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Chiitas vs Sunitas: Una Mirada Geopolítica

El mundo islámico arrastra desde sus orígenes una división que ha marcado no solo su teología, sino también su destino político y geoestratégico: la disputa entre chiitas y sunitas. A menudo reducida a una simple diferencia religiosa, esta fractura se ha convertido en una herramienta valiosa para las potencias extranjeras, que la explotan como combustible para conflictos que esconden intereses más profundos: control territorial, acceso a recursos naturales y expansión de influencia.


La raíz del conflicto se remonta al año 632, tras la muerte del profeta Mahoma. Mientras la mayoría de los musulmanes (los futuros sunitas) apoyaron una sucesión por consenso, que llevó a Abu Bakr al califato, un grupo sostuvo que el liderazgo debía permanecer dentro de la familia del profeta. Este grupo, que reconocía a Alí —primo y yerno de Mahoma— como sucesor legítimo, dio origen al chiismo. La división teológica pronto se tradujo en una ruptura política que culminó en el año 680 con la trágica Batalla de Karbala, donde el imán Huséin, hijo de Alí, fue asesinado por las fuerzas del califa omeya. Este episodio selló el martirio chiita y cimentó una narrativa de opresión que persiste hasta hoy.



Pese a que comparten el Corán y los pilares del islam, sunitas y chiitas difieren en aspectos fundamentales de práctica religiosa, jurisprudencia y liderazgo espiritual. Los chiitas creen en una línea de imanes infalibles, descendientes de Alí, mientras que los sunitas otorgan la autoridad religiosa a la comunidad y a los ulemas. Estas diferencias, más allá del ámbito espiritual, se han convertido en una grieta política explotada por intereses externos.


Los países con mayoría sunita incluyen a Arabia Saudita, Egipto, Turquía, Jordania, Indonesia y Marruecos, entre otros, representando aproximadamente el 85-90% de los musulmanes del mundo. En cambio, los países con mayoría chiita son Irán, que es su principal bastión, además de Irak, Azerbaiyán y Bahrein. También hay importantes comunidades chiitas en Líbano (con Hezbollah), Yemen (hutíes) y partes de Pakistán y Afganistán.



En términos de forma de gobierno, los países de mayoría sunita presentan una variedad de regímenes, desde monarquías absolutas como Arabia Saudita y Jordania, hasta repúblicas autoritarias como Egipto o Turquía, esta última con un modelo presidencialista concentrado en la figura de Erdogan. En los países de mayoría chiita, como en Irán, el sistema político combina elementos teocráticos y republicanos, con un Guía Supremo religioso que tiene más poder que el presidente electo, mientras que en Irak existe una república parlamentaria frágil y segmentada por divisiones sectarias.


Por su parte, Omán se destaca como un caso particular: aunque su población es mayoritariamente musulmana, la rama predominante no es ni sunita ni chiita, sino ibadí, una corriente islámica distinta que influye en su sistema político. Omán es una monarquía absoluta encabezada por el sultán, pero mantiene una política exterior neutral y una convivencia relativamente armoniosa entre las ramas del islam.


De los más de 1.900 millones de musulmanes en el mundo, se estima que alrededor de 200 a 300 millones son chiitas, mientras que el resto son sunitas. Esta división tiene implicancias geopolíticas profundas, especialmente en Medio Oriente, donde la rivalidad entre Irán (chiita) y Arabia Saudita (sunita) influye en diversos conflictos regionales.


Los Sunítas


Su nombre viene de la palabra Sunna, que significa "tradición", en referencia a las enseñanzas y prácticas del profeta Mahoma. Esta parte del Islam sostenía que tras la muerte del profeta Mahoma debía seguir como líder alguien elegido por el consenso general y en base a sus acciones. Por lo que, tras la muerte de Mahoma, estos apoyaron a Abu Bakr uno de los compañeros más cercanos del profeta. Esta facción salió victoriosa de la batalla de Karbala y la causa por la que la gran parte del mundo musulmán es sunita.


Los sunitas basan su fe en cuatro pilares fundamentales: el Corán (es la palabra literal de Dios —Alá— revelada al profeta Mahoma. Es la guía suprema en todos los aspectos de la vida); la Sunna (son las enseñanzas, dichos y actos de Mahoma, transmitidos a través de colecciones de hadices —relatos tradicionales—); el Ijma (consenso de la comunidad) y el Qiyas (analogía jurídica).



La nación por excelencia sunita es Arabia Saudita ya que no solo es de las más poderosas del mundo árabe sino que también cuenta dentro de sus fronteras con la Meca. Si bien la Meca es un lugar sagrado tanto para sunitas como para chiitas, son principalmente sunitas quienes peregrinan.


Los Chiitas


Tras la muerte de Mahoma, sostenían que los sucesores no debían ser elegidos por consenso, sino mediante una sucesión por linaje sanguíneo. Por esta razón, apoyaron a Alí, primo y yerno del profeta, lo que provocó el cisma con los sunitas.


En la batalla de Karbala murió el imán Huséin, hijo de Alí y nieto del profeta Mahoma, a manos del califa omeya Yazid. Tras esta derrota, Huséin se transformó en un mártir para los chiitas. Este episodio no solo reforzó su identidad como comunidad oprimida, sino que dio origen a rituales como la conmemoración de Ashura, que aún hoy tiene un enorme peso emocional y religioso.



Si bien las bases religiosas son las mismas, los chiitas suelen tener diferencias con los sunitas en la forma de orar y en las fechas sagradas. Actualmente, la base de la sucesión se sustenta en una línea de imanes infalibles, descendientes de Alí. La mayoría de los chiitas siguen la corriente duodécima.


Uso Geopolítico de la Religión


En la era moderna, particularmente desde el siglo XX, las potencias occidentales han convertido esta división en un arma geoestratégica. La intervención de Estados Unidos en Oriente Medio es el ejemplo más evidente. Apoyó dictaduras sunitas como la de Saddam Hussein en Irak cuando resultaban funcionales, y luego alentó cambios de régimen cuando dejaron de serlo. La invasión de 2003 desmanteló la estructura del Estado iraquí, lo que permitió el ascenso de gobiernos chiitas y reavivó las tensiones sectarias. El resultado fue un país desgarrado por el conflicto interno, con milicias sectarias y la aparición de grupos extremistas como el Estado Islámico.



Lo mismo puede decirse de Siria, donde el régimen alauita de Bashar al-Ásad, alineado con el chiismo, fue combatido con el apoyo occidental a facciones insurgentes, muchas de ellas vinculadas a grupos islamistas radicales. Yemen, otro frente activo, enfrenta una guerra civil que enfrenta al gobierno sunita respaldado por Arabia Saudita con los rebeldes hutíes chiitas apoyados por Irán. En todos estos escenarios, la lógica es la misma: fomentar el enfrentamiento entre bloques religiosos para preservar intereses estratégicos, desde rutas comerciales hasta yacimientos petrolíferos.


Sudán, si bien periférico en el mapa del conflicto chiita-sunita, también ha sido escenario de manipulación externa. En su historia reciente se observa cómo el islam político fue utilizado tanto por gobiernos como por potencias internacionales para legitimar o derribar líderes, en función de su alineación internacional. La explotación de la religión como instrumento político ha sido constante, y la fragmentación del país (como con la secesión de Sudán del Sur) responde tanto a dinámicas internas como a presiones externas.



Lejos de promover la paz, las potencias han convertido esta histórica división en una grieta útil para dividir y dominar. Financiando milicias, apoyando golpes de Estado o imponiendo sanciones selectivas, logran mantener la inestabilidad como condición para su intervención continua. Así, la herida abierta hace más de un milenio se mantiene viva, no por motivos religiosos, sino por conveniencia geopolítica.


Hoy más que nunca, urge una mirada crítica y revisionista que cuestione no solo a los protagonistas regionales, sino también a los titiriteros globales que operan desde las sombras con intereses muy alejados de la paz o la justicia.

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