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La Revolución de Mayo de 1810: El Quiebre del Orden Imperial

La Revolución de Mayo de 1810 no fue un acontecimiento aislado ni únicamente motivado por disputas locales entre criollos y peninsulares. Por el contrario, fue el resultado de un proceso más amplio en el que confluyeron variables internas del Virreinato del Río de la Plata y determinaciones geopolíticas impuestas por una transformación global del poder. Comprender la Revolución de Mayo implica situarla dentro del colapso del orden imperial español, del ascenso del Reino Unido como potencia hegemónica y del cambio de las reglas del juego político en el espacio atlántico.


Desde comienzos del siglo XIX, el mapa del poder mundial estaba en reconfiguración. Las guerras napoleónicas, que desde 1803 enfrentaron a Francia contra casi toda Europa, terminaron de desarticular el sistema colonial español. La invasión napoleónica a la península ibérica en 1808, con la abdicación de Carlos IV y Fernando VII y su reemplazo por José Bonaparte, dejó al Imperio sin un centro legítimo de autoridad. Esta crisis monárquica —que España intentó resolver mediante la conformación de juntas locales en la península y, posteriormente, mediante el Consejo de Regencia de Cádiz— tuvo repercusiones inmediatas en América. Las colonias comenzaron a preguntarse si debían seguir obedeciendo a autoridades peninsulares ilegítimas o si podían ejercer su propio derecho a la soberanía.



Cuatro años antes del estallido revolucionario, en 1806, el Imperio Británico —en plena expansión comercial y militar— decidió invadir el virreinato. Esta decisión estuvo directamente vinculada a la coyuntura europea: en 1805, durante la Batalla de Trafalgar, Gran Bretaña había destruido la flota franco-española, obteniendo el control marítimo global. Pero ese mismo año, Napoleón Bonaparte logró una aplastante victoria en la Batalla de Austerlitz, consolidando su dominio sobre Europa continental y forzando un bloqueo económico contra los productos británicos. Inglaterra, entonces, buscó abrir nuevos mercados fuera de Europa, y el Río de la Plata se convirtió en un objetivo estratégico.


La invasión británica de 1806 comenzó con éxito para los ingleses, pero fue repelida por fuerzas locales lideradas por Santiago de Liniers, un militar francés al servicio de España. En 1807, una segunda invasión, con el doble de tropas, también fracasó ante la resistencia criolla. Estos eventos marcaron un antes y un después. Por un lado, evidenciaron la debilidad de la administración española para defender sus territorios; por otro, demostraron que los criollos eran capaces de organizar sus propias milicias y defender su suelo, sentando así las bases para una futura independencia. Fue también el bautismo de fuego de muchos de los futuros protagonistas de la emancipación americana, como Manuel Belgrano, Martín Miguel de Güemes e incluso Juan Manuel de Rosas.



Paradójicamente, el enemigo británico de entonces sería también el actor geopolítico que, indirectamente, facilitaría el proceso revolucionario. El Reino Unido, que tras la batalla de Trafalgar controlaba los mares, tenía un doble interés: por un lado, combatir a Napoleón y sostener a España como aliada continental; por otro, expandir su comercio hacia los mercados americanos. Aunque no podía promover abiertamente la independencia de las colonias hispanoamericanas sin violar sus compromisos diplomáticos, Londres operó como un facilitador indirecto: mantenía relaciones comerciales con puertos controlados por los revolucionarios, protegía sus intereses navales sin atacar a los gobiernos insurgentes y permitía que ideas ilustradas, prensa liberal e incluso armas llegaran al continente por vía clandestina.


Las invasiones inglesas, lejos de ser un hecho puramente militar, tuvieron consecuencias políticas profundas. Dejaron al descubierto el desinterés y la incapacidad del imperio español de proteger sus colonias, al mismo tiempo que revelaron el creciente interés británico por la región, no solo como mercado, sino como enclave geopolítico.


Retomando, Europa se sacudía bajo los pasos de Napoleón. En 1808, el emperador francés invadió la península ibérica tras un conflicto derivado de su intento de tomar Portugal. Aprovechando la crisis interna española, Napoleón depuso al rey Fernando VII y colocó en el trono a su hermano José Bonaparte, como se dijo anteriormente. Este acto provocó una crisis de legitimidad sin precedentes en el imperio español: las colonias americanas ya no sabían a quién debían obedecer. No reconocían a José Bonaparte como monarca legítimo, pero tampoco podían depender de un rey prisionero.



A este contexto se sumaban influencias ideológicas de peso. Las revoluciones burguesas del siglo XVIII, en especial la Revolución Francesa y la Independencia de los Estados Unidos, sirvieron de inspiración para muchos criollos ilustrados, que leían y debatían las ideas de pensadores como Rousseau, Voltaire o Montesquieu. Particularmente, la noción rousseauniana de que, en ausencia de un soberano legítimo, la soberanía debía retornar al pueblo fue crucial para justificar la creación de un gobierno propio. Muchos de los miembros de la Primera Junta —como Mariano Moreno, Juan José Castelli o Manuel Belgrano— eran hombres instruidos, profundamente influidos por estas ideas modernas, que los guiaban tanto en lo político como en lo económico.


En ese clima, el 18 de mayo de 1810 llegaron a Buenos Aires noticias decisivas: la Junta Central de Sevilla, última institución peninsular que afirmaba gobernar en nombre de Fernando VII, había sido disuelta por la ocupación francesa. Esto implicaba que ya no existía un poder legítimo en España. Durante los días siguientes se vivieron intensas disputas entre el virrey Cisneros y los sectores criollos que impulsaban un cambio. Finalmente, el 25 de mayo, presionados por los patricios y la burguesía porteña —e incluso por las masas organizadas en la plaza a través de la "Legión Infernal" liderada por Domingo French y Antonio Beruti—, se destituyó al virrey y se formó la Primera Junta de Gobierno.



La situación en el resto del continente era igualmente tensa. En Caracas, la Junta Suprema fue establecida en abril de 1810, apenas un mes antes que en Buenos Aires. En México, la insurrección iniciada por el padre Miguel Hidalgo en 1810 tuvo una impronta más social, con demandas que desbordaban el proyecto de las élites criollas. En Quito y en Chuquisaca (actual Sucre), se habían registrado alzamientos en 1809 que fueron rápidamente sofocados, pero que demostraban que la idea de emancipación comenzaba a agitarse en varios rincones del imperio. En el Alto Perú (actual Bolivia), sin embargo, la contrarrevolución realista fue más fuerte, y las luchas entre patriotas y realistas se mantendrían durante años de forma cruda.


La famosa imagen de French y Beruti repartiendo escarapelas azules y blancas suele presentarse de forma simplificada en los relatos escolares. En realidad, ambos formaban parte de un grupo radicalizado que buscaba asegurar el triunfo de la revolución y utilizaba la escarapela como forma de identificación entre los leales al proceso. Su objetivo no era meramente simbólico: presionaban a los indecisos y buscaban impedir que los peninsulares votaran en el cabildo abierto.


La Junta fue presidida por Cornelio Saavedra y conformada por criollos notables como Belgrano, Moreno, Castelli, Paso y Alberti. Sin embargo, fue una revolución eminentemente porteña. Las provincias del interior no fueron consultadas para su conformación, y muchas se mantuvieron leales a la estructura virreinal, rechazando el nuevo orden. Esta fractura entre Buenos Aires y el interior sería el germen de futuros enfrentamientos y de la guerra civil argentina. Incluso héroes como Santiago de Liniers fueron fusilados por orden de la Junta tras ser considerados contrarrevolucionarios.




El grupo de criollos que lideró el proceso revolucionario estaba compuesto por hombres ilustrados, muchos de ellos formados en la Universidad de Chuquisaca y vinculados con logias y redes políticas que abogaban por el cambio. Entre ellos se encontraban Cornelio Saavedra, presidente de la Primera Junta y jefe de las milicias urbanas; Mariano Moreno, un joven abogado de ideas radicales que impulsaba una transformación más profunda del orden colonial; Juan José Castelli, quien encabezaría la expedición al Alto Perú con un discurso de fuerte contenido jacobino; y Manuel Belgrano, un patriota ilustrado que buscaba modernizar la economía y la educación.


Moreno, especialmente, encarnó el ala más revolucionaria del proceso. Como redactor de la "Representación de los Hacendados", había planteado ya en 1809 la necesidad de liberalizar el comercio, medida que beneficiaría tanto a los productores locales como a los intereses británicos. En 1810, como secretario de la Junta, impulsó medidas drásticas para consolidar el poder revolucionario: la censura de prensa contra los realistas, la creación de la "Gazeta de Buenos Ayres" para difundir ideas patrióticas, y la persecución de opositores internos. Su temprana muerte en 1811 —en circunstancias que muchos consideraron sospechosas— marcó también la retirada de los sectores más radicales, y abrió el camino a una etapa más conservadora del proceso revolucionario.



La Primera Junta no declaró la independencia formal, pero sí se autoproclamó depositaria de la soberanía. Envió expediciones militares a las provincias del interior para someter a los cabildos que no reconocieran su autoridad y comenzó a construir una estructura estatal propia. El conflicto con el interior, que no compartía necesariamente los intereses centralistas de Buenos Aires, iniciaría un largo proceso de tensiones federales y guerras civiles.


El proceso independentista no culminaría sino hasta el Congreso de Tucumán de 1816, seis años más tarde. Pero los hechos de mayo de 1810 marcaron un punto de inflexión. No solo pusieron fin al dominio español en la capital virreinal, sino que inauguraron un proceso de reconfiguración profunda del poder en el Río de la Plata.

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