Estados Unidos en los Conflictos de África
- Martina Lugos Suprund

- 10 ago 2025
- 12 min de lectura
El sistema internacional contemporáneo: entre el reordenamiento multipolar y la crisis permanente
El escenario internacional actual se encuentra atravesado por una profunda transformación. Luego de la caída del Muro de Berlín y la consolidación de Estados Unidos como potencia hegemónica en la posguerra fría, el sistema internacional ha comenzado a configurarse hacia un orden multipolar, marcado por tensiones crecientes, competencia entre grandes potencias y una inestabilidad estructural que atraviesa todos los continentes. En este nuevo esquema, el liderazgo de Estados Unidos sigue siendo significativo en términos militares, financieros y tecnológicos, pero enfrenta crecientes desafíos tanto internos como externos.
A nivel doméstico, Estados Unidos experimenta una fuerte polarización política, una sociedad profundamente dividida en términos ideológicos y un cuestionamiento creciente al rol que el país debe jugar en el mundo. Desde sectores que reclaman un repliegue aislacionista hasta quienes insisten en mantener el liderazgo global, el debate interno condiciona su proyección exterior. Al mismo tiempo, potencias como China y Rusia despliegan estrategias ofensivas para ampliar su esfera de influencia: la primera mediante infraestructura, inversiones y deuda; la segunda, a través de acciones militares directas o mediante el uso de actores no estatales, como el Grupo Wagner.
La escena internacional se complejiza aún más por el surgimiento de actores intermedios, como India, Brasil, Turquía, Irán o Arabia Saudita, que buscan autonomía estratégica y protagonismo regional. En este marco, los conflictos armados ya no se presentan como guerras convencionales entre Estados, sino como enfrentamientos más difusos, con actores irregulares, milicias, grupos terroristas, paramilitares o mercenarios, que disputan poder en contextos de fragmentación estatal, pobreza estructural y disputas étnico-religiosas. A esto se suma la carrera por el control de recursos estratégicos —como el litio, el coltán o el agua—, las rutas energéticas y las posiciones geográficas clave.
Dentro de este reordenamiento, África se vuelve un tablero crucial. El continente concentra múltiples focos de conflicto crónico —como en el Sahel, Sudán, Libia, Somalia, Etiopía o la República Democrática del Congo— y es objeto de disputa entre potencias globales. Rusia gana terreno mediante la militarización informal, especialmente con el Grupo Wagner y su nueva estructura “Cuerpo África”; China asegura influencia a través de megaproyectos de infraestructura, créditos y control sobre el mercado de minerales críticos. Frente a este escenario, Estados Unidos adopta una estrategia indirecta: en lugar de grandes despliegues militares como en Irak o Afganistán o la Guerra en Somalia o Mozambique, interviene con operaciones específicas de drones, asesoramiento militar a gobiernos aliados, sanciones económicas, apoyo diplomático y financiamiento a misiones humanitarias.

A la complejidad de este panorama se le suman desafíos globales que cruzan todas las regiones: el agravamiento de la crisis climática, el colapso de sistemas alimentarios, las migraciones forzadas, la expansión del crimen organizado transnacional y el debilitamiento del multilateralismo. Los organismos internacionales, cada vez más fragmentados, carecen de herramientas eficaces para contener conflictos o imponer soluciones. Al mismo tiempo, el avance de tecnologías aplicadas al combate —como drones armados, vigilancia masiva o
ciberataques— redefine la forma en que se libran las guerras y complica aún más su resolución.
Este trabajo propone un recorrido por algunos de los conflictos armados actuales más críticos en África, con especial atención al rol indirecto que cumple Estados Unidos en cada uno de ellos. Lejos de tratarse de guerras ajenas, estas situaciones reflejan las tensiones propias del sistema internacional contemporáneo: competencia entre potencias, fragilidad estatal, y el uso de la violencia como herramienta política en contextos de crisis estructural.
El Sahel bajo fuego: terrorismo, golpes y vacíos estratégicos

La región del Sahel, que comprende a países como Malí, Burkina Faso y Níger, se ha convertido en un epicentro de inestabilidad desde la intervención francesa en 2013 contra los grupos salafistas armados. Lejos de pacificarse, la región vivió una sucesión de golpes militares: Mali en 2020, Burkina Faso en 2022 y Níger en 2023. Esta sucesión de rupturas institucionales generó un ambiente ideal para la proliferación de actores violentos y la penetración de potencias extranjeras, como Rusia a través del Grupo Wagner, y China mediante vías económicas.
Los actores armados no estatales, en particular los grupos yihadistas vinculados a Al Qaeda (AQIM) y al Estado Islámico (ISIS-Sahel), continúan operando en extensas zonas rurales, donde llevan a cabo secuestros, atentados y ejecuciones. Al mismo tiempo, los regímenes militares que asumieron el poder tras los recientes golpes de Estado han consolidado estructuras de gobierno con rasgos autoritarios, con parcial reconocimiento internacional y una política nacionalista. Estos gobiernos han fortalecido sus vínculos con Rusia, que les brinda apoyo logístico y militar a través del grupo Wagner.

Sin embargo, en paralelo, también han impulsado ciertas políticas orientadas al fortalecimiento de la soberanía nacional, destacándose avances en el control y nacionalización de recursos estratégicos, así como en el acceso al agua y la educación en algunas regiones, lo que sus defensores presentan como pasos hacia una mayor autonomía frente a las potencias extranjeras.
En este complejo escenario, Estados Unidos ha jugado un rol indirecto pero persistente. Mediante la Operación Juniper Shield, dirigida por el Comando Africano (AFRICOM), estableció una base de drones en Agadez (Niger) en 2018, desde donde entrenaba a fuerzas locales y recolectaba información de inteligencia. Sin embargo, tras el golpe de Estado en Niger en julio de 2023, el gobierno de facto ordenó la expulsión de las tropas estadounidenses, lo que llevó al cierre de la base y la retirada de más de 1.000 efectivos en 2024. Parte del personal fue relocalizado en Costa de Marfil, desde donde se busca mantener cierta capacidad de vigilancia regional.
Un informe del Washington Post de 2025 advierte que la salida de Estados Unidos dejó un "vacío" que fue rápidamente ocupado por grupos armados, que intensificaron sus ataques y ampliaron su presencia territorial. Mientras tanto, Washington mantiene cierto nivel de asistencia antiterrorista indirecta, en una competencia cada vez más evidente con Moscú por la influencia estratégica en el Sahel.
Somalia, el pantano eterno del Cuerno de África
Desde el colapso del Estado somalí en 1991, el país ha estado sumido en un prolongado estado de fragmentación y violencia. El grupo extremista Al-Shabaab, vinculado a Al Qaeda, controla amplias zonas rurales y ejecuta atentados frecuentes en Mogadiscio. Aunque el gobierno somalí, apoyado por la misión de la Unión Africana (ATMIS), ha recuperado cierto territorio, la insurgencia persiste con fuerza.
Al-Shabaab lidera operaciones armadas, atentados suicidas y secuestros, consolidándose como una amenaza regional. Por su parte, el gobierno somalí y las fuerzas federales dependen del apoyo de potencias extranjeras como Turquía y los Emiratos Árabes Unidos, que colaboran en la reconstrucción del país. Estados Unidos, por su parte, mantiene una presencia limitada pero decisiva, centrada en el uso de drones, ataques selectivos y entrenamiento a unidades de élite.

A través de la autorización AUMF (Autorización para el Uso de Fuerza Militar), EE.UU. ha llevado a cabo ataques precisos contra líderes de Al-Shabaab. En marzo de 2025, un dron estadounidense eliminó a Aden Garaar, jefe de operaciones externas del grupo, y en diciembre de 2024 fue abatido Mohamed Mire Jama, otro alto comandante. En 2022, también se reportó la neutralización de un cabecilla sin daños colaterales.
Aunque mantiene a unos 500 asesores militares en el país, EE.UU. evita desplegar brigadas de combate. Desde 2021, el gobierno de Biden autorizó el regreso limitado de tropas para proteger las fuerzas locales y continuar el entrenamiento de unidades como el
comando Danab, especializado en lucha contra el terrorismo. La estrategia estadounidense en Somalia combina presencia mínima en tierra con tecnología de combate remoto, manteniendo una guerra de bajo perfil que, si bien neutraliza amenazas puntuales, no logra desarticular el poder estructural de Al-Shabaab.
Sudán: oro sangriento, cloro y presión diplomática
Desde abril de 2023, Sudán se encuentra atrapado en una cruenta guerra civil entre el Ejército Regular (SAF), liderado por el general Abdel Fattah al-Burhan, y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), comandadas por Mohamed Hamdan Dagalo, conocido como "Hemeti". El conflicto ha dejado más de 150.000 muertos y 13 millones de desplazados, con especial saña en la región de Darfur, donde se han documentado crímenes de guerra y limpieza étnica.
El SAF representa una visión centralista del poder y mantiene el control de instituciones formales, mientras que las RSF operan como una fuerza paramilitar que ha financiado su expansión a través del comercio ilegal de oro, con apoyo logístico de Emiratos Árabes Unidos. Frente a este escenario, Estados Unidos ha optado por una intervención no militar, centrada en sanciones y diplomacia multilateral.

En enero de 2025, Washington designó a la RSF como responsable de genocidio y aplicó sanciones personales contra Hemeti y su entorno. En mayo del mismo año, impuso también restricciones al SAF, tras confirmarse el uso de armas químicas (cloro) contra civiles. Estas sanciones incluyeron bloqueos a exportaciones, acceso a créditos y congelamiento de activos. Además, EE.UU. bloqueó empresas y canales financieros vinculados al contrabando de oro, una de las principales fuentes de financiamiento del conflicto.
En el plano diplomático, Estados Unidos participa activamente en las negociaciones de paz impulsadas junto a Arabia Saudita (Jeddah Talks) y otros foros multilaterales como ALPS, al tiempo que canaliza asistencia humanitaria mediante ONGs, evitando trato directo con los gobiernos enfrentados. En un contexto donde la intervención armada directa se considera inviable, la estrategia estadounidense se sostiene en el uso de sanciones económicas y diplomacia para aislar a los responsables y presionar por una solución negociada.
La producción de oro en Sudán, estimada en unas 80 toneladas anuales (aproximadamente 6.000 millones de dólares), se ha convertido en el principal motor del conflicto. Más del 50% de esa producción se contrabandea, muchas veces con destino a Emiratos Árabes Unidos, alimentando el conflicto. Para EE.UU., controlar este flujo se ha convertido en una de las pocas herramientas disponibles para influir sobre el conflicto sin recurrir al despliegue militar.
República Democrática del Congo: minerales, genocidio y negociación geopolítica
La República Democrática del Congo (RDC) vive un estado de fragmentación crónica desde hace décadas. En su región oriental, el grupo armado M23, compuesto mayoritariamente por combatientes tutsis, ha retomado una ofensiva desde finales de 2022, capturando ciudades clave como Goma y Bukavu. Este conflicto se entrelaza con la disputa por el control de recursos minerales estratégicos como el coltán, el cobalto y el litio, en un escenario de fuerte intervención regional, especialmente de Ruanda.
El M23 cuenta con respaldo logístico y armamentístico de Ruanda, mientras que el gobierno congoleño, presidido por Félix Tshisekedi, recibe apoyo de la ONU (MONUSCO) y de tropas de la Comunidad de Desarrollo del Africa Austral (SADC). A nivel global, China ha consolidado su presencia a través de empresas extractivas, mientras la Unión Europea busca acuerdos de abastecimiento de minerales "limpios".
Estados Unidos, por su parte, ha centrado su intervención en el eje "minerales por seguridad". En 2025, Tshisekedi ofreció al gobierno estadounidense acceso a proyectos mineros a cambio de respaldo militar indirecto, en una estrategia para contrarrestar la presencia china. Washington evalúa invertir en zonas clave como Manono (litio), y al mismo tiempo aplica sanciones selectivas: por ejemplo, al general ruandés James Kabarebe, acusado de permitir el suministro al M23.
Las leyes estadounidenses, como la Dodd-Frank, buscan evitar que los minerales extraídos en zonas de conflicto financien la violencia. Sin embargo, persisten mecanismos de evasión como el uso de certificaciones falsas en cadenas de suministro como ITSCI. Paralelamente, Estados Unidos ha sido clave en las negociaciones de paz entre Congo y Ruanda, participando en reuniones en Luanda (Angola) y facilitando la firma de un acuerdo preliminar en Washington el 27 de junio de 2025, con respaldo financiero ligado al desarrollo minero.

A pesar de estos avances, el M23 ha declarado que "ni sanciones ni acuerdos minerales detendrán nuestro combate". En este marco, EE.UU. busca desmontar los ecosistemas que permiten el financiamiento de grupos armados, equilibrando su intervención entre inversión estratégica y contención diplomática, en un conflicto donde los minerales valen más que la paz.
Esta intervención se da en medio de denuncias de crímenes de guerra y posibles actos de genocidio en el este de la República Democrática del Congo, donde comunidades enteras han sido desplazadas y masacradas.
A su vez, el rol de empresas tecnológicas con sede en Silicon Valley se vuelve cada vez más visible, dado que los minerales extraídos en estas zonas ,como el coltán, el cobalto y el estaño, son fundamentales para la producción de dispositivos electrónicos y tecnologías de consumo. De este modo, la presión sobre las cadenas de suministro ético no solo es una cuestión de derechos humanos, sino también una preocupación creciente para el sector privado estadounidense.
La injerencia multifocal de Estados Unidos en otros conflictos africanos
La presencia de Estados Unidos en África no se limita al combate contra el terrorismo, sino que se articula en una red compleja de intervenciones directas, apoyos tácticos, cooperación militar y posicionamientos geopolíticos que atraviesan todo el continente. Su participación se manifiesta en múltiples conflictos, a menudo con discursos centrados en la estabilización, la lucha contra el extremismo o la defensa de la democracia, aunque muchas veces estos mismos procesos generan nuevas tensiones o perpetúan ciclos de violencia.
Uno de los escenarios más visibles es Mozambique, donde Washington colabora con las fuerzas gubernamentales en la lucha contra los insurgentes islamistas que operan en la provincia de Cabo Delgado. A través del entrenamiento y la cooperación en inteligencia, EE.UU. refuerza la capacidad operativa del Estado mozambiqueño, en el marco de una guerra con motivaciones tanto religiosas como económicas, dada la presencia de grandes yacimientos de gas natural en la región.
En Nigeria, el apoyo norteamericano se canaliza principalmente en la lucha contra Boko Haram, el grupo extremista que ha sembrado el terror en el norte del país y en regiones fronterizas. Si bien la asistencia militar ha estado marcada por momentos de tensión respecto a los derechos humanos, EE.UU. sigue siendo un aliado estratégico del gobierno nigeriano, ofreciendo entrenamiento y equipamiento, así como acciones encubiertas de inteligencia.
En Kenia, país clave en la estrategia regional contra el terrorismo, Estados Unidos mantiene bases, realiza operaciones antiterroristas y entrena unidades de élite. Esta alianza se ha profundizado tras los atentados sufridos por el país, posicionando a Nairobi como un socio prioritario en la agenda antiterrorista del Pentágono.
Por fuera de las zonas más visibilizadas, EE.UU. también sostiene un importante nivel de cooperación militar en Túnez, considerado un “socio mayor no perteneciente a la OTAN”. Allí, su apoyo se dirige tanto a la lucha contra el extremismo como al fortalecimiento institucional tras la inestabilidad generada por la Primavera Árabe. Este involucramiento ha ido creciendo en los últimos años, con ejercicios militares conjuntos, provisión de equipamiento y asesoramiento estratégico.
El Sáhara Occidental y Marruecos representan otro punto caliente. Estados Unidos ha respaldado abiertamente la soberanía marroquí sobre el territorio del Sáhara Occidental, lo que ha generado rechazo entre los movimientos independentistas saharauis y sus aliados, como Argelia. Este posicionamiento está estrechamente ligado a los acuerdos de
normalización diplomática con Israel promovidos por la administración Trump, y ha generado nuevas tensiones en la región del Sahel, un corredor estratégico para la seguridad continental.
En Libia, EE.UU. fue uno de los principales responsables del derrocamiento de Muamar Gadafi en 2011, lo que derivó en una guerra civil prolongada y la fragmentación del Estado. Aunque posteriormente intentó reposicionarse como mediador en los procesos de paz, su responsabilidad en la desestabilización original del país continúa siendo señalada por distintos actores internacionales y regionales. La “paz” que promueve hoy responde más a la necesidad de estabilizar un punto geoestratégico —con vastos recursos energéticos y una costa clave en las rutas migratorias hacia Europa— que a un real compromiso con el bienestar libio.
Por último, las recientes fricciones diplomáticas con Sudáfrica, uno de los actores más relevantes del continente, evidencian la tensión entre la influencia estadounidense y las búsquedas de autonomía por parte de las potencias africanas. Las críticas sudafricanas a la política exterior de EE.UU. en Medio Oriente y su acercamiento a potencias como China y Rusia han generado un distanciamiento que podría reconfigurar los equilibrios regionales.

Así, la intervención de Estados Unidos en África no puede reducirse a un único marco narrativo. Combina cooperación militar, interés económico, control estratégico y disputa geopolítica, muchas veces bajo el paraguas de valores democráticos que no siempre se traducen en prácticas consistentes. Su papel como actor transversal en múltiples conflictos —ya sea enfrentando grupos insurgentes, respaldando gobiernos autoritarios o negociando procesos de paz que antes ayudó a desestabilizar— revela una lógica de intervención constante, adaptativa y muchas veces contradictoria.
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