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Las Consecuencias de “La Guerra contra el Terrorismo” a partir del 11 de Septiembre de 2001

El 11 de septiembre de 2001, las Torres Gemelas cayeron tras un ataque terrorista adjudicado a Al-Qaeda. La gran y única potencia mundial se encontraba bajo ataque, no por un Estado, sino por una organización beligerante cuyo paradero, en un principio, se desconocía. Es decir, un grupo terrorista logró infiltrarse en el espacio aéreo de la mayor potencia mundial y destruyó dos rascacielos, asesinando a miles de personas.


Este evento marcó un antes y un después en la política internacional. A partir de entonces, la lógica de la guerra cambió radicalmente, pues organizaciones dedicadas a propagar el terror comenzaron a influir directamente en la geopolítica.


En este informe analizaremos los antecedentes históricos que dieron origen al terrorismo, el ataque a las Torres Gemelas, los nuevos tipos de guerra que surgieron y las consecuencias que esta realidad ha tenido hasta la actualidad.



Estados Unidos como la única potencia mundial y la Guerra del Golfo


En 1989 cayó el Muro de Berlín y la dicotomía EE. UU. – URSS, existente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, llegó a su fin, unificando a la Alemania dividida. Tras la disolución definitiva de la Unión Soviética en 1991, Estados Unidos se posicionó indiscutiblemente como la única potencia mundial: ningún país podía compararse con la nación norteamericana en términos económicos y militares.


En este contexto, el gobierno estadounidense obtuvo una importante discrecionalidad y autonomía a la hora de tomar decisiones internacionales. Organismos globales como las Naciones Unidas se encontraban debilitados frente al poder de esta potencia, que ampliaba cada vez más su influencia en todo el mundo. El gobierno republicano de George H. W. Bush (1989–1993) impuso el poder norteamericano a escala global, dando lugar a conflictos como la Guerra del Golfo, de la que hablaremos más adelante.


Es importante destacar que durante la década de 1980, bajo la presidencia de Ronald Reagan, Estados Unidos reestructuró su economía mediante políticas desreguladoras, luego de décadas de medidas estatistas que habían debilitado tanto la estabilidad como el crecimiento del país. Este panorama de auge económico, desarrollo armamentístico y, finalmente, la caída de la URSS generó un escenario propicio para que el Estado norteamericano se impusiera mundialmente tras el triunfo republicano por tercera vez en 1989.


Guerra del Golfo


La Guerra del Golfo comenzó cuando Irak, bajo la orden de Saddam Husein, invadió y anexó Kuwait el 2 de agosto de 1990. La ocupación fue motivada por disputas sobre deuda y petróleo (Bagdad acusó a Kuwait de robar petróleo de campos fronterizos y buscaba cancelar la deuda que Kuwait le debía tras la guerra con Irán) y por la ambición iraquí de ampliar su peso regional. Occidente respondió con un despliegue militar liderado por Estados Unidos: primero la fase defensiva (Operación Desert Shield, desde agosto de 1990) y luego la ofensiva para expulsar a las tropas iraquíes (Operación Desert Storm, que comenzó el 17 de enero de 1991 y culminó con la liberación de Kuwait a finales de febrero de 1991).



Saddam Husein era el presidente de Irak (de 1979 a 2003), dirigente del partido Baaz y un gobernante autoritario que consolidó el poder mediante represión interna y políticas nacionalistas; su régimen había sido protagonista de guerras costosas, primero contra Irán (1980 a 1988) y luego en este choque con la coalición internacional. Estados Unidos intervenía con intereses estratégicos claros: asegurar el libre flujo de petróleo del Golfo Pérsico y proteger a aliados regionales (sobre todo Arabia Saudita) ante la expansión iraquí; Washington formó y lideró una amplia coalición (entre cuyos principales contribuyentes estuvieron Reino Unido, Arabia Saudita, Egipto, Francia, Siria, Canadá y varios otros países) para “restaurar la soberanía” de Kuwait.


Atentado a las Torres Gemelas y el Pentágono


El 11 de septiembre de 2001 un grupo de 19 terroristas vinculados a la organización yihadista Al-Qaeda secuestró cuatro aviones comerciales y los estrelló contra objetivos en Estados Unidos: dos aviones impactaron en las Torres Gemelas del World Trade Center en Nueva York, uno contra el Pentágono en Arlington (Virginia) y un cuarto (el vuelo 93) se estrelló en un campo cerca de Shanksville (Pensilvania) tras la resistencia de pasajeros y tripulación. Las torres norte y sur colapsaron horas después de los impactos, provocando la destrucción masiva de la zona y un rescate/recuperación de enorme magnitud.


Las cifras oficiales resumen la magnitud humana y material: en total murieron 2.996 personas (incluyendo a los 19 secuestradores), es decir, unos 2.977 víctimas no responsables del atentado; en el Pentágono perdieron la vida 184 personas (59 pasajeros del vuelo impactado y 125 personas dentro del edificio). Los costes directos inmediatos (daños materiales, limpieza y pérdida de ingresos) se estimaron en decenas de miles de millones de dólares (estimaciones como la del NY Fed sitúan pérdidas físicas y de ingresos en torno a los 36.000 millones de dólares en la primera fase), y los costes a más largo plazo (gasto militar, atención a veteranos, efectos macroeconómicos) elevaron la factura para Estados Unidos a billones de dólares en las dos décadas siguientes.



A pesar de la conclusión oficial (documentada por la Comisión del 11-S y por investigaciones técnicas del NIST) de que Al-Qaeda planeó y ejecutó los ataques y de que los colapsos se explican por el daño de los impactos y los incendios subsiguientes, desde el primer momento surgieron críticas y teorías alternativas que señalan “irregularidades” (por ejemplo, preguntas sobre el colapso del edificio 7 del WTC, la velocidad de los derrumbes o fallos en los intercambios de inteligencia previos). Muchas de esas afirmaciones han sido investigadas y respondidas por informes oficiales (NIST, Comisión 9/11) y por estudios independientes, pero persisten debates públicos sobre vacíos en inteligencia, errores de seguridad y discrepancias técnicas que alimentan la desconfianza en algunos sectores.


Cambio de Paradigma


A partir de entonces la lógica del sistema internacional cambió por completo. No solamente por la forma en la que comenzaron a ejercerse los conflictos mundiales, sino que se construyó un nuevo paradigma de inseguridad que afectó a la población mundial en sí. Desde entonces hasta hoy en día, los vuelos internacionales se vieron significativamente condicionados para todos los ciudadanos del mundo. El control en los aeropuertos así como las limitaciones a acceder a los visados se incrementaron en razón de “prevenir atentados terroristas”.


A su vez, Estados Unidos comenzó enfrentamientos bélicos de gran magnitud contra organizaciones terroristas en varios países de medio oriente. Por otro lado, las campañas publicitarias jugaron un papel fundamental en este nuevo mundo, donde ambos bandos utilizaron esta estrategia para legitimar su acción. Para comprender mejor esto, desarrollaremos dos conceptos fundamentales:


Guerra Asimétrica


El concepto de “Guerra Asimétrica” de William Lind refiere a un tipo de enfrentamiento bélico en donde los estados ya no combaten contra otros estados, sino que lo hacen contra una organización terrorista que se encuentra en uno o más estados. Este concepto es fundamental para entender la cuestión del terrorismo, porque los enfrentamientos no serías de tanques cruzando una frontera para conquistar un territorio, sino que un Estado ataca “células” terroristas en un estilo de guerra de guerrillas en donde deben ir desarticulando a la organización criminal.


La ausencia de un control territorial estricto que tienen los grupos terroristas conlleva a que la guerra se desarrolle en base a ataques específicos y coordinados, haciendo así que las organizaciones terroristas sean mucho más complejas de erradicar o combatir. Una organización terrorista, a su vez, posee células en distintos países, por lo que complica aún más la forma de llevar a cabo ataques contra los mismos.


Guerra Psicológica


El término “guerra psicológica” se refiere a un comportamiento propagandístico utilizado para imponer miedo en la población, señalando a un grupo de personas o a una institución como peligrosos. Este concepto suele asociarse a los grupos terroristas, ya que su forma de accionar se basa en propagar el terror en la sociedad. Sin embargo, no se limita únicamente a este ámbito, por lo que es necesario analizar ambos lados de esta propaganda.


Del lado terrorista, mediante atentados y campañas propagandísticas, se infunde odio contra un Estado o sector de la población (generalmente de carácter religioso), con el objetivo de deslegitimar las instituciones atacadas y demonizar a los grupos sociales considerados enemigos. Al mismo tiempo, las víctimas de estas organizaciones quedan subordinadas bajo una lógica de temor, ya sea por el poder de la organización o por el fanatismo que la caracteriza.



No obstante, también existe una campaña propagandística por parte de Estados Unidos y de los medios occidentales. Desde el cambio en la lógica bélica, se inició un discurso que demoniza al islam y a sus practicantes, atribuyendo características terroristas a todos los adeptos de esta religión, que cuenta con más de 2.000 millones de fieles. Esta narrativa se difunde principalmente a través de los medios de comunicación y de consumos culturales (como películas, series o documentales), que suelen representar al “terrorista” (casi siempre árabe) como el enemigo y al soldado estadounidense como el “héroe” o el “bueno”.


Estados Unidos y el “Combate contra el Terrorismo”


Entendiendo lo anteriormente planteado, Estados Unidos comenzó una serie de campañas contra el “terrorismo”, legitimadas por el atentado del 11 de septiembre de 2001. A continuación, analizaremos las tres más importantes y de mayor impacto; pero antes, es necesario mencionar otros conflictos en los que se involucró con esta narrativa, como la guerra en Yemen, los ataques coordinados en Pakistán, Siria y el Líbano, así como el financiamiento y las ofensivas en el Sahel, Nigeria, Somalia y Sudán.


Guerra de Afganistán (2001–2021)


La guerra en Afganistán comenzó en octubre de 2001, cuando Estados Unidos y una coalición internacional invadieron el país tras los atentados del 11 de septiembre. La justificación pública para la intervención fue eliminar y castigar a Al-Qaeda y expulsar al régimen talibán que les ofrecía refugio y entrenamiento. La primera fase (Operación Enduring Freedom) consiguió rápidamente derrocar al gobierno talibán y permitió operaciones contrainsurgencia y de estabilidad lideradas por Estados Unidos y la OTAN (ISAF), junto con la instalación de un gobierno afgano respaldado por Occidente: primero bajo Hamid Karzai y luego bajo Ashraf Ghani.



Durante casi dos décadas la guerra combinó grandes operaciones militares, entrenamiento y financiación de las fuerzas afganas, esfuerzos de construcción institucional y campañas aéreas y especiales contra insurgentes. A pesar del despliegue sostenido y de avances puntuales (incluida la eliminación de líderes de Al-Qaeda y la muerte de Osama bin Laden en 2011) la insurgencia talibán se mantuvo resiliente. Problemas crónicos como la corrupción, la fragilidad institucional del Estado afgano, la dependencia de la asistencia externa, errores de estrategia, fricciones entre aliados y el apoyo regional que algunos actores externos brindaron al Taliban limitaron la eficacia de los esfuerzos de estabilización.


El final llegó en 2021 bajo el gobierno de Donald Trump: con el acuerdo de retirada entre Washington y los talibán y la retirada progresiva de tropas, los talibanes lanzaron una ofensiva relámpago durante el verano y el gobierno afgano colapsó. El 15 de agosto de 2021 Kabul cayó y, tras una evacuación caótica, las fuerzas estadounidenses completaron su salida a finales de agosto. Para muchos analistas y para una parte importante de la opinión pública internacional, el resultado representa un fracaso estratégico: si bien se degradó a Al-Qaeda y se evitó su capacidad de planear grandes atentados desde Afganistán, no se logró consolidar un Estado afgano estable y resiliente capaz de impedir el regreso al poder de los talibán ni garantizar los derechos y seguridad de amplios sectores de la población.


Guerra de Irak (2003–2011)


La guerra de Irak (iniciada con la invasión liderada por Estados Unidos en marzo de 2003) se impulsó oficialmente con la acusación de que el régimen de Saddam Husein poseía armas de destrucción masiva (ADM) y podía colaborar con grupos terroristas; esa narrativa fue la principal justificación pública para la acción militar. Con el avance aliado se produjo el rápido derrocamiento del régimen iraquí, pero numerosas investigaciones y análisis posteriores mostraron que las pruebas sobre ADM eran erróneas, que hubo fallos e interpretaciones defectuosas de la inteligencia y que se recurrió a fuentes poco fiables para sostener la argumentación. Estas conclusiones alimentaron un fuerte debate sobre las motivaciones reales (incluyendo consideraciones estratégicas y políticas) y sobre la responsabilidad política por haber iniciado la guerra.


Documento filtrado por Julian Assange sobre los crimenes de guerra cometidos por EE.UU. en la Guerra de Irak.

El conflicto no terminó con la caída de Saddam Husein: la disolución de estructuras estatales (como la desmovilización del ejército iraquí y la purga del partido Baaz), la falta de un plan efectivo de posguerra y la fragmentación política generaron un vacío de seguridad que alimentó una insurgencia prolongada, violencia sectaria y el surgimiento de grupos extremistas (entre ellos el Estado Islámico, que en 2014 tomó amplias zonas del norte de Irak). Estados Unidos y la coalición pasaron por fases de ocupación, contrainsurgencia y retirada, la salida formal de tropas de combate en 2011 fue seguida por nuevas intervenciones y el regreso de fuerzas para enfrentar al ISIS, lo que mostró que la campaña de 2003 desencadenó dinámicas que llevaron a una larga inestabilidad regional.


Hoy Irak enfrenta problemas estructurales persistentes: gobernanza frágil, instituciones debilitadas, corrupción generalizada, servicios públicos insuficientes y tensiones políticas y sectarias que restringen la capacidad del Estado para satisfacer demandas sociales.



Intervención en Libia (2011)


La intervención internacional en Libia de 2011 se desató tras una revuelta popular contra el régimen de Muamar Gaddafi y la respuesta violenta de sus fuerzas. El Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la Resolución 1973 el 17 de marzo de 2011, que autorizó la creación de una zona de exclusión aérea y "todas las medidas necesarias" para proteger civiles; esa autorización se convirtió en la base legal para las operaciones aéreas y de apoyo que ejecutaron Estados miembros y que más tarde pasaron al mando de la OTAN. Aunque la intervención se presentó públicamente bajo el parámetro de la “responsabilidad de proteger” a la población, la campaña militar, el apoyo a los rebeldes y la ausencia de una estrategia robusta de posguerra contribuyeron a una rápida escalada cuyo resultado fue el derrocamiento y la muerte de Gaddafi.


Durante décadas Gaddafi impulsó políticas orientadas a la soberanía económica (como respaldar la libra libia en oro y la idea de una moneda africana) y a una redistribución financiada por los hidrocarburos: nacionalizó la industria petrolera, financió ambiciosos programas sociales (vivienda, sanidad y educación gratuitas) y promovió megaproyectos como la Gran Canalización o “Great Man-Made River” para asegurar agua y autonomía agrícola/urbana. Al mismo tiempo su régimen se caracterizó por un control personalista del poder, represión sistemática de la disidencia y órganos de seguridad que limitaron las libertades políticas.



La caída de Gaddafi dejó un vacío institucional y miles de armas en manos de milicias locales, lo que derivó en fragmentación, rivalidades regionales, proliferación armamentista y múltiples gobiernos rivales; durante años y hasta la actualidad Libia ha sufrido violencia sostenida, violaciones de derechos humanos y dificultad para recuperar un Estado central fuerte y legitimado.




Resultado de las tres intervenciones


Como queda evidenciado, las tres intervenciones estadounidenses en la llamada “lucha contra el terrorismo” derivaron en la destrucción de los Estados y en el deterioro de la calidad de vida de las personas. Ninguno de los tres países terminó en mejores condiciones que al inicio de la intervención norteamericana.


En Afganistán, los talibanes recuperaron el poder en un país sumido en la violencia y el narcotráfico (responsable del 90% de las exportaciones mundiales de opio). En Irak, la caída injustificada de Saddam Husein provocó una crisis interna que persiste hasta la actualidad, manteniendo al país en una situación de destrucción e ingobernabilidad. Por último, Libia pasó de ser uno de los países con mayor PBI per cápita de África, con acceso a servicios sociales y un Estado presente, a convertirse en un Estado fallido en constante situación de guerra hasta hoy.


En síntesis, se observa cómo Estados Unidos, bajo la excusa del terrorismo y mediante campañas de miedo (guerra psicológica), desarticuló y debilitó países estratégicamente importantes de Medio Oriente, en los que, sin esa narrativa, no hubiera podido intervenir. Esto abre múltiples interrogantes:


  • ¿Qué vínculos existen entre EE. UU. y las organizaciones terroristas?

  • ¿De dónde se financian estas mismas?

  • ¿Por qué no hay planes de erradicación a gran escala?



Bibliografía






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