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Cuando la Apatía se Vuelve Norma: El Costo de Ser Políticamente Indiferentes

La historia no se detuvo: simplemente dejó de importarnos. En un año donde millones son desplazados por guerras que duran menos en la conversación pública que un video viral, el gesto cotidiano más extendido no es la protesta, sino el desplazamiento de un dedo sobre una pantalla. La violencia ya no necesita censura: le basta nuestra fatiga.


Protesta Palestina en Trafalgar Square, Londres, Inglaterra, Reino Unido. Autor: Tim kahane.
Protesta Palestina en Trafalgar Square, Londres, Inglaterra, Reino Unido. Autor: Tim kahane.

La indiferencia no es ausencia; es una decisión negativa. Una forma sofisticada de consentimiento. Hannah Arendt llamó banalidad del mal al acto de obedecer sin pensar. Hoy asistimos a algo peor: la banalidad de no mirar. Un mundo saturado de imágenes nos ha vuelto ciegos por exceso. La atención, como advirtió Simone Weil, es un acto moral; su ausencia, el principio del desastre.


El miércoles 16 de Julio en el programa “The Late Show with Stephen Colbert” el Doctor Francis Collins, genetista y ex director del Instituto Nacional de Investigación del Genoma Humano, expresó su preocupación con respecto al mundo actual:


“Sabes lo que más me preocupa? El déficit de compasión, ¿Qué nos pasó? ¿Cómo pudo haberse normalizado el no preocuparse por nuestros semejantes incluso si no viven en nuestro hogar? […] ¿Dónde está la indignación? ¿Por qué las personas miran hacia otra dirección? Necesitamos recuperar eso y considero que eso depende de nosotros, si queremos prosperar como sociedad, eso es lo que debemos hacer.”

Este ejemplo de pérdida de empatía a nivel global no es aislado. Basta navegar por cualquier red social para observar un flujo constante de noticias, imágenes y pedidos de ayuda provenientes de todo el mundo. Al mismo tiempo, se multiplican las quejas: personas que confiesan sentirse “cansadas” de escuchar sobre la situación en Gaza, incapaces de ver una película, asistir a un recital o escuchar una charla sin que el tema surja. Como si la sola mención de un genocidio activo provocara un malestar intolerable, prefiriendo la desconexión antes que la confrontación con la realidad.


Vivimos en un mundo hiperconectado. Las noticias y mensajes se difunden rápido pero duran poco. A pesar de estar conscientes, tal vez más de lo que nos gustaría, preferimos desconectarnos al enfrentarnos a contenido sensible. El 17 de junio se publicó el “Reuters Institute Digital News Report” el cual revela que el 40% de las personas admite evitar las noticias por considerarlas deprimentes o inútiles. No es falta de información, es falta de voluntad.



”Razones Principales de Evasión a Noticias” - Reuters Institute Digital News. (2025)


¿Cómo llegamos a normalizar esto? ¿En qué momento se convirtió mucho más fácil ignorar cada noticia incómoda? Es crucial comprender que esto sí es una respuesta, esta indiferencia no es simplemente pasiva; es una forma activa de violencia simbólica y afectiva, y es un fenómeno histórico, político, simbólico y psíquico. Pero, ¿Por qué sucede? ¿Por qué, aún siendo conscientes, dejamos de actuar?


Martin Seligman, psicólogo norteamericano ampliamente reconocido por ser “el padre de la psicología positiva” desarrolló experimentos que ofrecen pistas sobre esta cuestión.


Al estudiar la condición psicológica que conduce a la pasividad, Seligman llevó a cabo investigaciones que dieron origen al concepto de “Indefensión Aprendida”. Descubrió que, tras exponer a un animal a descargas eléctricas sin posibilidad de escape, con el tiempo dejaba de intentar cualquier conducta evasiva, incluso si la jaula quedaba abierta. Había aprendido a sentirse indefenso y a no luchar contra la adversidad, pese a tener la oportunidad frente a él. El fenómeno se explica como una percepción de no contingencia: haga lo que haga, el resultado negativo es inevitable. La consecuencia inmediata es la inacción, la pérdida total de respuesta de afrontamiento.


Aunque esta teoría se aplica normalmente para explicar sentimientos negativos persistentes como la tristeza, también puede trasladarse a la indiferencia que observamos hoy en ciudadanos y votantes. Tras repetidos intentos de influir en la situación económica, política o social sin percibir cambios, se desarrolla una resignación activa: la abstención del voto, la negativa a ofrecer ayuda, o la indiferencia ante conflictos o crisis.


El individuo aprende que, haga lo que haga, nada cambiará; y así deja de actuar.


Por otro lado, Paul Slovic, psicólogo y profesor estadounidense, en su ensayo "Si miro a la masa, nunca actuaré” explica el "adormecimiento psíquico" que describe la tendencia de las personas a sentir menos empatía y a ofrecer menos ayuda a medida que aumenta el número de víctimas en una crisis masiva. Esta disminución de la sensibilidad emocional se debe a que las grandes cifras se convierten en estadísticas, un fenómeno que Slovic denomina "aritmética de la compasión”.


Nuestra respuesta emocional no escala de forma lineal con el número de vidas en riesgo. Es más fácil sentir empatía por una persona individual (como un niño hambriento) que por miles o millones de personas, cuyas historias se convierten en estadísticas incomprensibles. La inmensidad del problema y el número abrumador de personas que sufren hacen que las personas piensen que sus acciones individuales no tendrán un impacto real, llevando a la inacción. La compasión es mayor cuando se puede visualizar a una víctima específica, lo que hace que la respuesta a tragedias masivas sea menor. Las personas son menos propensas a donar o ayudar cuando se enfrentan a un problema que parece insolucionable.


Sin embargo, este comportamiento no surge de la nada; tiene raíces profundas en nuestra estructura social y política. La historia nos muestra que la indiferencia no es un accidente, sino un recurso funcional para sostener el poder.


"¿Es la pasividad una enfermedad moderna o un patrón que el poder siempre ha sabido cultivar?”

Así como hoy la estadística diluye la empatía, en la Edad Media la distancia jerárquica anulaba la noción de responsabilidad. En el feudalismo, el poder se concentraba en una élite reducida, la nobleza y los señores feudales, que gobernaban no sólo las tierras, sino también vidas ajenas. Los siervos entregaban su trabajo bajo la promesa de protección y seguridad, pero esa “reciprocidad” era, en la práctica, unidireccional. El campesino trabajaba y el señor cobraba; la deuda de gratitud jamás se saldaba.


Con la Revolución Industrial, el escenario cambió pero la lógica permaneció. La burguesía industrial no sólo poseía el capital, sino que controlaba los resortes políticos, legales y culturales que garantizaban su dominio. La riqueza surgía de jornadas extenuantes de 12 a 16 horas diarias, de la explotación infantil, del hacinamiento en barrios obreros. La figura del peón cambió de los campos a las fábricas, pero el tablero seguía controlado desde arriba. La explotación no era un accidente del sistema, sino su motor. (El Capital, Karl Marx, 1867)


La Revolución Francesa nos dejó uno de los emblemas más grotescos de esta ceguera de clase: “¡Que coman pastel!”, frase atribuida a María Antonieta y que, más allá de su veracidad histórica, sintetiza el abismo entre la élite cortesana y un pueblo que moría lentamente. Mientras en Versalles se discutía sobre modas y banquetes, en las calles de París reinaba el hambre, la ira y la frustración.


María Antonieta, de catorce años, cruza la frontera hacia Francia en mayo de 1770, en un vestido dorado. Al fondo se ve el pabellón donde la nueva Delfina entregó todas sus ropas y pertenencias austriacas y se vistió con el atuendo francés.
María Antonieta, de catorce años, cruza la frontera hacia Francia en mayo de 1770, en un vestido dorado. Al fondo se ve el pabellón donde la nueva Delfina entregó todas sus ropas y pertenencias austriacas y se vistió con el atuendo francés.

Lo que une todos estos ejemplos, del señor feudal al empresario industrial, del aristócrata francés al burócrata imperial, es la persistencia de una élite que vive ajena a las miserias que sostiene su posición.


A partir de esto, podemos decir que las revoluciones y guerras no originan de cero el sentimiento de apatía y desinterés, sino que lo refuerzan, reconfiguran y en muchos casos lo institucionalizan. Antes de cualquier estallido, la indiferencia ya funciona como parte del engranaje del poder, garantizando que un núcleo reducido concentre las decisiones mientras la mayoría obedece o se mantiene pasiva. Sin embargo, los grandes conflictos actúan como catalizadores: durante su desarrollo, la población suele oscilar entre la movilización activa de una minoría y la parálisis o neutralidad de las mayorías, ya sea por miedo, agotamiento o falta de confianza en que un cambio real ocurra.


Este patrón se intensifica especialmente a partir de 1914, año que marca el inicio de la Primera Guerra Mundial y, con ella, una transformación radical en la percepción política de las masas. El trauma colectivo, las promesas incumplidas y la manipulación propagandística consolidaron una desmovilización sistemática, generando un terreno fértil para regímenes autoritarios y populismos de masa.


La indiferencia de los privilegiados frente a la desgracia de los desposeídos no es algo nuevo, ni un defecto de una época concreta; es historia pura. Cambian las banderas, cambian los uniformes, pero la estructura permanece: los de arriba miran hacia otro lado, y los de abajo pagan el precio. El escenario se convierte inquietante al notar que dicha indiferencia ya no proviene de una élite privilegiada ni de burgueses propietarios sino del mismo proletariado, de las mismas minorías reprimidas y de aquellos que, al recibir un cheque con un cero de más, olvidan mirar atrás, y mucho menos pensar en los que todavía quedan allí, atrapados en la misma miseria que alguna vez compartieron.


Es en este contexto en el que Antonio Gramsci, intelectual, filósofo, teórico marxista, político, sociólogo y periodista italiano, escribe un ensayo denunciando la complicidad moral de quienes miran y no actúan.


En el ensayo, titulado “Odio gli indiff enti” (Odio al Indiferente) el autor denuncia con dureza la apatía política y moral. Para él, la indiferencia no es la neutralidad, sino complicidad pasiva con las injusticias y los males sociales.


”La indiferencia es abulia, es parasitismo, es cobardía, no es vida. […] Es la materia prima que estrangula la inteligencia”

Quien vive de verdad debe asumir un papel activo en la vida colectiva. Quien se declara indiferente en realidad abdica de su responsabilidad como ser humano. Se acusa a los indiferentes de permitir que “la fatalidad” parezca gobernar los acontecimientos, cuando en realidad esa “fatalidad” es sólo el resultado de la inacción de la mayoría.


“Pido cuentas a cada uno por cómo cumplieron con la tarea que la vida les ha encomendado y les encomienda a diario, por lo que han hecho y, por sobre todo, por lo que no han hecho.”

Ser parte activa de la sociedad política no es opcional; es una responsabilidad humana inherente a nuestra condición de ciudadanos. No podemos dar la espalda a los conflictos, ni ignorar a quienes sufren solo porque no estamos directamente afectados. En un mundo donde la necesidad del otro reclama nuestra atención, cerrar los ojos y ensordecerse ante los gritos de auxilio es una forma de complicidad silenciosa. Gramsci mismo se declara partidario de una “ciudad futura” donde nadie sea mero espectador, donde cada individuo asuma su papel en la construcción colectiva de la justicia y la dignidad.


Pero incluso comprendiendo esta obligación ética surge una pregunta más profunda: ¿Qué ocurre cuando nuestras acciones parecen insignificantes frente a un mundo que permanece indiferente, implacable, y a veces incluso absurdo?



Es aquí donde Albert Camus entra en escena. El novelista, ensayista, dramaturgo y filósofo francés, escribió en 1942 su ensayo filosófico “El mito de Sísifo” que busca consolar la situación del hombre con respecto al mundo, estudiando al hombre que no encuentra sentido alguno en la vida cotidiana ni de participar en ella. Así introduce el concepto de un “Absurdo”: la tensión irreductible entre nuestra necesidad de significado y el silencio, impenetrable e indiferente, del universo.


El absurdo no es la negación del sentido, sino la aceptación de que no hay un significado objetivo preexistente en la vida. Establece que los esfuerzos realizados por el ser humano para encontrar el significado absoluto y predeterminado dentro del universo fracasarán finalmente debido a que no existe tal significado, caracterizándose así por su escepticismo en torno a los principios universales de la existencia.


Invadido de ese sentimiento, el hombre percibe su existencia más agudamente, como una enfermedad que sólo la muerte puede curar. No obstante, Para Camus, la comprobación de que la vida es absurda, no puede ser el fin, sino sólo el comienzo.


En su ensayo "El hombre rebelde", Camus amplía su reflexión sobre el absurdo y se centra en la idea de la “Rebelión”.


Según el autor, la rebelión surge cuando el individuo, enfrentado al absurdo de la existencia, decide afirmar su propia humanidad y dignidad. La rebelión es una protesta contra la injusticia y el sufrimiento, y aunque no puede cambiar la condición humana fundamental, puede transformar la vida de los individuos y las comunidades.


Esta es la respuesta más auténtica y humana. No se trata de una rebelión violenta, sino de una afirmación de la vida y la dignidad humana frente a la indiferencia del mundo. El hombre rebelde reconoce la falta de sentido, pero elige vivir con pasión y compromiso, creando valor en sus acciones.


Pero cuando esta capacidad de rebeldía y juicio moral falla, las consecuencias pueden ser devastadoras. La indiferencia, la obediencia ciega y la falta de pensamiento crítico permiten que el mal se normalice y se vuelva sistemático. Hannah Arendt, reconocida periodista y politóloga alemana, estudió exactamente esta dinámica en la Alemania nazi. En una entrevista con Joachim Fest en 1964, habla sobre su libro Eichmann en Jerusalén, donde analiza al criminal de guerra austro alemán Adolf Eichmann, uno de los principales organizadores del Holocausto, mostrando cómo personas comunes, al abdicar de su responsabilidad ética, pueden convertirse en instrumentos del mal.


“La banalidad era un fenómeno que no podía ignorar”

Valorando profundamente el pensamiento crítico y por sobre todas las cosas, propio, Arendt logra desarrollar un estudio sobre el comportamiento de los seguidores de un régimen personal Nazi. Expresando que el mal puede provenir de personas comúnmente ordinarias que simplemente dejan de pensar;


“(...) No hay ninguna profundidad, no es demoníaco! Es simplemente la imposibilidad de pensar desde el lugar del otro”

En una carta a Gershom Scholem, filósofo e historiador alemán amigo de Arendt, refuerza dicha idea; “El mal no es nunca ‘radical’, sólo es extremo, y carece de toda profundidad y de cualquier dimensión demoníaca”. La neutralidad, indiferencia, obediencia y, sobre todo, la decisión pasiva de renunciar a la propia inteligencia y conciencia para marchar detrás de otro y ceder nuestra voz e ideas no son opciones válidas.


Por otro lado, Simone Weil, filósofa y activista política francesa, se concentró en el estudio de la empatía en los seres humanos en un contexto de guerra mundial donde un fenómeno tan esencial como la empatía es tan necesario. En La pesanteur et la grâce (La gravedad y la gracia) publicado en 1947 uno de los ejes más profundos del libro es la atención, que Weil define como una disposición del alma, una espera paciente y vacía de sí misma para acoger lo real y lo verdadero.


La atención radical, despojada de interés propio, es para Weil la forma más pura de generosidad y el fundamento de la auténtica solidaridad, para así poder desligarse de esta tendencia al seguimiento ciego de los demás. Toma como fundamental la atención y lo importante que es que podamos dejar de lado el interés propio para poder proveer una relación verdadera en un mundo en el que nos necesita.


“El amor a nuestro prójimo en toda su plenitud simplemente signifi ca ser capaz de decirle: ‘¿Qué estás atravesando?’ … El alma se vacía de todo su propio contenido para recibir en sí misma al ser al que está mirando, tal como es, en toda su verdad.”

Los ensayos y libros de Weil ofrecen una clave para comprender cómo revertir esa apatía: no se trata sólo de cambios estructurales, sino de un trabajo profundo en la formación de la atención. La “atención radical” que propone, si se ejercita en la educación desde edades tempranas, no solo cultivaría mejores intelectos, sino también conciencias más despiertas y sensibles a la injusticia.


Sin embargo, hoy la indiferencia no sólo es ética o psicológica: es sistemáticamente cultivada. Shoshana Zuboff, socióloga, escritora y profesora de Harvard Business School, en su libro La era del capitalismo de vigilancia, explica cómo las plataformas digitales monitorean, predicen y moldean nuestro comportamiento. La apatía deja de ser un fallo individual: se industrializa. Mientras millones de personas desplazan sus dedos sobre pantallas, los horrores del mundo, la guerra, la injusticia, la pobreza, se diluyen en un flujo infinito de notificaciones y estímulos diseñados para captar emociones fugaces, pero no para provocar acción.



Los algoritmos no priorizan la urgencia, priorizan la permanencia. Si una noticia sobre un genocidio te hace cerrar la aplicación, y un video de 15 segundos te hace quedarte, el sistema elegirá siempre lo segundo. No es casualidad que tu feed esté lleno de distracciones: es el resultado calculado de una economía que convierte tu atención en mercancía.


Nunca antes la humanidad había sido tan consciente del sufrimiento ajeno y, al mismo tiempo, tan hábilmente inducida a mirar hacia otro lado. En este sentido, esta apatía ya no es solo pasividad: es un producto amplificado por sistemas que transforman la conciencia ética en entretenimiento y la acción en consumo.


Al recorrer el pensamiento de autores completamente diferentes entre sí, surge una verdad que hoy reconocemos como evidente, aunque ya estaba escrita, firmada y vendida: este no es un fenómeno nuevo. No todos son apáticos, pero quienes lo son infectan a los demás con una especie de pandemia de neutralidad y desinterés, sofocando el fuego de quienes permanecen apasionados, atentos y dispuestos a actuar. No podemos mantenernos al margen solo porque la marea aún no nos ha alcanzado cuando miles ya se están ahogando.


La indiferencia ya no solo proviene de los poderosos ni de quienes ostentan privilegios; ahora se esconde en nosotros mismos. Es aquello que queda cuando la culpa ya no puede sostenerse y la acción ha sido cancelada. Esta indiferencia puede ser inducida, pero no inevitable. Cada pensamiento crítico, cada acto de solidaridad, cada decisión de no mirar hacia otro lado es un acto de rebeldía contra la pasividad que nos rodea. La salvación no está en esperar que otros actúen; está en recuperar la lucidez, la compasión y la atención que nos definen como seres humanos.


Mientras lees esto, alguien espera que no mires hacia otro lado. La neutralidad no existe: cada vez que callamos, alguien paga el precio. No dejemos que el silencio sea el idioma con el que se escribe el futuro.



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