatas y Eslovenos). Mientras que, en la primera, se decidió el destino de los territorios del Imperio Otomano y se asignaron los mandatos, en el segundo, entre otras cuestiones, dicha organización internacional aprobó y formalizó el desmembramiento de las posesiones otomanas, confirmando la designación de los mandatos, según lo planificado en San Remo. Además de la creación de los Estados kurdo y armenio, el tratado establecía, en definitiva, que Turquía —sucesora legal del Imperio Otomano— quedaría reducida a una pequeña parte en Europa en torno a Estambul y la zona septentrional de Anatolia, mientras que la región meridional de esta península se adjudicaría principalmente a Italia, y una pequeña porción sudoriental a Francia. Tracia Oriental y Esmirna serían adjudicadas a Grecia. A su vez, los vencedores lograrían imponer la desmilitarización de los Estrechos del Bósforo y los Dardanelos, cuestión de particular importancia estratégica dentro de la secular tensión con el Imperio Ruso. Por otra parte, los territorios de Siria y Líbano se convertirían en mandatos bajo administración francesa, al tiempo que Irak, Transjordania y Palestina, como mandatos británicos, siguiendo con lo acordado años antes por el Pacto Sykes-Picot de 1916 (se abordará más adelante) y confirmado en la mencionada Conferencia de San Remo. No obstante, el Tratado de Sèvres nunca llegó a implementarse.
El último sultán del Imperio Otomano, Mehmed VI, gobernó desde 1918 hasta 1922. No pudo ser el representante otomano en la firma del Tratado de Sèvres porque su parlamento fue abolido por Reino Unido cuando ocupó Estambul, el 20 de marzo de 1920. Este sultán ya tenía poca legitimidad, por lo que no tenía una autoridad real, debido a que el Imperio tenía las horas contadas. Es así como surge la figura del nacionalista Mustafá Kemal, que fue ganando poder y lideró la Guerra de Independencia Turca (1919-1922) contra las fuerzas de Mehmed VI, griegos, armenios y aliados. Cuando llegó al poder en 1923, rechazó los términos impuestos por Sèvres, debido a que, por un lado, nunca fue ratificado por los otomanos, y, por otro, era sumamente desventajoso. Así, exigió la elaboración de un nuevo tratado. Las potencias europeas, agotadas por el esfuerzo bélico de la Primera Guerra Mundial, no intervinieron militarmente para cumplir lo establecido en Sèvres, lo cual facilitó el pedido de Kemal. El nuevo tratado fue el de Lausana y se firmó el 24 de julio de 1923 (firmado por Grecia, Francia, Italia, Reino Unido, Rumania y el Imperio Otomano). A diferencia del de Sèvres, que fue rechazado por el Movimiento Nacional Turco —al que pertenecía Mustafá Kemal—, este fue ratificado por el nuevo Estado resultante, Turquía, el 23 de agosto de 1923. El resto de los países lo fueron ratificando desde esa fecha al 16 de julio de 1924. Entró en vigor el 6 de agosto de 1924.
En un principio, la región palestina había quedado bajo control internacional, pero Reino Unido presentó su candidatura, casi inmediatamente, para administrarla. La recién creada Sociedad de Naciones dio el visto bueno y cedió el control territorial a los británicos: es así como se creó el Mandato Británico de Palestina el 19 de septiembre de 1922. Es necesario aclarar que un mandato es un territorio cuya administración se entrega a una potencia después de que hubiera derrotada a otra que lo dominaba, considerando siempre que los habitantes de ese lugar no son capaces de regirse a sí mismos. Para ese entonces, los habitantes de Palestina seguían siendo de mayoría árabe-musulmana, aunque, debido a las aliyot —plural de aliyá, que significa “ascenso” o “subida”—, migraciones judías a la región, la cantidad de judíos había crecido: ya representaban el 11% de la población.
No obstante, Reino Unido ya controlaba de facto la región desde 1917, es decir, antes de la creación formal del Mandato. El dominio comenzó durante la Primera Guerra Mundial, cuando las tropas británicas derrotaron a las otomanas y ocuparon Palestina. En diciembre de 1917, el general Edmund Allenby lideró la victoria y, desde ese momento, Palestina quedó bajo ocupación militar británica. De hecho, el nombre de este general quedó inmortalizado, por ejemplo, en una de las avenidas principales de la ciudad israelí de Tel Aviv. Al finalizar la contienda en 1918, Reino Unido estableció un gobierno militar en la región, que se oficializó con el Tratado de Sèvres, primero, y el Tratado de Lausana, después, y el posterior reconocimiento turco de la autoridad británica.

El objeto era el de administrar una transición ordenada hacia un “hogar nacional” para los judíos, promesa que habían hecho cinco años antes con la firma de un documento de suma importancia, la Declaración Balfour (1917), que tomó su nombre de Arthur Balfour, Ministro de Relaciones Exteriores del Reino Unido en ese entonces. Fue una carta en la que, por primera vez, el gobierno británico apoyaba explícitamente la creación de un “hogar nacional para el pueblo judío” (término poco preciso) en la región palestina. Aunque, aclarando lo siguiente: “no debe hacerse nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina”. Es decir, se debía respetar la voluntad de la comunidad árabe musulmana. Es así como, el 9 de diciembre de 1917, el ejército británico pasó a ocupar Jerusalén. Recién se retirarían el 14 de mayo de 1948.
Las razones por las que el Reino Unido firmó la Declaración Balfour se basaron en debilitar a los bolcheviques rusos en plena revolución contra el zarismo, pues se creía que en sus filas había mayoría judía; a los alemanes, ya que muchos de los oficiales también eran judíos; a los otomanos, que controlaban la región de Palestina; y a los franceses, que también querían controlar la región para ganarse la simpatía de la comunidad judía allí existente. Bajo la administración británica, “[…] Palestina se convirtió en una unidad política y dejó de ser la provincia marginal que fue durante la época de los otomanos”.
El reparto para la creación de esferas de influencia y administración de las antiguas posesiones del Imperio Otomano no fue una cuestión azarosa: el Imperio Ruso, Francia y Reino Unido, en 1916, habían pactado secretamente de qué manera se dividirían Medio Oriente en el caso de que la Triple Entente —los mismos firmantes del pacto— ganara la Primera Guerra Mundial, en un acuerdo conocido como Sykes-Picot, por el diplomático británico Mark Sykes y a su par francés François Georges-Picot. A Reino Unido se le otorgaría el sur de Irak, la recién creada Transjordania —desde 1950, Reino Hachemita de Jordania— y enclaves en las actuales ciudades portuarias israelíes de Acre y Haifa. Francia se haría del control de Siria, Líbano, el norte de Irak y el sudeste de Turquía, sucesor legal del disuelto Imperio Otomano. Al Imperio Ruso, por último, le correspondería la zona del estrecho de los Dardanelos —estratégico por conectar el Mar Mediterráneo con el Mar Negro—, Estambul y los distritos armenios del Imperio Otomano. Además, el pacto contemplaba una zona de control internacional —que luego terminó siendo administrada por los británicos— que correspondía a la región palestina; en especial, alrededor de Jerusalén y Belén, por su peso religioso. El arreglo se hizo público un año después, cuando los bolcheviques tomaron el poder en la Revolución Rusa y disolvieron el Imperio. Esto también provocó que Rusia no administre finalmente las áreas que se le habían asignado, ya que el pacto había sido con los zares.
Como estrategia para triunfar en el conflicto, los británicos habían prometido a Husein Ibn Ali, líder árabe de la región —y custodio de La Meca por decisión de los otomanos desde 1908—, que, de sublevarse contra de Imperio Otomano, los árabes locales obtendrían un reino independiente en lo que hoy es Arabia Saudita, Siria, Irak, Jordania, Líbano e Israel. De manera que, en 1916, Husein Ibn Ali inauguró la dinastía hachemita proclamándose rey de Hiyaz —un efímero reino ubicado en la península arábiga donde están las ciudades santas de Medina y La Meca—, e inició un levantamiento conocido como Gran Revuelta (1916-1918): con ayuda británica en materia económica y militar, expulsó a los otomanos del actual territorio saudita y liberó la ciudad de Damasco en octubre de 1918.
Sin embargo, los británicos no cumplieron con la promesa del establecimiento del reino independiente —a pesar de que ellos sí consideraban que estaban respetando lo pactado—, por lo que la comunidad árabe local no estaba para nada conforme. De manera que, para evitar sublevaciones, los británicos procedieron a compensarla, colocando a los hijos del custodio de La Meca a la cabeza de dos reinos recientemente creados: por un lado, Abdullah fue nombrado rey del Emirato de Transjordania —territorio que formaba parte del Mandato Británico de Palestina, pero que los ingleses le otorgaron entidad autónoma justamente para este fin—; por el otro, Faisal, que en un principio se había autoproclamado rey de Siria, pero que fue expulsado por los franceses, quedó como rey de Irak. En conclusión, los británicos habían prometido, tanto a los judíos como a los árabes, un territorio propio en la misma región.
Cabe destacar que los habitantes locales, en ese momento, aún no se identificaban como palestinos, según el periodista Ezequiel Kopel. Afirma que, recién luego de la Primera Guerra Mundial se comenzó “[…] a desarrollar una conciencia colectiva nacional basada en una identidad palestina árabe” a partir de la amenaza que constituía el sionismo y la posibilidad concreta de que haya una migración judía masiva a la región, cuestión que finalmente sucedió. Es más, la región que los judíos denominaban como “Tierra Santa”, los árabes locales la llamaban “la gran Siria”.
En la misma línea encontramos a James L. Gelvin. En su libro The Israel-Palestine Conflict: One Hundred Years of War, el especialista en historia de Oriente Próximo declara que “el nacionalismo palestino surgió durante el período de entreguerras en respuesta a la inmigración y los asentamientos sionistas”. Matiza afirmando que este hecho no resta legitimidad a la identidad palestina:
“El hecho de que el nacionalismo palestino se desarrolló más tarde que el sionismo, y en respuesta a este, no disminuye de ninguna manera la legitimidad del nacionalismo palestino ni lo hace menos válido que el sionismo. Todos los nacionalismos surgen en oposición a algún ‘otro’. Si no, ¿por qué existiría la necesidad de afirmar quién es uno? Todos los nacionalismos nacen en oposición al ‘otro’. Y todos los nacionalismos se definen por aquello al que se oponen”.
Por su parte, Ilan Pappé sostiene que el nacionalismo palestino no es una invención tardía ni una reacción reciente al sionismo. En su libro Los diez mitos de Israel, cita el trabajo de dos historiadores palestinos, Muhammad Muslih y Rashid Jalidi, que explican que, “[…] tanto la elite como los sectores menos selectos de la sociedad palestina participaban del desarrollo de un movimiento y un sentimiento nacional antes de 1882”. Y continúa diciendo que “Jalidi […] demuestra que la modernización, el colapso del Imperio Otomano y el codicioso anhelo europeo de territorios en Medio Oriente contribuyeron a la consolidación del nacionalismo palestino antes de que el sionismo dejara su marca en Palestina con la promesa británica de una patria judía en 1917”. De cualquier manera, ambos especialistas coinciden con que la versión que reza que los palestinos carecían de identidad nacional antes de la creación del Estado de Israel es un mito. De hecho, en 1919 se convocó el Primer Congreso Palestino en Jerusalén, en el que se votó, por ejemplo, la unión con Siria. El Segundo Congreso no se hizo, y el Tercer Congreso convocado en Haifa, en 1920, votó, por un lado, desechar la unión con Siria para formar un “gobierno nativo”; y por otro, rechazar la Declaración Balfour.
En los años siguientes a la Declaración Balfour, miles de judíos se instalaron en el territorio del Mandato Británico de Palestina: para 1922, los judíos en la región eran 83.790, un 13% de la población total; y en 1931, el censo arrojaba 174.610 pobladores judíos que representaban el 17% de la población. Sin embargo, las migraciones hacia la región empezaron mucho antes. La obra de Herzl, Der Judenstaat —y la consiguiente creación del sionismo—, animó a muchos judíos, a principios de siglo, a escaparse del antisemitismo europeo para regresar a la otrora tierra del Reino de Israel, inaugurando así las aliyot. Fueron cinco oficiales en total, siendo la primera en 1881 y la última en 1939. Las comunidades judías que se establecieron en la región antes de la creación del actual Estado de Israel recibieron el nombre de yishuv, ya sea quienes vivían desde hacía siglos —Viejo yishuv—, como quienes llegaron con las aliyot —Nuevo yishuv—.

Entre 1881 y 1903 se produjo la Primera Aliyá. Fue motivada, principalmente, por los pogromos en Rusia. Entre los judíos que migraban, la mayoría eran religiosos, aunque también había laicos. Esta oleada fue la fundadora de los primeros moshavot (plural de moshav, que significa “asentamiento”), como Petaj Tikva y Rishon LeZion. Suelen confundirse con los kibutzim, pero un moshav era una aldea agrícola de propiedad privada o, en la mayoría de los casos, adquirida por el Fondo Nacional Judío: una organización creada en 1901 durante el Quinto Congreso Sionista, con el propósito de comprar tierras a árabes en la región de Palestina, sentando las bases del futuro Estado de Israel. En ellas, las familias residentes obtenían fondos para construir sistemas de irrigación —la región es muy árida— para poder practicar agricultura. También proporcionó fondos para la creación de infraestructura, como rutas y escuelas, para favorecer la autosuficiencia de las comunidades asentadas.
La Segunda Aliyá, entre 1904 y 1914, con un antisemitismo europeo mucho más fuerte, se caracterizó por estar integrada por jóvenes del sionismo socialista que formaron los primeros kibutzim (plural de kibutz, que significa “agrupación” o “reunión”). A diferencia de un moshav, un kibutz era una comunidad agrícola de propiedad cooperativa, no privada. Las actividades eran colectivas y los ingresos obtenidos eran redistribuidos de manera equitativa a toda la comunidad para satisfacer las necesidades básicas. El objetivo de los kibutzim, de clara ideología socialista, era eliminar las diferencias socioeconómicas entre sus miembros.
El primer kibutz fue fundado en 1909, cerca del Mar de Tiberíades, en la Siria otomana, por un grupo de hombres y mujeres al mando de Joseph Baratz. Se llamó Degania Alef y aún sigue existiendo, aunque no es exactamente igual. Es que, a partir de la década del ’80, estas comunidades agrícolas sufrieron un proceso de privatización, en consonancia con la ideología del partido político que comenzó a gobernar Israel, simpatizante del libre mercado y la desregulación económica, a partir de 1977: el Likud. Hoy en día, todavía perduran algunos pocos kibutzim comunitarios, con una filosofía más parecida a la de los pioneros, que conviven con los privatizados o renovados —o hasta híbridos—, en el que existe la propiedad privada y los ingresos son individuales.
Con la finalización de la Primera Guerra Mundial en 1919, comenzó una de las más importantes migraciones judías, que finalizaría en 1923: la Tercera Aliyá. Una gran comunidad conformada por 35 mil a 40 mil personas, también mayormente rusa, llegó a la región tras la Declaración Balfour y con el Mandato Británico recién creado, y se dedicó a fortalecer una economía agrícola sostenible. Estás comunidades estaban sufriendo de una gran pobreza e inestabilidad política debido a la Revolución Rusa de 1917 y la posterior guerra civil que se extendió hasta 1923. Hubo pogromos masivos en Rusia, pero también en Ucrania, Polonia y Bielorrusia. Con el auge del sionismo socialista, se veía a Palestina como la región ideal para crear una sociedad igualitaria judía: grupos juveniles como HeHalutz y Hashomer Hatzair organizaban la emigración y el entrenamiento agrícola.

Esta tercera migración fundó la Histadrut en 1920, es decir, la Federación General de Trabajadores Judíos en la Tierra de Israel, que se convertiría en un actor clave para el desarrollo económico y social del yishuv. Además, impulsaron el concepto de trabajo hebreo (Avodá Ivrit), buscando que las labores rurales de los kibutzim fueran realizadas por los propios judíos y no por mano de obra árabe contratada. También se formó y creció Haganá, una organización paramilitar y de autodefensa judía cuyos miembros se transformaron en las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) —junto con miembros del Irgún y del Grupo Stern o Leji— una vez creado el Estado. Fue fundada formalmente en 1920, tras los disturbios de Nabi Musa, en abril.
“Durante siglos, los palestinos de Jerusalén han celebrado el festival de Nabi Musa, un evento cultural y religioso local profundamente arraigado en la memoria colectiva palestina como un evento icónico. Cada año, durante la semana previa a la Pascua, los musulmanes palestinos emprenden un viaje desde Jerusalén hasta el santuario de Nabi Musa, cerca de Jericó. Este evento de una semana de duración, conocido como Mawsim al-Nabi Musa, o ‘la época del profeta Moisés’, se caracteriza por oraciones comunitarias, reuniones festivas y una peregrinación. Era una de las diversas tradiciones religiosas que se celebraban en la Palestina histórica durante diferentes estaciones del año […]".
La peregrinación hacia Nabi Musa tiene que ver con que allí, según la tradición islámica local, fue enterrado el profeta Moisés —venerado también por el judaísmo y el cristianismo—: a partir 1187, con la reconquista de Jerusalén por parte de Saladino, se comenzó a realizar el festival. Yara Nahlé explica que no está del todo claro el lugar del entierro, pero el origen de esta tradición parece haberse consolidado en tiempos de dicho sultán que, según cuenta la leyenda, observó el lugar en sueños. Ocho décadas después, se construyó una mezquita allí.
El 4 de abril de 1920, una multitud se reunió en el centro de Jerusalén para comenzar con el tradicional festival. Sin embargo, la congregación no tuvo solo un objetivo religioso, sino que también se pronunciaron discursos que promovían el nacionalismo árabe y el rechazo hacia la constante inmigración judía, a sabiendas del propósito final sionista. Entre los presentes estaba Amin al-Husseini, muftí de Jerusalén. La ira de la minoritaria población judía se tradujo en ataques con piedras hacia la comunidad palestina congregada, que respondió con revueltas en el barrio judío de la Ciudad Vieja, entre otros sitios. Estos fueron los Disturbios de Nabi Musa. Durante los días posteriores, la violencia se intensificó al punto de que murieron cinco personas de la comunidad judía, episodio que se conoce como el Pogromo de Jerusalén. A su vez, la represión británica acabó con la vida de cuatro palestinos.
Otro suceso muy violento tuvo lugar tan solo un año después. El 1 de mayo, en la ciudad de Jaffa —hoy perteneciente a la entidad municipal Tel Aviv-Yafo—, dos marchas laborales judías se organizaron: una, con el visto bueno de las autoridades británicas, fue la convocada en Tel Aviv por Ahdut Ha'avoda (Unidad Laboral), espacio laborista moderado liderado por David Ben-Gurión; la otra, marxista, en Jaffa, no autorizada, fue obra del Partido Socialista de los Trabajadores. Ambas facciones se enfrentaron violentamente y, para sofocar la situación, un policía británico disparó al aire, provocando una gran confusión sobre quién había abierto fuego. Como los residentes árabes de Manshiyyeh creyeron que se trataba de un ataque judío a su barrio, iniciaron un motín que se extendió a todo Jaffa, con un penoso resultado de 47 judíos y 48 palestinos muertos.
La Cuarta Aliyá se produjo entre 1923 y 1929. A diferencia de la anterior, esta migración tuvo un perfil más burgués y de clase media urbana. El persistente antisemitismo europeo, las restricciones migratorias que Estados Unidos impuso en 1924 —Ley de Inmigración Johnson–Reed— y la influencia del movimiento sionista para seguir poblando la región Palestina, fueron las principales causas. La mayoría de los migrantes se ubicaron en centros urbanos como Tel Aviv, Haifa y Jerusalén, abriendo emprendimientos comerciales a través de la inversión con capital privado —tiendas, talleres, pequeñas fábricas y cafés—. Esto contribuyó de gran manera en el desarrollo de infraestructura urbana y de vivienda en dichas ciudades. Sin embargo, la crisis económica que se desarrolló entre 1926 y 1928 provocó que, de los 82 mil judíos que habían llegado a Palestina, 23 mil volvieran de regreso. Igualmente, las tensiones aumentaron: por un lado, con la población palestina local, por la competencia económica y la expansión judía en el ámbito urbano; y con los sionistas socialistas, por diferencias ideológicas. El mismo año en que esta aliyá fue decayendo, se produjeron disturbios en Safed y Hebrón (ahondaremos más adelante en esta última), lo que motorizó el fortalecimiento de Haganá como organización defensiva.
De esta manera, los violentos enfrentamientos entre árabes y judíos, lejos de finalizar con los anteriores acontecimientos, fueron en aumento: las cuantiosas migraciones judías a la región y a la compra de tierras provocaron que las autoridades británicas impusieran requisitos cada vez más estrictos a las aliyot, causando grandes malestares entre los judíos. Igualmente, uno de los mayores problemas fue que el sionismo subestimó a la población árabe local en cuanto a su posición sobre la inmigración judía. Se consideró “[…] a los nativos como un grupo primitivo y sin cohesión, y la actitud sionista hacia ellos mayoritariamente fue intransigente, como quedó en evidencia en la decisión de no considerarlos una sociedad con derechos políticos en la misma tierra donde eran una amplia mayoría”.
El suceso qué más marcó la oposición a la migración judía fue la Masacre de Hebrón, en 1929. Según el académico israelí Hillel Cohen, fue el “punto de no retorno” en las relaciones entre árabes y judíos en la región palestina: 67 judíos fueron asesinados a manos de los pobladores árabes locales. Lo curioso fue que esos judíos asesinados no eran sionistas, sino que eran sefaradíes: hablan árabe y se vestían como árabes. A partir de este hecho, se afirma que muchos judíos decidieron alinearse con el sionismo.

En el mismo año en que inició la Masacre de Hebrón, se dio la Quinta Aliyá. Finalizó en 1939, con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial y las limitaciones en materia de migración impuestas por Reino Unido a través del Libro Blanco, con el fin evitar nuevos enfrentamientos. Esta inmigración tuvo un impacto demográfico, económico y cultural muy importante en el yishuv. Luego de la Crisis de Wall Street, la recesión en Europa provocó el crecimiento de los nacionalismos, como respuesta ante la estrepitosa caída económica. Así, el antisemitismo creció como nunca. En este contexto, Adolf Hitler toma el poder en Alemania en 1933 y, dos años después, sanciona las Leyes de Núremberg, que despojaron a los judíos alemanes de ciudadanía y derechos civiles. Estados Unidos mantenía cupos muy bajos para los judíos, por lo que Palestina continuó siendo uno de los pocos destinos accesibles. Ese mismo año se firmó el Pacto de Haavara entre la Agencia Judía y el Tercer Reich, que permitió a judíos alemanes emigrar a Palestina transfiriendo parte de su capital en forma de bienes alemanes exportados. Se estima que cerca de 250 mil y 300 mil judíos migraron desde Checoslovaquia, Alemania y Polonia hacia el Mandato Británico de Palestina: la población total de la región pasó a ser de más de 400 mil habitantes judíos. Además de la mencionada Masacre de Hebrón, durante estos años se dieron sucesos de gran relevancia para la historia del conflicto.
Con la intención de determinar las causas de la violencia en Hebrón, el gobierno británico había enviado al Mandato una comitiva en 1929 —la Comisión Shaw—, que elaboró, al año siguiente, el Informe Hope Simpson. La investigación llegó a la conclusión de que había dos grandes razones que explicaban la raíz de los disturbios: por un lado, la inmigración judía; y por otro, la transferencia de tierras de árabes a judíos, que deterioró notablemente la economía agrícola de los residentes árabes. Sin embargo, continuó tanto la inmigración judía como la venta de tierras: ni los dirigentes árabes locales ni los legisladores británicos hicieron lo necesario para cambiar esta situación. Si bien la comunidad árabe palestina les exigió a las autoridades británicas que detengan la inmigración judía, que se prohíba la venta de tierras y que se establezca un gobierno democrático local, dio caso omiso a la última petición —para mantener el control sobre el Canal de Suez—, pero no a las dos primeras: el Alto Comisionado Arthur Wauchope accedió a promulgar una ley para abordar la problemática de las tierras agrícolas y a imponer un límite a la inmigración. A todo esto, el censo de 1931 arrojaba el resultado de que el número de judíos en la región continuaba creciendo, impulsado por el creciente antisemitismo europeo, situándose en un 16% de la población total. Lo que también continuaba creciendo era la tensión entre árabes musulmanes y judíos.
Para abril de 1936, el desempleo de la población árabe local era altísimo. Esta situación, sumada a que Wauchope no prohibió totalmente la venta de tierras ni la inmigración judía —que fue visto por los árabes como actitudes británicas favorables al sionismo—, desembocó en una huelga general y en una serie de disturbios hacia símbolos de la presencia colonial británica, como la ocupación de propiedades judías, la destrucción de vías de ferrocarril o el ataque hacia funcionarios ingleses. Así como la Masacre de Hebrón fue la gota que rebalsó el vaso y provocó que los judíos de la región se suman al sionismo, impidiendo cualquier acercamiento a la población árabe, la Gran Revuelta (1936-1939) radicalizó la política árabe, provocando que cualquier acuerdo con el sionismo fuese muy difícil. Afirma Stein: “La revuelta acentuó el control de los elementos más radicales de la comunidad árabe palestina. En especial, acentuó la postura del gran muftí de Jerusalén, Amin al-Husayni, quien se mantuvo inexorablemente intransigente con los sionistas, los británicos y el hogar nacional judío”.
Una nueva comisión fue designada por las autoridades británicas para identificar las causas del levantamiento, evaluar el papel del Mandato hasta el momento, analizar los reclamos árabes y judíos, y realizar recomendaciones sobre cómo evitar que se reanude la revuelta, que se encontraba en una tregua. El resultado llegó en 1937 y fue la Comisión Peel, que decretó que los motivos de la huelga y los disturbios no eran diferentes a los que provocaron la Masacre de Hebrón: la determinación judía de crear el hogar nacional judío y el consiguiente temor árabe de que se efectuara. Se consideró, entonces, que los intereses de palestinos y judíos eran contrapuestos, y que el Mandato Británico de Palestina ya era impracticable. Por lo tanto, esta entidad debía disolverse para crear dos Estados, uno judío y uno árabe; más una zona neutral, que incluía Jerusalén y los sitios sagrados, controlada por los británicos. La comunidad árabe palestina tuvo un rechazo prácticamente total a la partición, mientras que la comunidad judía vio este plan con más optimismo. Pensemos que, para esta altura, el idioma hebreo se había revitalizado, ya se había fundado la ciudad de Tel Aviv (1909), se había creado la Universidad Hebrea y la población judía había crecido notablemente —así como su posesión de tierras—, por lo que el establecimiento de un Estado judío en la región no era una utopía. Sin embargo, los líderes sionistas creían que el territorio dado para su futuro Estado era pequeño y que debían fortalecer aún más sus instituciones, por lo que la partición no se implementó y Reino Unido no abandonó la región.
Para reorganizar el Mandato Británico Palestino, los dirigentes consideraron que no debía haber nuevos levantamientos palestinos, razón por la que, para mantener buenas relaciones con los líderes árabes locales, se emitió un documento conocido como Libro Blanco en 1939: se limitó drásticamente la migración judía y la adquisición de tierras, truncando así el establecimiento del hogar nacional judío que la Declaración Balfour juraba. Esto no cayó para nada bien en el seno del liderazgo sionista, empeorando la relación entre las autoridades británicas y la comunidad judía. Tampoco mejoró la relación con los líderes palestinos, que consideraron que los judíos aún tenían demasiadas concesiones. El Libro Blanco buscaba disminuir las tensiones, pero provocó todo lo contrario porque no conformaba a nadie. Es que los vaivenes de Reino Unido entre sus promesas hechas eran tales, que pasaron de querer conformar un hogar nacional judío en 1917 con la Declaración Balfour, a desestimarlo y querer conformar un Estado árabe en todo el territorio con el Libro Blanco, solo dos años después de la primera partición para conformar dos Estados diferentes. Esto explica, en parte, por qué la administración de los británicos solo hizo crecer las tensiones entre comunidades y hacia ellos.
Durante la Segunda Guerra Mundial, casi treinta mil judíos que vivían en el Mandato Británico se alistaron como voluntarios en el Ejército del Reino Unido para pelear contra el Tercer Reich, que luego se transformarían en el núcleo duro de la Haganá. A raíz del Holocausto, el sionismo comenzó a tener un gran apoyo a nivel global, por lo que muchos judíos migraron masivamente al Mandato Británico de Palestina: primero, dentro del marco de la legalidad; y luego del Libro Blanco, de manera ilegal —las aliyá bet, entre 1939 y 1948—, provocando que, para 1945, los judíos instalados fueran 553.600, un 31% de la población total de la región. La relación entre las comunidades palestina y judía se volvieron irreconciliables.

La relación entre judíos y británicos también se tornó complicada. Las restricciones migratorias impuestas por el Libro Blanco, sumadas a la Operación Agatha —el ejército británico allanó oficinas y arrestó a líderes de la Agencia Judía—, fueron las principales razones. Para febrero de 1947, Reino Unido “[…] había alcanzado su punto de saturación”[36]. Es que, el 22 de julio del año anterior, la organización terrorista sionista Irgún, liderada por Menájem Beguin, voló por los aires el Hotel Rey David de Jerusalén, ya que ahí se apostaba el cuartel administrativo británico en Palestina, incluida la Oficina de Secretaría y el Cuartel General Militar, sitio donde quedaron incautados los documentos de la Operación Agatha.
Miembros del Irgún disfrazados de trabajadores árabes, introdujeron bidones llenos de explosivos al sótano del edificio. La detonación derrumbó toda la esquina sur del hotel, provocando un saldo de 92 personas muertas. Una de ellas era miembro del Irgún. De las otras 91, 28 eran británicos, 41 árabes palestinos, 17 judíos, 3 soviéticos, 1 griego y 1 egipcio. Hubo, además, 41 personas heridas. La Agencia Judía se desentendió completamente de lo sucedido, calificando al hecho como terrorismo.
2. La materialización de la idea
Hacia fines de la década del ’40, Reino Unido estaba más interesado en otros territorios coloniales como la India, razón por la que buscaba “sacarse el problema de encima”. Para resolver la situación y buscar una posible convivencia, en 1947 la Organización de las Nacionales Unidades (ONU en adelante), a través de la Comisión Especial de las Naciones Unidas para Palestina (UNSCOP), se encargó de estudiar la Cuestión Palestina y proponer una solución: se aplicó así la Resolución 181, que propuso el Plan de Partición de Palestina. Este plan consistía en concluir con el Mandato Británico de Palestina y dividir el territorio, creando dos Estados independientes: uno árabe y otro judío. La ciudad de Jerusalén estaría administrada por la ONU, conformando un corpus separatum. La resolución fue aprobada con 33 votos positivos —entre los cuales estaban el de Estados Unidos y el de la Unión Soviética en plena Guerra Fría—, 13 negativos y 10 abstenciones —entre ellas la de Reino Unido, que pretendía ser neutral luego de administrar la región durante más de 20 años—. Los líderes judíos la aceptaron, pero los países árabes y el liderazgo palestino no, ya que lo entendían como una considerable pérdida de su territorio. De hecho, esta partición era aún menos favorable que la de 1937: un 55% se destinaría al Estado hebreo y el restante 44%, al Estado árabe, a pesar de que los palestinos representaban la gran mayoría de la población. De esta manera, el Plan de Partición nunca se implementó por completo.

Sin embargo, el 14 de mayo de 1948, en el Museo de Arte de Tel Aviv, el líder judío David Ben-Gurion proclamó la creación del Estado de Israel. Un día después, una alianza árabe formada por Egipto, Siria, Líbano, Irak y Transjordania lo invadieron con el objetivo de su desaparición. A esta contienda se la conoció como Guerra Árabe-israelí y fue el primero de los conflictos bélicos de renombre. Tras un año de duras batallas, Israel ganó y amplió su territorio —unos 6.770 km2, es decir, un 23% más de lo designado por la ONU—, ocupando la región de Galilea —incluyendo a la ciudad de Nazaret—, las regiones de Lod y Ramla —que posibilitó la conexión terrestre de Tel Aviv con Jerusalén—, la totalidad del desierto del Néguev —buena parte ya había sido asignada por el Plan del Partición al Estado judío—, regiones al este de Tel Aviv y al sur de Haifa, y la mitad occidental de Jerusalén. Por su parte, Transjordania ocupó Cisjordania y la mitad oriental de Jerusalén —inclusive la Ciudad Vieja—, y Egipto se quedó con Franja de Gaza. Un año más tarde, los países beligerantes firmarían el armisticio árabe-israelí, que no solo establecía un alto del fuego, sino que también fijaba un límite de facto entre el nuevo territorio de Israel, incluyendo lo anexado a raíz de la guerra, y los territorios controlados por Jordania y Egipto. A este límite se lo conoció como Línea Verde.
Esta guerra dio origen a dos conmemoraciones muy diferentes: para la historia oficial del Estado de Israel es el Día de la Independencia, y es una jornada de festejos, alegría y reuniones familiares. Para los palestinos, en cambio, este conflicto significó la Nakba, que en árabe se traduce como “destrucción” o “catástrofe”: previo a la guerra, desde el 29 de noviembre de 1947, día de la Resolución 181, hasta el 14 de mayo de 1948, día de la creación del Estado de Israel, se expulsó a cuatrocientos mil palestinos de sus hogares, con el objetivo de alterar “[…] el carácter étnico y demográfico del naciente Estado de Israel”, es decir, para que progresivamente haya menos árabes y más judíos.
En medio de este proceso, se puso en marcha el Plan Dalet: a principios de 1948, la Agencia Judía encargó a la Haganá expulsar a los árabes ubicados en zonas estratégicas, o simplemente a todos aquellos que se resistieran a abandonar sus viviendas. En algunos casos, los hogares eran reocupados por judíos y, en otros, eran destruidos. Según la asociación académica internacional Palestine Land Society, 531 localidades palestinas quedaron despobladas y 662 parcialmente despobladas para 1948. El Plan Dalet debe su nombre a la cuarta letra del alfabeto hebreo, y siguió los objetivos planteados por los planes anteriores, como Alpha, Bet o Guimel, que buscaron la ocupación forzosa de Palestina. Además de este accionar militar, la retórica sionista indica que los palestinos se retiraron de sus hogares por voluntad propia y que, si hubo enfrentamientos violentos, la responsabilidad era de los árabes porque se resistían a la ocupación. Utiliza terminología puntual como “transferir” en vez de “expulsar” con el propósito de “[…] influir la percepción internacional de estas operaciones”. Como si esto fuera poco, el Plan Dalet también consistió en realizar “[…] ataques clandestinos para que los árabes respondiesen y poder atribuirles la responsabilidad. Un caso fue la masacre de la refinería de Haifa ya en 1947, cuando jornaleros árabes mataron a varios trabajadores judíos como respuesta al asesinato de varios de ellos por las granadas de una organización paramilitar judía”.
Se calcula que, para 1950, año en que la Agencia de la ONU para Refugiados Palestinos (UNRWA) comenzó sus operaciones, unos 750 mil árabes tuvieron que huir a países vecinos, especialmente a Egipto (incluyendo Franja de Gaza, donde hoy hay una de las densidades de población más altas del mundo), Jordania (incluyendo la región de Cisjordania), Siria y Líbano. Además, se calcula que el Ejército israelí destruyó más de 500 aldeas palestinas: mientras que algunas fueron abandonadas, muchas otras sirvieron como base de asentamientos judíos. La problemática de la “diáspora palestina” continúa al día de hoy. Ese mismo año, Israel sanciona la Ley del Retorno, que “[…] otorga a todo judío del mundo el derecho automático de inmigrar a Israel […] y convertirse inmediatamente en ciudadano del Estado”. Así, el Estado de Israel pasó a otorgar, a todos los judíos del mundo, el derecho automático a la aliyá.
Ante la problemática de los refugiados palestinos expulsados en la Nakba, en 1950 la UNRWA creó el campo de refugiados de Aida en terrenos alquilados al Estado de Jordania, entre las localidades de Belén y Beit Jala, en Cisjordania. La mayoría de ellos provenían de Jerusalén y Hebrón. Fue concebido, inicialmente, como un campamento temporal, ya que la idea era retornar. Sin embargo, hacia el final de la Guerra Árabe-israelí, la ONU adoptó la Resolución 194, que establecía que los refugiados de Aida y de cualquier otro campamento debían poder regresar a sus hogares si así lo deseaban, mientras que las autoridades responsables debían pagarle una indemnización a aquellos que no quisiera regresar, a modo de compensación. Jamás sucedió.
3. Las guerras posteriores
El segundo conflicto fue la Guerra del Sinaí o Crisis de Suez, ocurrido en 1956. Fue un suceso fundamental debido a que marcó el ingreso a la región de dos actores clave: Estados Unidos y la Unión Soviética, que pasaron a ocupar los lugares vacantes de Francia y Reino Unido. En 1947, el Ministro de Relaciones Exteriores inglés le comunicó al Departamento de Estado de Estados Unidos que, a raíz de la creciente presión soviética, ya no podía mantener sus posesiones en Turquía y Grecia. De manera que los norteamericanos buscaron contener una posible expansión comunista en una Guerra Fría que acababa de comenzar, a través de la Doctrina Eisenhower para Medio Oriente, que le permitía a Estados Unidos desplegar ayuda económica o militar si algún país así lo requería.

La principal causa del conflicto fue que Nasser, el presidente de Egipto, decidió nacionalizar el Canal de Suez, que tenía —y tiene aún— una importancia estratégica muy importante para el comercio, ya que permite comunicar Europa, Medio Oriente y África: hacia 1955, dos tercios de los hidrocarburos europeos pasaba por acá. Esta infraestructura, que fue construida por el francés Ferdinand de Lesseps e inaugurada en 1869, tenía acciones francesas y egipcias, más no británicas debido a la desconfianza hacia los primeros. Pero, como gran cantidad de los barcos que pasaban por el canal eran ingleses, compraron las acciones egipcias que fueron puestas a la venta por el rey Ismail Pasha en 1870, para solventar las deudas estatales. A partir de esto, Reino Unido declaró a Egipto como protectorado en 1914 —a pesar de que pertenecía al Imperio Otomano—, profundizando su control sobre el canal y beneficiando la administración de su inmenso imperio marítimo.
El Canal de Suez cayó oficialmente en manos de Reino Unido a partir de un tratado firmado en 1936 —igualmente, los ingleses ya lo controlaban de facto a partir de la Convención de Constantinopla de 1888 que lo declaraba como “zona neutral”—, en el que Egipto les daba la potestad a los británicos de controlar el canal por los siguientes 20 años, aunque fue revocado unilateralmente en 1951 por el rey egipcio. Es que Reino Unido ocupó la tierra de los faraones desde 1882 hasta 1922, año de la independencia nominal de Egipto —porque continuó bajo la esfera de influencia británica—, y luego entre 1942 hasta 1945, por la invasión inglesa durante la Segunda Guerra Mundial. Razón por la que el nacionalismo egipcio, en franco crecimiento desde principios de siglo XX, manifestó su descontento hacia la dominación británica, lo que obligó al rey Farouk a desestimar el tratado del ’36. Un año después del revocamiento, el rey egipcio fue derrocado por el Movimiento de Oficiales Libres a partir de masivas manifestaciones populares contra la presencia inglesa, y por el apoyo de Estados Unidos —porque buscaba imponer un líder que frenara la expansión comunista y porque odiaba el colonialismo europeo— y la Unión Soviética. En 1953, asumió el poder oficialmente el líder militar y nacionalista Gamal Abdel Nasser, que no tenía demasiadas intensiones de cumplir con la agenda norteamericana. De hecho, su panarabismo lo llevó inevitablemente a enfrentarla, declarándose neutral en la Guerra Fría. Estados Unidos intentó cambiar la estrategia de Nasser ofreciéndole financiar una infraestructura que modernizaría Egipto: la represa de Asuán. Como los norteamericanos cambiaron de parecer —y como el Banco Mundial también se negó a darle un préstamo por adelantado—, Nasser decidió financiarla igualmente, pero obteniendo el dinero a través de préstamos de la Unión Soviética y de la nacionalización del Canal de Suez, que se produjo el 26 de junio de 1956. Además de la nacionalización, el líder árabe estaba influenciando al resto de los países árabes, apoyando sus revueltas. Por ejemplo, debido al poder creciente de Nasser en Egipto, el rey Hussein de Jordania se negó a ingresar al anticomunista Pacto de Bagdad y, un año después, expulsó a los oficiales ingleses de la cúpula de su ejército. A todo lo dicho se sumó el deseo de Israel de hacer caer el liderazgo de Nasser, principalmente por los ataques palestinos desde la Franja de Gaza, controlada por Egipto desde la Guerra de los Seis Días; pero también porque argumentaba que Egipto bloqueaba el canal y no dejaba pasar provisiones a Tel Aviv. Así, Reino Unido, Israel y Francia —que le aportó armamento al anterior por la negativa de Estados Unidos— conformaron una alianza para atacar a Egipto.
Tal como se había planeado, el 29 de octubre de 1956, Israel comenzó un ataque militar invadiendo la Península del Sinaí y Franja de Gaza, llegando luego al Canal de Suez, que tomó por sorpresa a los egipcios. Francia y Reino Unido se ofrecieron como mediadores, a lo que Egipto se negó, por lo que decidieron invadir y bombardear el territorio egipcio. Nasser respondió hundiendo barcos comerciales en el Canal de Suez, bloqueándolo. Ante esta escalada de violencia, Estados Unidos (que nunca fue comunicado de las acciones de Reino Unido) temió que Egipto se vuelque al bloque soviético, por lo que forzó, a través de la ONU, un alto el fuego de inmediato. Si bien la victoria militar fue para la coalición anglo-francesa-israelí, Egipto obtuvo una gran victoria política, primero, por el crecimiento de su influencia en el mundo árabe, tal es así que Egipto y Siria formarían la República Árabe Unida, desde 1958 hasta 1961; y segundo, porque logró mantener bajo su control el Canal de Suez. Reino Unido tuvo que retirarse del canal, debido a que el gobierno de Estados Unidos, furioso, presionó al Fondo Monetario Internacional para que no le otorgue más préstamos de emergencia. Esto produjo que Francia también se retirara ya que sus tropas estaban bajo el mando británico. Por su parte, Israel se retiró por la dura presión ejercida por la Unión Soviética a través de una carta de su premier, en la que afirmaba que el Estado judío pondría en peligro su existencia por el odio que generó la acción sobre Egipto. La retirada, entonces, fue votada por 65 votos a 1 en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Sin embargo, las tenciones entre Egipto e Israel se habían acrecentado, dando por resultado un nuevo conflicto a la década siguiente.
El tercer conflicto de relevancia se dio en 1967 y fue la Guerra de los Seis Días. La ofensiva sorpresiva de Israel triunfó ante las fuerzas de Egipto, Siria, Jordania e Irak, por lo que siguió aumentando su territorio, alimentando así el sueño sionista de conformar el Gran Israel: el Primer Ministro Ben Gurión argumentaba que el Estado judío tenía el “derecho histórico” de poseer, por ejemplo, la isla de Tirán en la desembocadura del golfo de Aqba, lo cual desechó los motivos que había esgrimido Israel de atacar a Egipto durante la Crisis de Suez. De esta manera, ocupó la mitad restante de Jerusalén (la oriental, que controla hasta el día de hoy) Cisjordania (que pasó a administrarse como área de Judea y Samaria hasta hoy), Altos del Golán, Franja de Gaza y la Península del Sinaí. Como consecuencia, la ONU adoptó la Resolución 242 que, entre otras cuestiones, obligaba a Israel a retirarse de los territorios ocupados durante el conflicto. Esta iniciativa permanecerá en todas las resoluciones posteriores.

La cuarta de esta serie de disputas internacionales entre árabes e israelíes fue la Guerra del Yom Kipur (conocida también como Guerra de Octubre) de 1973: a pesar de que no hubo un “ganador” en términos absolutos, sí se demostró que Israel podía ser vulnerable. Es que Egipto y Siria, que buscaban recuperar sus territorios perdidos en 1967, le propinaron un duro golpe.
En 1960, Irán, Irak, Kuwait, Arabia Saudita y Venezuela fundaron, según la Conferencia de Bagdad, la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP en adelante), con el objetivo de coordinar políticas petroleras entre los principales productores y hacer un contrapeso a las Siete Hermanas, un grupo de empresas multinacionales estadounidenses, británicas y neerlandesas que, hasta el momento, dominaban el mercado global de los hidrocarburos. Una de ellas, la actual British Petroleum, fue la que descubrió petróleo en Persia (actual Irán) en 1908, un año antes de su fundación formal bajo el nombre de Anglo-Persian Oil Company.
Cuando se desata la Guerra de Yom Kipur, la OPEP decide boicotear a Israel y sus aliados, en apoyo a Egipto y Siria: los países árabes miembros de la organización decidieron reducir la producción de crudo para incrementar los precios mundiales, con el fin de afectar a los países importadores, entre los que se encontraban Israel y sus aliados de Occidente. El precio del barril de petróleo se cuadruplicó en muy poco tiempo, causando una crisis energética y económica a nivel global, que se conoció como Crisis del Petróleo de 1973. Esto ayudó a ejercer una gran presión hacia Israel durante la Guerra del Yom Kipur que, junto al ataque coordinado y sorpresivo de la coalición árabe durante la festividad judía que da nombre a la contienda, generó grandes pérdidas al Estado hebreo. Finalmente, la presión de las superpotencias del momento, Estados Unidos (que apoyó a Israel) y la Unión Soviética (que apoyó a Siria y Egipto), logró un alto el fuego. Las Naciones Unidas emitió así la Resolución 338, que además exigía implementar la resolución anterior, la 242. Israel nunca la cumplió por completo.

Ante este escenario, el gobierno israelí tuvo que negociar: en 1978, Egipto se convirtió en el primer país árabe en firmar la paz con Israel (el segundo sería Jordania en 1994), reconociéndolo como Estado y retirándose del conflicto, en la Cumbre de Camp David. De esta forma, Egipto recuperaría la península de Sinaí en 1982, pero, a cambio, renunciaba a la Franja de Gaza, que continuaría bajo ocupación israelí.
Durante en 1982, Israel invadió el Líbano en una operación conocida como Paz para Galilea, con el pretexto de desmantelar las bases allí existentes de la Organización de Liberación Palestina (OLP en adelante) —una organización fundaba en 1964 por el Consejo Nacional Palestino para lograr la autodeterminación de su pueblo a través de la lucha armada— que realizaba ataques contra la población del norte israelí. La organización liderada por Yasser Arafat fue expulsada hacia Túnez, pero ese lugar vacante pasó a ser ocupado por Hezbolá, una organización política y paramilitar libanesa creada ese año, que le provocó a Israel aún más dolores de cabeza que la propia OLP. Israel recién se retiraría del Líbano en el año 2000.
Sin embargo, nunca se fijó un límite oficial entre ambos países: en su lugar, ese mismo año, la Organización de las Naciones Unidas estableció la Línea Azul, que es una especie de demarcación que sirve de límite entre ambos países a falta de uno reconocido y definitivo. El objetivo era verificar la retirada de las fuerzas israelíes del territorio libanés. A partir de ese momento, se encuentra supervisada por la Fuerza Provisional de las Naciones Unidas para el Líbano (UNIFIL).
4. Los asentamientos israelíes y la Primera Intifada
Los asentamientos son colonias donde viven comunidades judías, que comenzaron construirse en territorio ocupado a los palestinos (especialmente, Cisjordania), tras la Guerra de los Seis Días, y que continúan avanzando hasta hoy. Actualmente, los israelíes son unos 8 millones y medio, y la mayoría de ellos viven dentro de las fronteras del Estado de Israel. Sin embargo, más de medio millón vive en asentamientos situados en los territorios ocupados de Cisjordania y en Jerusalén Oriental.
Estos asentamientos son como pueblos protegidos por vallas, muros y por el ejército israelí. Quienes viven en ellos son los llamados “colonos”. La comunidad internacional, incluyendo la ONU y la Corte Internacional de Justicia, considera que estos asentamientos son ilegales: la Convención de Ginebra prohíbe que un país traspase su población a un territorio ocupado militarmente. Sin embargo, los israelíes aseguran que esta regla no puede aplicarse ya que, según ellos, Cisjordania no se encuentra ocupada, porque antes del ’67 no había una soberanía clara. Es decir, argumentan que, antes de que ellos llegasen, ese territorio no era oficialmente de nadie.
Además, sostienen que allí están enterrados muchos patriarcas bíblicos del judaísmo: en Hebrón, por ejemplo, se cree que los cuerpos que yacen son los de Abraham, Isaac y Jacob, junto con sus parejas Sarah, Rebecca y Leah, respectivamente. Por su lado, las facciones palestinas más moderadas consideran a la totalidad del territorio de Cisjordania como propio, junto con la Franja de Gaza —y a todo el territorio del Estado de Israel, si sumamos a otras facciones palestinas más extremistas—. Es que los asentamientos judíos convierten al territorio palestino de Cisjordania en un “mosaico” fragmentado.

Los asentamientos de Cisjordania están unidos entre sí y con las principales ciudades del territorio israelí a través de una red de rutas y autopistas de circunvalación, prohibidas a los palestinos. También hay checkpoints, muros de hormigón y puertas enrejadas que bloquean rutas, sin contar los estrictos permisos que impone el Estado de Israel a la circulación de Cisjordania de norte a sur.
En 1987 se da la primera Intifada o Guerra de los Piedras, que fue una revuelta palestina ante la presencia militar israelí en Cisjordania. Se llamó así ya que los ciudadanos palestinos les arrojaban piedras a los vehículos militares de Israel, convirtiéndose este hecho en el símbolo del conflicto. Al año siguiente, Jordania renunciaría a sus pretensiones sobre Cisjordania, reconociendo a la OLP como el único representante legítimo del pueblo palestino: el conflicto pasaría de ser árabe-israelí a ser, exclusivamente, palestino-israelí. Al año siguiente, la OLP declaró la independencia de Palestina, también bajo el liderazgo de Yasser Arafat, durante una reunión del Consejo Nacional Palestino en Argelia. Esta proclamación fue un acto simbólico y político importante que buscaba reforzar la legitimidad internacional de la causa palestina en medio de los levantamientos.
La tercera parte continuará a partir de los Acuerdos de Oslo de 1993, que provocaron consecuencias que perduran hasta el día de hoy.
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